jueves, 2 de octubre de 2014

Derechos homosexuales: ¿qué explica su (no) avance en A. Latina?

Foto: A river runs through / Publicada bajo licencia Creative Commons - Flickr
Foto: A river runs through / Publicada bajo licencia Creative Commons – Flickr
La expansión de los derechos de lesbianas, gays, bisexuales y transexuales (LGBT) en América Latina ha seguido una historia similar a la expansión de los derechos sociales en el mundo, pero con algunos matices. Las fuerzas claves incluyen ingresos altos, movimientos sociales, partidos políticos y actores conservadores. Pero en la política de los derechos homosexuales en América Latina estas fuerzas no han actuado como hubiera de esperarse.
En América Latina, los derechos de los homosexuales se han expandido más en los países con mayores ingresos como Brasil, Argentina, Chile, Uruguay y México. Esto es bastante predecible. Sin embargo, contar con altos ingresos no es condición suficiente ni necesaria. Ecuador, un país no muy rico, estableció constitucionalmente la unión civil entre personas del mismo sexo, mientras que Venezuela y Trinidad y Tobago, países muy ricos, tienen pésimos antecedentes en materia de derechos de los homosexuales.
Sabemos que cuando los movimientos sociales son fuertes, amplios y comprometidos con los derechos humanos para todos, ayudan a impulsar los derechos políticos. Esto ayuda también a explicar los éxitos legislativos de esos cinco países con altos ingresos, hogar de algunos de los movimientos sociales más fuertes de la región.
Sin embargo, los movimientos sociales también son fuertes en Bolivia, Colombia, Costa Rica y Perú, y los activistas de esos países están teniendo problemas para expandir los derechos de las personas LGBT. Lo que parece hacer la diferencia, por lo tanto, no es la fuerza de los movimientos sociales, sino el hecho de que estos formen lazos fuertes con los partidos políticos a nivel nacional. En Chile, por ejemplo, los grupos pro derechos de los homosexuales, a pesar de su afinidad para con la izquierda, trabajaron estrechamente con el partido gobernante de centro derecha para promover la primera ley contra delitos de odio en el país.
No basta con mirar las fuerzas que impulsan el cambio. Las fuerzas que actúan como barreras al cambio también son importantes, y en América Latina, como en otras partes, las limitaciones más importantes contra los derechos de personas LGBT las plantean principalmente los grupos religiosos. Donde los grupos religiosos tienen vínculos fuertes con los partidos políticos, se detiene el avance legislativo en pos de los derechos de LGBT. A veces es la Iglesia Católica que está fuertemente ligada a un partido (por ejemplo, los Conservadores en Colombia); a veces es la derecha Protestante (como en Estados Unidos y muchos países del Caribe angloparlante); a veces son ambos (como en América Central). Incluso en Cuba y Nicaragua, países supuestamente revolucionarios, los partidos gobernantes fortalecieron sus lazos con la jerarquía de la Iglesia Católica en los 2000, y es una de las razones por la que en esos países han quedado atrás los derechos de LGBT. A menudo, los derechos civiles en general dependen de mantener la separación entre la Iglesia y el Estado, pero en la política de los derechos homosexuales, la separación de iglesia y partido es fundamental.
Incluso dentro de los cinco países con altos ingresos, los grupos religiosos tienen vínculos fuertes con al menos un partido en Chile, México y Brasil, lo que explica por qué la legislación LGBT en estos países es menos amplia que en Argentina y Uruguay. En estos dos casos, la separación de Iglesia y partido es la norma, y el tipo de práctica católica es menos fundamentalista; los católicos de estas naciones van a la iglesia con menos frecuencia y tienen menos resistencias al matrimonio del mismo sexo que los católicos de otros lugares.
Los partidos políticos en América Latina podrían hacer más. Podrían alentar a más políticos a hacer pública su homosexualidad, por ejemplo. Incluso en la muy pro-homosexuales Argentina, son pocos los políticos abiertamente homosexuales, y esto perpetúa una cultura de la complacencia. Hasta que los partidos se transformen, solo impulsarán los derechos de personas LGBT de acuerdo a los aliados que obtengan. Cuanto más se unan a los movimientos sociales progresistas, y menos a los grupos religiosos, más se puede contar con ellos para lograr un cambio pro-LGBT.

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En un esfuerzo por clasificar las mayores ciudades del mundo según lo acogedoras que resultan para la comunidad gay, Javier Corrales realizó un índice basándose en el número de establecimientos propiedad de gays o que les acogen favorablemente y ONG que se autodenominan pro-homosexuales dividido por la población urbana. Sus resultados de 2009muestran que la mayoría de las ciudades de América Latina se localizan en posiciones intermedias. Montevideo, San José y Quito, tienen incluso puntajes más altos que ciudades de países de renta alta como Nueva York o Vancouver. El siguiente gráfico muestra el puntaje de algunas capitales de la región:
GRAFICO
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Esta columna fue publicada originalmente bajo el título “The Usual Forces, with Surpricing Results” en Room for Debate del New York Times.

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