viernes, 13 de junio de 2014

Reflexiones acerca del Sentido de la Vida en el pensamiento de Víktor Frankl

“Las grandes cosas de la existencia sólo le son dadas a los seres que saben orar y la mejor manera de aprender es por medio del sufrimiento.”
Durante cinco encuentros de una hora y media en el mes de abril con cinco estudiantes del Diplomado en Estudios de la Realidad Contemporánea del Servicio de Estudios de la Realidad (SER), leímos el libro de Viktor Frankl, El Hombre en Busca de Sentido. De esos hermosos encuentros, en los cuales aprendimos mucho acerca de este autor, he podido sacar algunas conclusiones de las que fui tomando nota y que comparto en este texto.
De las reflexiones llegamos a la intuición de que el “sentido último” de la vida puede consistir en el progreso hacia el amor, entendido como la aproximación a los valores imperecederos, caracterizando como principal valor humano al amor, el amor a sí mismo, hacia la familia, hacia los progenitores, amor a todos los “tú” con que deba alternar el “yo” en su vida, expresado a través de la tolerancia y la capacidad de perdonar y el amor a la naturaleza y a Dios.
Viktor Frankl nos dice que al final de la vida no importará hasta dónde se ha llegado, sino cuánto camino se ha recorrido en el progreso hacia el amor, partiendo de la premisa de que cada individuo tiene un punto de partida diferente.
Desde la perspectiva de la escuela de Viktor Frankl, se afirma que la persona puede y debe contribuir a mantener en pie el vínculo innato con lo trascendente, para dar al fenómeno de la fe la oportunidad de consumarse por sí sólo, sin intervención de la voluntad.
A los seres humanos les es difícil venerar lo innominado; parecería que la solución radica en conservar el respeto por el Ser en todas sus manifestaciones, en la riqueza de los valores, la naturaleza, los objetos, las plantas, los animales y las personas.
Al decir de Viktor Frankl, se puede ver a la conciencia como “el órgano que detecta el sentido único de una situación de vida única”. Para que se produzca ese proceso es necesario dedicarle momentos de contemplación, pausas para meditar, instantes de quietud y recogimiento.
Que tu propia satisfacción constituya el efecto secundario de un acto de amor. Cuanto más nos desvivimos por satisfacer nuestros gustos, tanto más fácil será que dejemos de experimentarlos.
El ser humano decide emprender su camino dando prioridad al ser o al tener, lo cual revela la dirección que lleva su vida, revela quiénes seremos, manifiesta a dónde llegaremos si a la luz de las alturas o a dar vueltas y más vueltas encerrados en un valle tenebroso.
La situación psicofísica y la posición social no es lo decisivo en la posición en que se halla la persona; lo decisivo radica en la persona espiritual, en las actitudes personales que cada uno adopta frente a su contexto natural.
Cuando se trata de actitudes, siempre es posible el cambio. Viktor Frankl deja de lado la pregunta del “porqué”, pues es el elemento detrás del cual se esconde el determinismo.  Por el contrario al preguntarse QUÉ se revela de inmediato la causa real del sufrimiento, que se centra en las actitudes que toma la persona frente a las condiciones internas tanto como a las externas y así se descubre que la causa real radica en la persona. Si el QUÉ de las aflicciones humanas se encuentra con la trascendencia, todos los “PORQUÉ” pierden su poder, nada de lo que nuestra fantasía pueda crear puede oponerse a la confianza más profunda y última.
Empero no basta que se confíe en el sentido que lleva a los pequeños pasos en dirección a la meta deseada; con cada paso que se dé, se deberá producir la renuncia a las muletillas psíquicas que mitigan las contrariedades del momento, estados cambiantes del uno mismo, que postergan su acercamiento a la meta deseada.
Si logramos reconocerlos en lo más íntimo de nuestros corazones, podremos dejar pasar lo que no es prioritario y dedicarnos a lo que es preciso para hacer frente a lo esencial.
No obstante siempre existe el llamado a buscar un sentido en las cosas. Las recetas que hacen que las épocas exitosas y por desdicha seductoras, ofrezcan respuestas a la cuestión del sentido, que nos permitan seguir viviendo, son la modestia y la contención, la iniciativa propia y el amor al prójimo.
Etapas particularmente difíciles de la vida en las que debemos despedirnos de una persona amada o de la posibilidad de realizar valores de esencial importancia, sin los cuales la vida nos parece vacua. Ante determinadas circunstancias de la vida, el sentido que se confiere al sufrimiento determina cuál opción se volverá realidad, si interpretamos que “el mundo se viene abajo”, como un alud en la pendiente que todo lo arrastra a su paso, crecerá el peligro de que sobrevenga un colapso psíquico. Si por el contrario, interpretamos el sufrimiento como una prueba y un cometido, crecerán las fuerzas para superarlo y renacer o resucitar psíquicamente. En períodos conflictivos es donde más que en cualquier otro caso, importa dar la respuesta adecuada. Lo que hace falta es coraje para vencerse a sí mismo y, si es preciso, renunciar. Es preciso tener coraje para salir indemne de los conflictos y también confianza en lo que nos revela el silencio, la quietud, pues en el silencio y la quietud captamos con nitidez las sutiles pulsaciones del corazón que nos señalan el camino de regreso a la vida.
En el transcurso de la vida aumenta el conocimiento de los resultados de los acontecimientos vividos anteriormente y toda nueva información es inmediatamente “recodificada” por el cerebro humano, cuyo acerbo de conocimiento se “actualiza”, o sea se modifica, entonces la mirada retrospectiva sobre el pasado da un resultado erróneo y engañoso. En realidad se trata de un recurso de primordial importancia, impuesto por nuestra propia naturaleza para nuestro bienestar atendiendo a una interpretación y juicio más reciente que acumular en la memoria lo negativo que sucedió hace tiempo. Viktor Frankl nunca expuso a ningún individuo al riesgo de arrojar una mirada retrospectiva sobre su pasado alimentando una fantasía que, como hoy sabemos, es engañosa.
Viktor Frankl cambió el punto de mira y, con ello, el “material de decodificación” haciendo ver en los graneros del pasado su vida más rica y realizada y lo contrasta con su dignidad de ser libre y espiritual para que encuentre su yo más valioso.
Esto no sólo ocurre a nivel consciente y emocional, sino también imperceptiblemente a nivel neuronal, lo cual le dará un tinte menos sombrío, en contraste a su sentimiento anterior. Entonces la “mirada retrospectiva con ira”, es sustituida cognitivamente por una “mirada prospectiva con confianza”.
Se trata de lo siguiente: cuando estamos bajo una fuerte presión emocional, nos mostramos diferentes a cuando no lo estamos, entonces somos irreflexivos, descontrolados y desembozados, apareciendo nuestro “verdadero rostro” sin los maquillajes que impone la cosmética de nuestra socialización. En esos momentos se pone en evidencia de qué es capaz y a qué está dispuesto un ser humano y a qué no está dispuesto aún bajo máxima tensión, dejando al descubierto la ética de su corazón. Se puede objetar que la fuerte tensión emocional puede distorsionar lo humano en una persona; en eso, precisamente, consiste el test, evaluar lo que bajo determinada carga, los sentimientos pueden hacer con una persona.

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