lunes, 23 de marzo de 2015

La espiritualidad como necesidad en las sociedades de hoy

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En las sociedades de hoy la espiritualidad constituye una necesidad de primer orden.  El  quiebre del conocimiento objetivo es uno de los factores más importantes. De ahí que si los contenidos genuinos de las religiones pasadas van a tener aún valor e importancia para nosotros, ello ha de ser como experiencia espiritual, como conocimiento y valor totales y gratuitos, sin fondo ni forma. En otras palabras, podremos vivir todo lo religiosamente genuino que nuestros antepasado vivieron bajo la forma religiosa, pero sin creencias. Esta es la única forma en la que las religiones podrán “sobrevivir” en nuestras sociedades de conocimiento, como espiritualidad o cualidad humana profunda.
El conocimiento actual operando en base a postulados, funcional y pragmático como es, necesita de la espiritualidad como fin y objetivo último en términos de calidad humana y por tanto ya presente para individuos y sociedades ahora y aquí. Lo necesitamos como sociedades y como individuos, lo necesita el propio conocimiento, incluso en aquello que tiene de más pragmático y de más operativo. Porque sin una capacidad para imaginarse, pensar y concebir la realidad más allá de toda posibilidad pragmática, lo pragmático se siente y el resultado es limitado en su propio ser pragmático. Y esto, dejando aparte la frustración que produce, es un límite contradictorio con una sociedad que vive y tiene que vivir de la innovación y producción continua de conocimiento. De hecho, así lo están sintiendo ya los científicos punteros. Se diría que éstos, para pensar en términos cada vez más “realistas” la realidad, sienten la necesidad de pensarla de manera “no realista” o espiritual que, en el fondo, es la forma más realista.
La ética es simplemente necesaria, aún con espiritualidad. Como ambas se ubican en dimensiones diferentes, una en la dimensión funcional de la vida, la otra en la dimensión de la gratuidad, la ética es sumamente necesaria. Sin los fines y objetivos que la ética representa y en función de los cuales define el actuar humano, individual y social, la sociedad como proyecto humano resulta inviable. Pero no basta. Por naturaleza y función la ética es procesual, apunta siempre a un futuro que opera como horizonte y se desplaza como éste, y en este sentido nunca puede ser realización plena y total en el presente. Sí, la ética no es realización plena y total aquí y ahora, y el ser humano, una vez que la ha descubierto, aspira a esta realización aquí y ahora, de manera que no se realiza si no la logra. Y esta es la realización que le ofrece la espiritualidad. De ahí que, además de la ética y juntamente con ella, sea necesaria la espiritualidad.
La espiritualidad como necesidad comienza a ser real tan pronto se la descubre, si no antes, con el mismo comienzo de las sociedades de conocimiento. En otras palabras, la atención y respuesta que demanda es impostergable, tiene que comenzar con su propio descubrimiento. No se trata de un aporte deseable en caso de querer hacer individuos y sociedades perfectas, pero sin el cual individuos y sociedades pueden vivir confortablemente –si se desarrollan primera y prioritariamente otros recursos y capacidades, como el mismo conocimiento y la técnica–, y si no confortablemente, al menos con problemas y conflictos en un grado o nivel tolerables, tal como siempre parece haber sucedido en el pasado.
La espiritualidad, que la naturaleza y función del nuevo conocimiento hace surgir como una dimensión cuyo cultivo es individual y socialmente necesaria, tiene que estar presente desde ya en la construcción de la sociedad de conocimiento y ello de una manera transformadora. Y a lo primero que tiene que afectar es al propio conocimiento, redimensionándolo y enmarcándolo dentro del marco total que ella constituye y significa. Un reto muy sentido pero nada fácil de descubrir y formular en sus concreciones, dado que el mismo supone descubrir la articulación posible y deseable entre espiritualidad y funcionalidad, entre dimensión absoluta del ser humano y dimensión relativa, y la relación entre ambas, aunque muy importante y necesaria, es indirecta, no directa, como por lo demás entre el arte y todo lo que es técnico y funcional.
Como se ve, no se trata de la necesidad de una revolución más, ésta ya no basta, sino de una transformación o, mejor aún, mutación antropológica. Es el ser humano el que hay que cambiar para cambiar su relación con la realidad e incluso ésta. Por ello la espiritualidad es transformadora y liberadora, la única fuerza realmente transformadora y liberadora. La única a la altura de la necesidad y de los retos que de un tiempo a esta parte estamos experimentando. Desde este punto de vista la creación de condiciones para que la misma se dé, ya que el hecho en sí de darse no puede ser objeto de nada,  debiera ser política de Estados, de todos los Estados del mundo y si la hubiera de la autoridad que los representara a todos.
Redimensionando y enmarcando el conocimiento que hoy tenemos como matriz posibilitadora de vida, la espiritualidad tiene que transformar todo lo demás, en esa relación sin embargo indirecta que es la suya con la realidad que llamamos funcional, esto es, en función de la vida. Creación hacia dentro de sí misma y transformación hacia fuera son las dos funciones que deben ser connaturales, sí así se nos permite hablar de función y connaturalidad donde no hay tal, a la espiritualidad desde que es tal. Como realización máxima del ser humano que es, ella está llamada a ser la mayor fuerza transformadora de toda la dimensión cósmica y humana, incluida en ésta la dimensión cultural, social y política. Y tiene que serlo desde un principio, desde el propio conocimiento que, por así decir, la hace visible como necesidad y como reto, no después y como un complemento. Aunque reconociendo que conocimiento y técnica, como toda la construcción de lo funcional a la vida, son realidades autónomas que en su dimensión deben construirse de acuerdo a sus posibilidades. La función de la espiritualidad será de inspiración y fuerza, de identificación a la vez que de distancia, de realización y transformación.
En cuanto a la capacidad transformadora de la espiritualidad, ya lo hemos expresado, no hay otra humanamente superior. Plena y totalmente desinteresada, no tendrá otro interés que el de la propia realidad a vivir y transformar y lo hará con toda la plenitud y el ser que es. La espiritualidad en sí misma no tiene proyecto propio y sí una cualidad que le hace la fuente humana de compromiso por excelencia: la de identificarse en la unidad con la realidad que descubre como la realidad es, en su ser más profundo, y la de poder de mantenerse distante de aquella que la realidad tiene de no tal.

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