lunes, 3 de abril de 2017

LAS CALLECITAS DE BUENOS AIRES TIENEN ESE QUE SE YO…
(Frase del tango, “Balada para un loco”, de Astor Piazzola)
Víctor Rey

“Y buscad el bienestar de la ciudad…Y rogad al Señor por ella porque en su bienestar vosotros tendréis bienestar” (Jeremías 29:7)

No podemos negar que los seres humanos somos hoy más que nunca seres urbanos.  Tenemos una relación de amor y odio con las ciudades donde vivimos.  Creo que una de las cuestiones que nos ha planteado la globalización es el tema de la ciudad.  De alguna manera ahora somos más ciudadanos que antes al estar en crisis el paradigma de los países y a la debilidad de las fronteras que los marcaban tan fuerte hace algunos años.  Hemos comenzado a amar más nuestras ciudades y a identificarnos más con ellas.  De alguna manera rescatamos la herencia hebrea y griega que nos ha influenciado por tanto tiempo y recordamos por ejemplo a Sócrates a quién se le da la oportunidad de conmutarle su sentencia a muerte bebiendo la cicuta por irse, exilarse de Atenas.  El responde con una pregunta:  ¿Qué puedo hacer sin Atenas?.  También viene a mi mente ese texto del Salmo 122:1-3.  “Yo me alegro cuando me dicen: “Vamos a la casa del Señor”.  Jerusalén, ya nuestros pies se han plantado ante tus portones. ¡Jerusalén, ciudad edificada para que en ella todos se congreguen!  En los círculos cristianos este texto se ha interpretado como la alegría de ir al templo o a la iglesia, pero el énfasis del texto está puesto en la ciudad.  De alguna manera la ciudad es la casa común de todos.
He tenido la oportunidad de vivir en varias ciudades: Santiago, Concepción, Valparaíso,  en Chile; Lovaina La Nueva, Bruselas en Bélgica; Birmigham en Inglaterra, Quito en Ecuador y Buenos Aires y Mar del Plata en Argentina.  También he conocido ciudades que me han impresionado por su belleza, historia y su gente: París, Amsterdam, Oxford, Londres, Berlín, Ginebra, Luxemburgo, Nueva Dheli, La Habana, Bogotá, Brasilia, Ciudad de Panamá, entre otras.  Un amigo me dijo que las ciudades son libros que se leen con los pies.  Personalmente cuando estoy en una nueva ciudad me gusta conocerla, caminando. 
Nací en Santiago de Chile y he visto cómo ha evolucionado esta ciudad que según los expertos se ha vuelto líder para hacer negocios pero carentes de íconos.  Cuando a inicios de 2011 el diario The New York Times declaró a Santiago como el principal lugar de interés para visitar en el mundo, muchos se sorprendieron.  La capital chilena suele resaltar en ranking de calidad urbana o de competividad económica a nivel latinoamericano, sin embargo, palidece al momento de competir con Buenos Aires o Rio de Janeiro como destino turístico.
Justamente ésa es una de las mayores debilidades de la capital chilena, detectada en el primer estudio que la desmenuza y compara con otras ciudades de la región para establecer sus fortalezas y debilidades como metrópoli de clase mundial.  Los resultados son elocuentes.  “Hay un claro reconocimiento del funcionamiento de la ciudad en general, fundamentalmente en infraestructura, calidad de vida u oportunidades, pero también se reconocen ciertas carencias que se están haciendo críticas, como la segregación social y la falta de proyecto o visión concordado de cómo entendemos la ciudad y hacia dónde se puede encaminar”, nos dice el referido estudio.
En el análisis se identifica el éxito de Chile como país competitivo y global pero según los autores, Santiago sólo ha crecido por efecto de ese auge.  “La ciudad debiese ser la locomotora de ese fenómeno, no un carro más.  El avance del país y su capital va a ritmos distintos”, agrega.
No es la única debilidad.  Los expertos sostienen que pese a símbolos como la cordillera, el cerro San Cristóbal, la cercanía a los centros de esquí, viñas y la costa, Santiago no tiene una imagen urbana bien identificable y atractiva. Buenos Aires tiene el tango, Rio de Janeiro el Cristo Redentor y las playas, pero Santiago no es claramente identificable. Una vez vi en Brasil un aviso que decía “Visite Santiago y sus malls”.  Pero la ciudad es más que un centro de compras.  La idea es superar la expresión del “Santiasco”, y que los habitantes quieran la ciudad y así logre ser atractiva para ganar en competividad.
Podemos decir que el concepto de ciudad proviene del vocablo latino civitas, que se refería a una comunidad autogobernada. Las ciudades comenzaron a surgir en el neolítico, en el cuarto milenio A.C., cuando los grupos de cazadores y recolectores nómadas adoptaron una vida sedentaria y agrícola.
En los primeros asentamientos se construían las viviendas dentro de zonas amuralladas o en espacios con defensas naturales. También era necesario poder disponer de agua, motivo por el cual normalmente se establecían a la orilla de un río o de una fuente de agua. Estos asentamientos estables condujeron a la especialización y división del trabajo. Surgieron mercados en los que los artesanos podían cambiar sus productos por otros diferentes; una clase religiosa iba apareciendo y contribuía a la vida intelectual. De este modo las ciudades fueron el lugar adecuado tanto del desarrollo del comercio y de la industria, como del arte y las ciencias, y desempeñaron una función esencial en el nacimiento de las grandes civilizaciones.
De esta manera se gestó una vida totalmente sedentaria, mediante la cual creció la construcción de las chozas más primitivas, de troncos y estacas de madera; por dentro estaban divididas con estacas o telas colgadas. A medida que surgían las necesidades, se crearon ventanas, puertas y escaleras; en otros lugares se utilizaban materiales parecidos en cuanto a características y propiedades, lo que impulso la construcción de viviendas, unas junto a otras que permitió generar aldeas, poblados y ciudades, estimulando la vida en sociedad y el espíritu comunitario y cooperativo.
Los asentamientos de la edad Antigua eran aquellas primeras ciudades que albergaban a los nómades, convertidos ahora en sedentarios. Estos grupos de personas se establecían cerca de un río o de cualquier lugar del que pudiesen extraer agua. Estos asentamientos estables condujeron a la especialización y división del trabajo; gracias a esto surgieron mercados en los que los artesanos podían cambiar sus productos por otros diferentes; una clase religiosa iba apareciendo y contribuía a la vida intelectual.
De este modo las ciudades fueron el lugar adecuado tanto para el desarrollo del comercio y de la industria, como del arte y las ciencias, y desempeñaron una función esencial en el nacimiento de las grandes civilizaciones
También se ve un claro crecimiento en los conocimientos de la agricultura y la ganadería, donde siempre existió una rivalidad pese a que se necesitaban mutuamente. En esta etapa los hombres poseían conocimientos sobre los periodos de germinación y sobre las estaciones del año, lo que les facilitaba el trabajo; creando así una idea de la mujer como madre de los hijos y dedicada a ellos por completo, tanto en el crecimiento como en la educación.
Por esta razón cobra mayor actualidad las palabras de Jaques Ellul escritas el siglo pasado  en su libro  La Violencia: “La tarea del cristiano es la de representar a Dios en el corazón de la ciudad, el lugar de la maldición y la promesa de Dios, reconociendo  que la fidelidad puede traer aparejada la persecución por la expulsión o la prisión.”

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