viernes, 13 de diciembre de 2013

La Navidad que necesitamos

Víctor Rey 
Hoy la navidad sufre una gran distorsión en su real sentido. Cuando pensamos en la navidad inmediatamente vienen a nuestra mente Santa Claus o el Viejito Pascuero, los regalos y toda la fiebre consumista que gira en torno a esta festividad. Todo esto nos produce una alta carga de estrés y también de angustia. Es necesario encontrar su verdadero sentido y compartirlo con tantas personas que en esta fecha se encontrarán solas y deprimidas. Por otro lado hay que vivirlo con los más empobrecidos, los más vulnerables y los que se encuentran sin esperanza.
Seguimos viendo que la realidad en nuestras ciudades va empeorando, las expectativas y la realidad de nuestro pueblo siguen estando marcadas por los signos de la anti-vida. Las profundas desigualdades sociales, las contradicciones socioeconómicas y la desesperanza están marcando el paso en la vida cotidiana.
La experiencia de los pastores en la fría noche de navidad vuelve a convertirse en una realidad. Nuestro mensaje y nuestra acción deben estar cargados de mucha esperanza. Las personas desean escuchar buenas noticias; noticias que construyan, estimulen e impulsen la vida plena.  Queremos escuchar unas buenas noticias que sean de gozo para todo el pueblo.
Esta buena noticia no es sólo un sistema de ideas que se contrapone a otros sistemas de hoy vigentes en el mundo. No se trata de una ideología más en el supermercado intelectual del momento. Es un poder, una forma de vivir y plantarse frente al mundo; es una comunidad que trasciende barreras. Para recuperar el sentido vigoroso de un estilo de vida cristiano hay que sacar el Evangelio de manos de los vendedores profesionales que lo han convertido en un  inocuo producto comercial que se ofrece al mejor postor, también de los religiosos de turno que han sacado del centro de la Navidad a Jesús. Dondequiera que sea que un ser humano invoque el nombre de Cristo, se atreve a vivir por él; se esfuerza por practicar sus demandas de amor, justicia, servicio y arrepentimiento; alza sus ojos con esperanza y vence el temor; allí es donde está avanzando el Evangelio.
La Navidad nos recuerda y nos hace reflexionar sobre el mensaje de Jesús y el estilo de vida que vino a inaugurar.  Este hecho nos pone en guardia contra los apetitos económicos erigidos como deidad.  Con él aprendemos a sospechar también: “Dónde ustedes tengan sus riquezas, allí también estará su corazón”, “No se puede servir a Dios y al dinero”.
Vivir el Evangelio y el espíritu de la Navidad es primero vivir la libertad de la idolatría materialista de los apetitos económicos. Es hacer de Jesús el Señor y entrar a un género de vida que ve lo económico como un espacio en el cual se pone en práctica la obediencia a Dios, el dador de todo lo que el ser humano posee.  Cuando nos damos cuenta de que nuestros propios apetitos invaden nuestros pensamientos y palabras, relativizando lo justo y auténtico de nuestros proyectos más amados, descubrimos también que Jesús puede renovar nuestras vidas y purificarlas para que den fruto. El hombre nuevo, con su hambre de sed y de justicia, ya empieza a manifestar su disposición a cambiarnos nosotros mismos para que el mundo cambie.
Rescatar el verdadero sentido de la Navidad es vivir el Evangelio, sin caer en la trampa del mercado. El problema con la ideología del libre mercado es que nos hace aceptar su utopía como un axioma que no necesita demostración, es decir, la afirmación de que el único camino aceptable para nuestro mundo de hoy es el de la Economía de Libre Mercado. Nuestra vida y nuestra acción no sirven para nada si están al servicio de esa ideología. Con ese mismo criterio se juzga la historia de la Iglesia, la historia del mundo y aun a Jesús mismo.
No debemos caer en la trampa, ni aceptar la utopía, la idolatría del mercado, como si fuera un axioma; ni tampoco aceptar como “científico” un análisis, que por un lado se alimenta de la opresión de los más pobres y por otro reduce al hombre y a la mujer a seres que solo sirven para consumir. Por lo tanto, debemos proclamar en primer lugar que la norma que juzga la vida y la acción de los hombres y las mujeres no es el éxito, ni la cantidad de cosas que se posean, sino el designio del Dios revelado en Jesús. Descubrimos también que para tener valor y eficacia las acciones humanas no necesitan ser exitosas. La vida es mucho más que la economía. La fidelidad a Dios se da dentro de una variedad inmensa de marcos de servicio.
Una buena noticia para el mundo de hoy, que trae la presencia de Jesús en esta Navidad, es que se acaba el temor. En la actualidad vivimos bajo el signo del miedo, y ésta parece ser la característica más notoria de esta época. La mentalidad de los hombres y de las mujeres del siglo I estaba también plagada de temores: a las potencias espirituales de los aires, a los principados y potestades, a los espíritus elementales. En medio de ellos el Evangelio era el anuncio de la victoria cósmica de Dios, que ponía en evidencia la debilidad de estas fuerzas que les aterrorizaban.
Hoy en día los temores tienen otros nombres, pero son muy parecidos en sus efectos sobre el corazón humano. Los medios de comunicación modernos han  desarrollando una jerga que conjura el temor y la sensación de un fatalismo frente al cual el hombre y la mujer parecen impotentes.  Hoy se tiembla ante las fuerzas oscuras que dominan el mercado de valores, ante los sistemas políticos-militares, ante las mafias de todo signo que parecen obrar con impunidad y crecer como pulpos infernales.
El Evangelio que Jesús nos ha traído y que recordamos en Navidad sigue siendo el Evangelio de la victoria de Dios sobre todo aquello que se opone a su designio, que es el amor, la justicia, la paz y la vida abundante para los hombres y las mujeres. Es cierto que esa victoria pasó por el sufrimiento de la cruz, por la agonía, la soledad y lo que a todas luces parecía el fracaso y la impotencia del justo contra la maldad del mundo.
La buena noticia del Evangelio es negarse a permitir que los temores que sobrecogen a la humanidad nos atemoricen también a nosotros.  Es poner la mira en Dios, alzar la vista y vivir en obediencia a su ejemplo, con gozo y confianza en la victoria final, cualquiera que sea el curso de la peripecia del hoy. Jesús, y Pablo, y Pedro nos enseñaron que esta manera de vivir el Evangelio no es la arrogancia insultante frente al verdugo, ni la búsqueda casi masoquista del sufrimiento. En nuestro tiempo implica la desmitologización de todas las idolatrías modernas y de los poderes terrenos, en el entendimiento de estas fuerzas dentro de su limitada dimensión humana, o quizás aun en su exageración demoníaca. Pero esto implica también el propósito de seguir haciendo aquello que entendemos que es el bien, aunque acarree la persecución o la amenaza.
Por esto, la buena noticia de la Navidad y lo que le da sentido, es que nada nos puede separar del amor de Dios, y ese amor ha triunfado para siempre.

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