jueves, 22 de mayo de 2014

LA SOCIEDAD DESCARTABLE

Juan Carlos Dido (*)
Buenos Aires

Lo descartable
Cuando en el juego de naipes, uno se descarta, lo que hace es separar de las cartas que tiene aquellas que no le sirven y las tira, las abandona para siempre, porque tiene la esperanza o la certeza de que las que vendrán serán mejores. El descartar se ha convertido en una actitud frecuente, casi habitual, en nuestro tiempo. Las potentes y prepotentes tecnologías asociadas al mercado de consumo que nos consume imponen productos nuevos. Por todos lados nos invaden cosas que, según nos dice el mercado, son imprescindibles para nuestra vida. Si no las adoptamos (compramos) nuestra existencia no tendrá una calidad digna.
¿Cómo vivir dignamente sin la computadora de última generación? Es imposible sentirse persona en este tiempo sin el último modelo de celular. Y pasa lo mismo con otros objetos: televisor, equipo de sonido, acondicionador, horno de microondas y la infinidad de artefactos hogareños. Los modelos anteriores, que habitaron nuestra vida cotidiana, se descartan, se tiran. Todavía podrían prestar algunos buenos servicios, pero han perdido entidad. Son obsoletos, anacrónicos, caducos, decrépitos, arcaicos, inservibles, irrecuperables. Ni siquiera se pueden vender, porque nadie los quiere. Están muertos. Su único destino es el descarte, la basura, la nada.
Lo mismo sucede con otros numerosos objetos: relojes, muebles, vestido, calzado, envases. La sociedad de la reparación y la continuidad ha sido remplazada por la sociedad del descarte y la ruptura. Antes, casi todos los objetos que se desgastaban eran sometidos a reparación y conservaban o recuperaban su prestación. Así sucedía con todos los artefactos eléctricos que el técnico arreglaba y les alargaba la vida. El sastre y la modista adaptaban la ropa usada o fuera de medida a nuevas demandas. El zapatero prolongaba indefinidamente la capacidad andante del calzado con suela, media suela, tacos y punteras. El relojero se encajaba el monóculo de aumento y, con precisión de cirujano, le devolvía las palpitaciones al agobiado reloj. Y así con todo.
Hoy los objetos se descartan y remplazan. La lista de los que están en esas condiciones se amplía constantemente al compás del avance tecnológico. También se acrecienta el ritmo del descarte. Cada vez más rápido. Lo duradero tiende a lo fugaz. Lo definitivo a lo precario.
Uno podría preguntarse: ¿qué hay de malo o inconveniente en tal proceso de modernización? Lo viejo se cambia por lo nuevo. Lo que ya no sirve por lo útil. En esto consiste el progreso, al menos en el orden de la tecnología. Nadie puede negar que se trata de un avance característico de la cultura de los tiempos. Por cierto, considerados los hechos en forma independiente, como un fenómeno puesto entre paréntesis sin contacto con el entorno social e histórico, estamos en presencia de grandes maravillas.
Sin embargo, si extendemos la mirada para observar la articulación del complejo de innovaciones con la vida de la gente, nuestra vida, las relaciones interpersonales, las actitudes, los sentimientos, los vínculos con el pasado, el arraigo, las instituciones, la proyección hacia el futuro, entonces la visión incorpora el contexto y se vuelve más alerta y crítica.
Cuando descartamos algo que forma parte de nuestra vida cotidiana, para remplazarlo o para suprimirlo, nosotros no quedamos impunes. Nosotros, los descartadores, también somos alcanzados por la acción. Esos objetos, artefactos, aparatos, herramientas, establecen nuestra relación con el mundo. El uso que hacemos de ellos marca nuestra inserción en el complejo marco que llamamos realidad. Al descartarlos, algo se rompe en las relaciones humanas, algún eslabón se quiebra y nos libera de vínculos y compromisos.
Nuestra existencia es la construcción de una historia personal que se articula con el medio en el que se desarrolla, con las historias de los otros y con la historia del tiempo, aunque sea dentro de ella un pequeñísimo corpúsculo de arena. Los objetos duraderos, los que se reparan, los que se adaptan y conservan, son los nexos con nuestras historias y enriquecen y sustentan su sentido.
Un objeto descartado interrumpe y elimina la parte de nuestra historia que hemos construido con su participación. Ese capítulo, si no queda eliminado para siempre, es cubierto por el objeto nuevo que no tiene ninguna relación trabajada con nuestra historia personal. Empieza otra distinta porque quedamos desconectados con una parte del entramado vital. Los objetos nuevos no sueldan el eslabón roto, no reconstruyen la cadena; empiezan otra a partir de la ruptura. Los objetos descartados dejan espacios vacíos en su campo de incumbencia. Son los espacios del descarte. Y en esos espacios, también nosotros hemos sido descartados. Lo que descartamos, nos descarta. Somos parte de los desechos.

