miércoles, 29 de enero de 2014

Dios no castiga

 Jaume Triginé
El concejal socialista del Ayuntamiento de Madrid Pedro Zerolo, muy conocido por su lucha a favor del movimiento gay, comunicó recientemente que se le había diagnosticado un cáncer. Pocos días después, en un programa de televisión, el sacerdote Jesús Calvo declaró que «el pecado tiene en este mundo su sanción, su castigo. No me extrañaría nada que eso (la enfermedad) fuera también la divina providencia que intenta ejemplarizar contra los que se ríen de la virtud». Si no lo leo, no lo creo. ¿Cómo es posible que, ya en siglo XXI, se mantenga aún una imagen de Dios como la de un ser punitivo?
Ciertamente la cuestión del mal es un problema que no debemos relativizar ni darle respuestas simplistas. Hemos de reconocer que el problema del mal (sobre todo el mal que sufren personas inocentes y las víctimas de situaciones que no han provocado) es una de las principales causas del ateísmo. La pregunta es obvia: ¿cómo podemos seguir creyendo en un Dios de amor y omnipotente tras la experiencia reiterada del mal? Ya Epicuro argumentaba diciendo que si Dios quiere erradicar el mal y no puede es que no es omnipotente y si puede pero no quiere es que no es bueno, sino malvado.
Estos falsos conceptos de la deidad nos impelen a afirmar que Dios no es la fuente del mal, sino todo lo contrario. Dios es fuente del bien, de la belleza, de la perfección, de la armonía, de la reconciliación… Es por ello que el libro del Génesis expresa que, una vez creadas todas las cosas «vio Dios que era bueno». Ya el dualismo persa afirmaba la existencia de dos principios, uno del bien y otro del mal, al no poder imputar al principio divino del bien todo el mal existente en el mundo. La figura del demiurgo, tanto en el platonismo como en el gnosticismo, evitaba atribuir a Dios cualquier fuente de imperfección.
Dios tampoco es la causa de los efectos que se suceden en nuestra dimensión espacio-temporal. Las situaciones que con frecuencia hemos de afrontar los humanos como las catástrofes naturales (terremotos, tsunamis, inundaciones…), la enfermedad, las circunstancias derivadas de la actual crisis económica y de valores (paro, dificultades económicas…) no deben ser imputadas a Dios por aquel reduccionismo hermenéutico de que todo procede de Él.
A diferencia de los amigos de Job que consideraban que sus sufrimientos eran el resultado de su pecado, debemos afirmar que el mal no debe ser interpretado como castigo divino. La doctrina de la retribución es refutada por la propia Palabra de Dios al constatarse con demasiada frecuencia su inversión: personas justas o inocentes a las que las circunstancias de la vida les son más bien adversas y auténticos sinvergüenzas a los que todo parece sonreír.
Contrariamente a lo que declaró el sacerdote Jesús Calvo en relación con el cáncer de Pedro Zerolo, el mal no debe ser interpretado como ejemplarizante. En función de la clave interpretativa de cada persona (ideología, valores, historia, personalidad…) el sufrimiento puede tener, para algunos, alguna connotación; pero cuando el mal es excesivo, intenso o, sobre todo, injustificable, como ocurre con las víctimas inocentes, en lugar de acrisolar el carácter lo que hace es destruir la personalidad. La pregunta es inevitable: ¿necesita Dios torturar a sus criaturas para perfeccionarlas? Si fuera así, su esencialidad no sería el amor. El Dios de la Biblia, revelado por Jesús de Nazaret, es un Dios misericordioso que se compadece del que sufre, que se coloca al lado de los últimos…
Habrá que asumir y reconocer que determinados males son el resultado de la autonomía de la creación. Cuanto sucede en el espacio-tiempo está sujeto a los principios de la contingencia, de la limitación de la evolución y de la extinción. En nuestro planeta se desplazan las fallas tectónicas y ocurren los terremotos, los volcanes entran en erupción y sepultan ciudades, los ríos se desbordan y arrastran cuanto encuentran a su paso… Como consecuencia de ello, se suceden las epidemias, mueren víctimas inocentes…
Los seres humanos somos también contingentes: nacemos, nos desarrollamos, envejecemos, enfermamos, somos víctimas de accidentes o de enfermedades incurables, morimos. Por lo tanto, no hace falta apelar a castigos divinos ni pretender hallar un sentido a la fenomenología de la finitud cosmológica y antropológica para explicar la dinámica ambivalente de la vida.
Sin duda, también tendremos que aceptar que determinados males no son otra cosa que el resultado del mal uso de la libertad. Ejercer la libertad, superando el esquema estímulo-respuesta del mundo animal, es una de las características que identifican nuestra especie. Ser libres comporta que el ser humano es capaz de orientarse al bien, pero también al mal. Ambas tendencias están presentes en el ser humano. Por lo tanto, el mal forma parte de nuestras posibilidades existenciales; por ello, la libertad es un don a gestionar.
¿Dónde queda la omnipotencia de Dios? ¿No debería hacer algo para evitar o paliar tanto dolor? ¿Cuál es su poder?  Dios no es poder absoluto como lo entendemos los humanos. Dios es comunicación y donación absoluta. Lo entendemos como poder porque es la fuente de nuestro ser, pero esto no da pie a pensar que mueve los hilos de la historia cual titiritero.
Dios no desaparece ni se desliga de la historia. Está presente, de modo latente en el mundo. Se trata de una especie de acompañamiento, de presencia sutil como la del padre o la madre que tienen cuidado de su hijo y le extienden los brazos para que camine sin coaccionarlo. No le empujan, más bien le atraen.
Esta discreta presencia de Dios no niega ni rebaja la libertad de la persona. No nos condiciona ni determina. Toda persona tiene la posibilidad de disponer de sí mismo y obviar la latencia de Dios o abrirse al misterio y dejarse conducir por su espíritu y vencer, de este modo, el mal.
Pedro, no sé si leerás estas líneas. ¡Ánimo en tu lucha contra la enfermedad! Recibe nuestros mejores deseos de una plena y rápida recuperación.

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