viernes, 27 de diciembre de 2013

La fe y la salud dialogan: Espiritualidad encarnada

 Ivelisse Valentin Vera
La espiritualidad desde una visión contemporánea es parte inherente de nuestra salud integral. Desde un acercamiento médico, psicológico, sociológico y pastoral, la espiritualidad del siglo XXI “no se limita a la preocupación por la vida interior, sino que busca una integración de todos los aspectos de la vida y la experiencia humana”.[1] Algunos especialistas en la práctica del cuidado espiritual en el entorno clínico de consejería y cuidado pastoral clínico nos ayudan a distinguir la diferencia entre religión y espiritualidad para entender mejor la naturaleza de los conflictos espirituales del ser humano:
“ESPIRITUALIDAD puede definirse como una parte compleja y multidimensional de la experiencia humana que incluye nuestro sistema interno de creencias y ayuda al individuo a buscar el significado y el propósito de la vida, los ayuda a experimentar la esperanza, el amor, la paz interior, consuelo y apoyo.[2]
“RELIGION se refiere al sistema de creencias al cual un individuo se adhiere. La manifestación exterior de ese sistema de creencias incluye diferentes rituales y prácticas inherentes a cada fe.[3]
Desde la psicología, decía Carl Jung de la religión y la espiritualidad:
“No ha habido (un solo paciente) cuyo problema más profundo no tuviera que ver con su actitud religiosa… y ninguno se ha curado realmente sin recobrar la actitud religiosa que le era propia… y no depende en absoluto de adhesión alguna a credo determinado, ni de la pertenencia a tal o cual iglesia. Sino de la necesidad de integrar la propia dimensión espiritual”. [4]
Utilizo esta cita de Jung como punta de lanza para contarles la historia de una mujer que conocí hace varios años y que me dio una gran lección de Espiritualidad.
“Dalia María era una mujer sencilla, muy delgada, ya desmejorada por su salud, con el cabello extremadamente corto y lleno de canas. Sus 56 años se le veían en la piel pero su espontaneidad y cierto dejo de inocencia le hacían verse mucho más joven a pesar de su desmejorado rostro. No se veía pena en su frente aunque en su horizonte amenazaba una gran tormenta.
Dalia tenía un diagnóstico de salud complicado, desde cáncer en los pulmones y otras complicaciones, y le acababan de decir que sus días entre nosotros no serian muchos. La forma en la que me compartió la noticia fue calmada y agradecida a Dios por los años de vida, por las personas que han estado a su lado  y por las experiencias vividas. Su rostro y todo su ser validaban sus palabras. No había un solo ademán o señal ocultos que me hicieran pensar que no estaba realmente agradecida a Dios. En medio de nuestra conversación me dijo con algo de tristeza, “yo no soy religiosa”, lo que dio pie a una extensa y profunda conversación.
Dalia María no pertenecía a ninguna religión, pero su rostro se iluminaba cuando hablaba de Dios… Dalia María no iba a ninguna iglesia pero reconocía la presencia de Dios en su vida… Dalia María decía no ser religiosa pero creía que al final de sus días Dios la recogería en su regazo y en esa confianza vivía sus últimas horas con una sonrisa, contagiando de esperanza a cuantos pasamos por su lado. Dalia María no se queja, ni cuestiona. Reconoce su responsabilidad por su debilidad ante el cigarrillo que le causó la enfermedad, pero aun así mira la muerte con la esperanza de que en ese momento de encuentro con el Creador podrá clarificar las inquietudes sobre su sexualidad, sobre sus sentimientos de culpa y vergüenza, así como aquellos otros interrogantes de la vida a los que aún no ha encontrado explicación”.
Para entrar en el mundo de Dalia María debemos hacerlo desde su espiritualidad y no desde nuestra religiosidad. Pero es importante comprender que no podremos identificar estas necesidades espirituales en el otro y en la otra, si primero no podemos identificarlas en nosotros y nosotras mismas, y sin un entendimiento saludable de lo que es espiritualidad.
Para los que abrazamos la Espiritualidad Cristiana la manera de entrar en relación con la espiritualidad del otro y la otra es a través del modelo de Jesucristo. Vamos a ver cómo en el modelo de Jesucristo se rompen los antiguos paradigmas de divisiones y diferencias sociales, culturales, nacionales, de género, raza y sobre todo de religión. Dice el teólogo Pedro Casaldáliga: “Dios no es racista ni está ligado a etnia o cultura alguna. Dios no se da en exclusividad a nadie. La revelación (de Dios) rompe los muros del Dios judío y nos manifiesta al Dios universal”.[5] Así que vamos a entrar el mundo de Dalia María, en la “vida según el espíritu” desde el modelo de Jesús, un modelo de espiritualidad encarnada. Decir que en Jesús vivimos una espiritualidad encarnada, según el espíritu, es decir que: a través de Jesús Dios asume todo lo que es radicalmente humano para que podamos encontrarle en nuestra relación con nosotros mismos, con nuestra familia y la sociedad, y con la creación. En otras palabras, desde la encarnación de Jesús, el punto de encuentro entre Dios y los seres humanos es nuestra propia humanidad.