El caballo de Troya
Para tener conciencia de esta cultura de lo descartable en la que estamos inmersos, es necesario hacer un ejercicio teórico y tomar cierta distancia que nos permita ver los fenómenos que se producen en ella. Estamos sumergidos en esa cultura, nos movemos dentro de ella, que tiene una presencia global, que se manifiesta en todo y, en consecuencia, nos aparece como natural, porque no nos deja ver más allá.
Pero una mirada crítica nos muestra que, en verdad, se trata de una ideología, la ideología del descarte. Hace cincuenta años Daniel Bell anunció el fin de las ideologías, y no hace tanto Francis Fukuyama nos anunció el fin de la historia, como una ratificación de aquella profecía. Y casi nos convencen. Según ambos, el enorme desarrollo tecnológico y sus aplicaciones universales, habían desplazado a las ideologías. Ahora las sociedades se caracterizan por su tecnología, que es una y es irresistible. La tecnología, de acuerdo con Bell y Fukuyama, no tiene ideología. Es neutra y, por lo tanto, no se debe desconfiar de ella. ¿Es esto así?
Cómo no recordar la estrategia del caballo de Troya, que los griegos utilizaron para lograr la caída de esta ciudad en su poder. Antes de abandonar el sitio interminable, los griegos dejaron abandonado un extraordinario trofeo: el magnífico y gigantesco caballo de madera que los troyanos entraron triunfalmente en su reducto. ¡Pobres troyanos! En el vientre del caballo venían ocultos los mejores guerreros griegos, gestores de la invasión y la derrota troyana.
Hoy, un moderno y más poderoso trofeo ha penetrado los muros de nuestra cultura y ha liberado a los insolentes guerreros que imponen su dominio irrefrenable. Hoy, la tecnología es el caballo de Troya de la ideología. La tecnología no es neutra. Toda tecnología es ideológica. No existe aquella sin esta. Va montada con artilugios mucho más sutiles y más irresistibles que aquel corcel de madera. El que impone una tecnología impone también una ideología. Y el que tiene la tecnología tiene el poder.

Homo tecnológicus
El poder de la tecnología es enorme y ningún ámbito de la vida humana escapa a sus tentáculos. Desde lo excepcional a lo cotidiano, desde lo universal a lo doméstico, en todo tiene injerencia decisiva. En el viaje a Marte y en la preparación de una receta de cocina, la tecnología actúa como la mediadora imprescindible e irreemplazable. Ni una cosa ni la otra, incluida la interminable gama de acciones comprendidas entre esos extremos, podrían concretarse sin la participación protagonista de la tecnología.
El poder de la tecnología funciona con el impulso de una fuerza centrípeta que se desplaza del exterior al interior de la vida de las personas. Avanza desde el afuera de la invención, experimentación y creación externas, hacia el adentro de la aplicación en la existencia cotidiana. Invade la intimidad y expone impunemente los mundos recatados de los individuos. Destruye sin contemplaciones el espacio privado, pero no lo convierte en espacio público, sino que habilita un espacio virtual que consolida su presencia omnipotente.
La tecnología interviene como agente de control en la vida familiar, las relaciones interpersonales, el trabajo, la distracción, el conocimiento, la política, la economía, la educación, la cultura en sentido amplio, la salud, la justicia. Nada humano (ni inhumano) le es ajeno. Estamos en la era del homo tecnológicus. Somos el hombre masa tecnológico, sometido a la filosofía del descarte bajo el dominio de una nueva oligarquía: los que dominan la política de la tecnología que, reiteramos, es el caballo de Troya de la ideología.
Giovanni Sartori desarrolló las características del homo videns (el hombre que mira) a partir de las ideas de Mc Luhan sobre la televisión. Cuando este afirmó que “el medio es el mensaje” pensó especialmente en el medio televisivo. Su principio sostiene que el medio, es decir el conjunto tecnológico que integra un sistema de comunicación, constituye en sí mismo un mensaje más importante y de efectos más profundos que los contenidos difundidos por ese medio.
Estas aseveraciones también valen para la otra pantalla hogareña: la del monitor de la computadora. La diferencia es que el monitor tiene un poder mayor aún, porque está asociado a una tecnología más compleja y de mayor alcance. No representa únicamente un medio de comunicación, sino todo un sistema de información, interacción, archivo, documentación, inserción en el espacio público virtual, acceso a infinitas fuentes, enmascaramiento de identidad y contenidos, alteración de datos e innumerables etcéteras.
Si a la tecnología informática, que ha potenciado significativamente la premisa de Mc Luhan, se le suma la totalidad del sistema tecnológico que satura y maneja nuestra vida, podremos admitir que la tecnología es el mensaje. Y su mensaje dice que nosotros, las personas individuales, los grupos y las comunidades, somos instrumentos que únicamente podemos funcionar en cualquier ámbito, si nos sometemos a un proceso tecnológico, lo que implica aceptar el principio del descarte, fundamento de las frecuentes e incesantes innovaciones tecnológicas.
Una acertada visión general tuvo hace unos años Peter Atteslander (1): “Nuestro malestar tiene todavía otra causa: la reducción de nuestra vida afectiva. Debemos buscar hoy caminos que vuelvan a hacer posible un equilibrio entre instinto y razón, entre sentimiento y racionalidad. En esta empresa no vamos a recibir la ayuda de ciencia alguna. Tampoco nos ayudará la tecnoestructura, pues los objetivos que persigue no son precisamente los nuestros.”
En una sociedad que descarta, lo descartable es la vida, las personas, nosotros. ¿Y entonces? ¿Qué hacemos? ¿Iniciamos una cruzada contra el mundo tecnológico? ¿Impulsamos una revolución antitecnología? La propuesta es tentadora, pero es imposible y no tiene sentido. Somos el homo tecnológicus, etapa superior del homo sapiens. Por otra parte, no podemos negar los beneficios que aporta la tecnología a nuestra existencia. No podríamos vivir sin ella. Y esa ha sido su mejor astucia: hacernos creer que en ella reside hoy el valor de la vida.
Sociedad descartable, para personas descartables.+ (PE)

(*)Licenciado en Gestión Educativa. Docente de la carrera de Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Matanza. Maestrando en Comunicación y Cultura. Columnista cultural de Radio del Plata. Autor de varios libros sobre comunicación, entre ellos “La Radio en la Escuela” -en colaboración con Sergio Barberis- (2008).
Nota:
(1) Atteslander, Peter (1973): Los últimos días del presente. Barcelona, Grijalbo.

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