martes, 14 de julio de 2015

Una importante diferencia entre el pensamiento oriental y el pensamiento occidental

El pensamiento occidental caricaturiza a la religión pagana y a la religión oriental por su multiplicación de la divinidad en numerosas personalidades y deja de reconocer que estas personalidades son sofisticados sistemas de mapeo de los diferentes aspectos de la conciencia.

ALEJANDRO MARTÍNEZ GALLARDO 





diosa
Los dioses representan unidades de la mente dentro de las cuales evolucionan mundos […] Todos estos dioses, así llamados, están sujetos al nacimiento y la disolución, lo único que no puede disolverse es la Conciencia misma.
Manly P. Hall
Cuando el pensamiento racional moderno se vuelca a analizar el pensamiento religioso, no tarda en despreciarlo fundamentalmente al considerar ridículas las personificaciones que hace de la divinidad: desde el dios celoso patriarcal de barbas blancas judeocristiano, las divinidades de múltiples brazos o con rostros de animales de la India, hasta los dioses griegos con sus cualidades demasiado humanas, sus morales laxas y sus errabundas acciones. El hombre occidental versado en ciencia ve en esto una caricatura, una clara proyección antropomórfica: dioses creados por la mente del hombre que reflejan su desesperado intento de encontrar sentido en función a creencias y modelos obsoletos del mundo. Me parece que en esto, más que la perspicacia del método supremo de la razón, podemos ver una forma de colonialismo intelectual un tanto bárbaro en el sentido de que antes de entender y quizás asimilar, de tajo invalida y destruye. En esto hay una clara herencia del cristianismo, hay que decirlo, que destruyó las grandes bibliotecas de la antigüedad y que borró las culturas que conquistó (como en la atroz quema de los códices mayas) por considerarlas paganas. Por esto, uno puede ver en lo que Roberto Calasso ha llamado el “fundamentalismo secular” una nueva encarnación del dogma, de la cerrazón propia del pensamiento dominante que modela la realidad conforme a sus preceptos.
Los sistema “paganos” son más complejos y sofisticados de lo que les damos crédito. Aunque en todas las religiones hay una tendencia vulgar a adorar las imágenes de los dioses y adorar a las personalidades como entidades con un rango de acción milagrosa delimitada, los principios de las grandes religiones no suelen considerar a los miembros del panteón como seres supernaturales individuales e independientes, sino como símbolos o arquetipos a través de los cuales se manifiesta la suprema conciencia del universo. En este sentido la adoración de dioses personificados es una forma de decadencia del culto, resultado en cierta forma de la falta de iniciación, de la tergiversación de los símbolos religiosos y del uso y manipulación del credo por parte de la autoridad religiosa. Nos acercamos a lo religioso como hacia un muro desvaído, con inscripciones que ya no sabemos leer. Manly P. Hall nota en su libro Lectures on Ancient Philosophy:
Los dioses son personificaciones de atributos divinos, eso es, significan condiciones de la Conciencia Universal. Mientras que lo Absoluto significa la Totalidad de la Conciencia en suspensión, los dioses son diferentes fases de la Conciencia Universal. Mientras que el ignorante venera a los dioses como personalidades o entes divinos, el filósofo los reconoce como planos cósmicos o modos de realización.
kali-maEs por eso que podemos hablar del camino de Buda, de Cristo, de Hermes o de Kali en el tantra, por ejemplo. Dioses que son continentes en el mapa de la conciencia o representaciones de los patrones creativos del universo: cada uno de ellos un desdoblamiento particularizado de la conciencia que permea el universo (la única divinidad que no está sujeta a la disolución: el dios detrás de los dioses), que se tiende como una escalera entre el ser individual y el ser universal, lo que Plotino llamó “el vuelo del solo al Solo”. Hall agrega: “Hay un punto sutil en el hecho de que quien logra la budeidad no es un buda sino el Buda”. Explicado de otra forma: “el académico occidental considera a alguien que rompe la ley como un criminal, mientras que el oriental considera a la persona que rompe la ley como crimen”. Es decir uno no se convierte en un buda, uno se vuelve Buda: la conciencia universal, el Ser despierto, y para hacer esto se rescinde de la individualidad. Y es que aquí se concibe al individuo solo como una extensión –la punta de un iceberg de una hondura infinita– de la experiencia del Ser Universal. Por eso se habla en el budismo de que una persona no tiene experiencias, sino que es la Experiencia la que tiene personas. La paradoja de la deificación, la iluminación o la ascensión sería que para alcanzar este grado superior de conciencia una persona debe dejar de ser una persona; en otras palabras, aquel que quiere iluminarse para sí mismo, para cumplir sus deseos o para magnificar la persona que cree ser, de entrada está condenado a fracasar; por eso el ego puede entenderse como sinónimo de ilusión.
