miércoles, 29 de junio de 2016

CINE


Venir de vuelta

Héctor Soto


Es posible que Julieta, el último largometraje de Almodóvar, sea una película más respetable que buena. Es respetable porque corresponde a ese tipo de proyectos que los cineastas emprenden cuando ya vienen de vuelta, cualquiera sea el alcance que esto tenga. Lo hizo Woody Allen con Septiembre, Cukor con Amor entre ruinas, Truffaut con La mujer de la próxima puerta. Fueron para gustarles a ellos, no a nosotros; fueron trabajos de ajuste personal. Para Almodóvar, que ya tiene 65 años, que ha filmado unas 20 películas hasta la fecha, que ya hizo todo lo que tenía que hacer, esta podría ser la película que, en el frente de su inspiración más contenida, siempre quiso y tal vez nunca pudo. Y si bien corresponde a un trabajo muy suyo -porque lo mejor y lo más entrañable de su cine siempre estuvo conectado con el sentimiento femenino- también muy diferente de lo que ha hecho hasta aquí. Sin guiños, sin alardes, sin humor y sin delirios, sin ninguna de las marcas de fábrica de su imaginario fílmico, para los estándares de Almodóvar Julieta es casi una película nórdica: despojada, esencial, taciturna. Llama más la atención por lo que el cineasta saca que por lo que pone. Esa opción se vuelve incluso muy radical teniendo en cuenta que se trata de un melodrama del cual -contrariando incluso códigos el género- han sido expurgados los momentos emocionalmente más desgarradores de la vida de la protagonista para retener en el relato únicamente los vacíos, las pérdidas, las heridas y los abandonos que fueron dejando.
La cinta comienza cuando Julieta, una mujer de mediana edad, prepara con quien ha sido su pareja en los años recientes un viaje de placer a Portugal. Casualmente se encuentra un día en la calle con una amiga de su hija y ella le cuenta que la vio el verano pasado en Italia, casada y con tres niños. Julieta disimula el golpe porque hace 12 años que no la ha visto. Pero la noticia la tumba por completo y la devuelve al fantasma que ha sido durante este tiempo. Suspende entonces el viaje, se pone a escribir una larga carta que quizás la chica nunca leerá y se entrega a un ejercicio compulsivo de introspección y rescate del pasado, tratando de localizar el abismo que en algún momento se interpuso en la relación de ambas.
Julieta es una cinta arriesgada. Lo más discutible que tiene es tal vez su estructura de relato. La historia en realidad ocurre en la conciencia de su protagonista, en el vacío en que ha vivido desde su hija se fue y en la pugna que libra con las páginas de un cuaderno en blanco para expresar lo que por años ha sido incapaz de verbalizar. Esa narrativa -de soledad, de tristeza confinada y profunda, de reclusión y puro desencuentro- tiene mucho de pie forzado para el cine. Porque describe un conflicto que en sí es insoluble y que tampoco puede evolucionar mientras no pueda confrontarlo con la hija.
La cinta no tiene nada -nada- de realista. No lo tiene ni en el improbable encadenamiento de los hechos ni, mucho menos, en sus depuradas estilizaciones visuales. Todo es muy onírico. El pasado tiene colores radiantes y el presente es mucho más neutro y descolorido. El mejor tramo de la cinta -en un puerto gallego, con la llegada de Julieta a la casa del empresario pesquero que ha conocido en el tren y su choque de desconfianza con la empleada intrusa que gobierna esa casa (Rossy de Palma, en un notable rol que recuerda al Hitchcock de Rebecca)- cristalizará todos los malos augurio del viaje y las fatalidades que marcarán para siempre a la protagonista. Está claro que Almodóvar ha visto varias veces Vértigo y los melodramas de Douglas Sirk. El destino pasa la cuenta y nada sale finalmente como Julieta quiso. Como es de rigor en el género, todo se tuerce de la peor manera. Bienvenido Almodóvar a los dominios de la tragedia.

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