A partir de lo anterior, podríamos ver a Jesús no tanto como un hombre sino como un principio soteriológico, como el poder redentor del alma humana. El buda Maitreya, dice Hall, puede entenderse como “la conciencia de esperanza” y aquello que llega para quienes pueden intuir “la existencia de un estado más noble e iluminado”. De este entendimiento de los dioses como aspectos de la Conciencia, se podría desdoblar un principio armónico de diálogo interreligioso en el que las diferentes divinidades más que competir podrían aspectarse, un poco como los planetas en el cielo que danzan entre sí.
Hall explica que “cuando un individuo alcanza un estado de conciencia simbolizado por cierto dios, entonces se declara que el dios está encarnado en esa personalidad y de hecho camina sobre la Tierra. Así el dios de la alegría está encarnado en el hombre alegre; el dios de la piedad en el hombre piadoso o el dios de la guerra en aquellos que pelean”.
La divinidad que parece alcanzar el hombre por momentos –en su participación con los diferentes aspectos de la Conciencia– nunca es el resultado de la potenciación de su individualidad, sino de los momentos en los que logra vaciarse para que el espíritu universal lo atraviese. Esto ocurre con las cuatro manías divinas en la filosofía platónica o con la noción de éxtasis, palabra que significa hacerse a un lado o salirse de uno mismo, en este caso para que lo divino pueda atravesarnos. El uno mismo que se hace a un lado lo podemos pensar como el ego y la confabulación de la personalidad individual.
David_-_The_Death_of_Socrates
En el Fedro, Sócrates habla de cuatro tipos de manías, las cuales considera una forma de posesión divina:
1. Mantike mania-– La manía que viene de Apolo y brinda el poder de la profecía.
2. Telestike mania –La manía que viene de Dionisio y que tiene que ver con la iniciación mística.
3. Poetike mania — La poesía, que viene de las musas.
4. Erotike mania — El amor, que viene de Afrodita.
Sócrates considera que estos estados de furor son superiores a la mesura (o sophrosyne) y por lo tanto el hombre hace bien en dejarse poseer, por así decirlo, por estos arquetipos, especialmente porque cada uno asiste en el ascenso del alma hacia su fuente noética.
En esta comprensión de las diferentes fases y manifestaciones de la divinidad distribuida bajo diferentes arquetipos, podemos ver por qué se ha dicho que en realidad la filosofía platónica –y en general la religión griega en su aspecto de iniciación como se impartía en los Misterios– es monoteísta (y panteísta al mismo tiempo) y tiene mayores similitudes con ciertas corrientes de la filosofía oriental que conciben al ser como idéntico al universo, total y absoluta unidad que se contempla a sí misma y que se multiplica solo en la ilusión de la materia –la cual es considerada simplemente como un estado de baja conciencia.
Es probable que la tradición esotérica de la cual participaron Pitágoras y Platón haya llegado originalmente de la India, del jainismo, según sugiere el erudito y musicólogo Alain Daniélou. Por supuesto que también de Egipto y su compleja religión, en la cual de igual manera puede verse un monoteísmo subyacente. Si bien asociamos a los griegos con un paganismo vulgar en el que los dioses cometen actos demasiado humanos –y desfilan bajo innumerables personificaciones, como si se tratara de individuos como nosotros pero con ciertos poderes supernaturales, los filósofos griegos claramente comprendieron que los dioses eran principios o patrones arquetípicos. En El Banquete, por ejemplo, se dice que Eros es un dios, que es un estado mental y que es un “modo de realización”, usando la frase de Hall, puesto que el amor nos magnetiza hacia lo divino. Afrodita, la celeste, es claramente entendida como una manifestación del Alma del Mundo por Plotino, la cual se personaliza solo para conducirnos hacia la divinidad, hacia la henosis o fusión con el Uno, más allá de toda personalidad. Ocurre lo mismo cuando caemos en la ilusión de amar a una persona e idolatrar su cuerpo como si fuera nuestro único dios y no vemos en ella una manifestación del Amor y de la Belleza que nos conduce de lo particular hacia lo universal.
Este orientalismo del helenismo, creemos, parece haberse olvidado; como sugiere Christos Evangeliou, la filosofía griega que llegó a nuestros días es el resultado del filtro del cristianismo puesto al servicio de una autoridad que despojó a la filosofía helénica de su esencia de libertad y búsqueda de la sabiduría fuera de las constricciones del poder político. El helenismo o al menos cierta parte importante del helenismo, aquel encarnado sobre todo por Platón y sus antecesores y sus sucesores neoplatónicos, está ligado a una conciencia soteriológica: la filosofía es definida como un entrenamiento para la muerte, para que el alma pueda alzar sus alas, y como el arte de hacerse como los dioses (las Formas divinas), para que el alma retorne a la unidad (henosis). Este aspecto toral de la filosofía ha sido reprimido por el pensamiento occidental. Podemos distinguir algunas diferencias más entre el pensamiento oriental y el pensamiento occidental –la prioridad en lo cualitativo y lo interior del primero y de lo cuantitativo y externo en el segundo, por ejemplo– pero la diferencia que me interesa remarcar aquí es que Occidente no reconoce su origen común con Oriente: busca separarse y no acepta su sombra pagana ni su raíz mística.
Alejandro Martínez GallardoVía PijamaSurf

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