“En Jesús Dios se hizo acompañamiento del pueblo, de los pobres, de los marginados, aun de los que estaban despojados de protagonismo histórico”. (Pedro Casaldáliga, 146). En la vida de fe en comunidad usted y yo – al igual que Jesús, nos hacemos acompañantes del pueblo, no solo a través del estudio, sino también, y más importante aún, en la práctica. En el lenguaje de la espiritualidad cristiana eso significa que nos ENCARNAMOS, y en esa encarnación podemos vivir un modelo de ESPIRITUALIDAD CRUCIFORME en una relación vertical con Dios que se extiende en la horizontalidad de la cruz a nuestra relación con el otro y la otra.
La vida de Jesús cambió paradigmas, y aún en el Siglo XXI continuamos viviendo en sistemas de opresión religiosa y social que necesitan una renovación espiritual que nos devuelva al modelo histórico de Jesús en su encuentro con los enfermos y marginados. La espiritualidad encarnada nos hace un llamado a cambiar nuestros paradigmas comenzando con el diálogo con la vida misma.
En el encuentro con la mujer de la historia que contamos al principio encontramos en Dalia María una mujer que veía su espiritualidad en riña con su religiosidad. Su incapacidad para enfrentar su realidad humana, relaciones de familia, adicción al cigarrillo y sobre todo su sexualidad la llevaron a concluir que no era una persona “religiosa”. La religión institucionalizada requería de ella que entrase en un embudo de espiritualismo que le hacia imposible aceptar su humanidad o, como dice José María Carrero, la deshumanización inherente al ser humano, o sea, el deterioro y las limitaciones[6]; sus particularidades, inquietudes, su finitud, su temporalidad y sus debilidades ante lo nocivo para su salud física. Le impedía enfrentar su realidad a la luz del espíritu, si espíritu se define como las motivaciones, el talante, el carácter y la mística con la que se vive y se lucha5.
A Dalia María se le exigía lo imposible, luchar contra su propia mística, contra sus propias motivaciones, contra su propio ser, contra su propia naturaleza, porque para la espiritualidad y la religión tradicional el espíritu y la carne son como el aceite en un vaso de agua, pueden estar juntos pero no se mezclan. Para Dalia hubiese sido liberador descubrir el texto bíblico donde Pablo dice “glorificad a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Cor. 6:20).
Por eso Dalia María llegó a enfrentar la muerte con un espíritu inquieto, en desequilibrio consigo misma, con Dios y con los demás, aun a pesar de que en su corazón ardía un enorme anhelo por vivir en armonía con su creador. A través de ese anhelo, Dalia María vivía en la esperanza de que sus faltas serían perdonadas y que algún día  se encontraría con su Dios. Pero su vida terrenal la vivió llena de desasosiego, inquietud y sufrimiento. Una comprensión integral, encarnada y cruciforme de la espiritualidad pudo haber salvado a Dalia de su sufrimiento existencial. Desde esa comprensión pudo haber encontrado las herramientas para armonizar su vida, sus anhelos y sus caídas; para poder luchar contra sus situaciones limitantes, sus adicciones, sus vergüenzas y sus culpas de manera que pudiera vivir en la plenitud de vida a la que somos llamados como hijos e hijas de Dios. (Jn 10:10)
A través de la historia, hemos conocido grandes modelos de individuales que encarnaron su espiritualidad en las relaciones. Francisco de Asís promovió la vida fuera de los monasterios y entrar en relación con Dios en la interacción con la creación, hasta los seres humanos en su estado de mayor pobreza. Benito de Nursia promovía la siembra en sus monasterios para poder dar comida y albergue a quienes huían al desierto en tiempos de guerra; Antonio Abad dedicó el servicio monástico al cuidado de enfermos; Gandhi y Nelson Mandela lucharon por la igualdad política y racial y por la libertad de pueblos oprimidos, y la Madre Teresa dedicó su vida y su ministerio a ofrecer acompañamiento a los moribundos y devolverles su sentido de valor y dignidad.
Todos ellos han sido modelos de una “vida en el espíritu”, de una espiritualidad encarnada que podemos vivir desde nuestros hogares, desde nuestro trabajo y en medio de nuestra sociedad. Pero también y tal vez más importante aún, una vida en la que el espíritu tiene que ser capaz de experimentar alegría, reír, amar, e integrar el dolor a su vida y a su relación con Dios, con los demás y consigo misma.
Termino con una cita del sacerdote católico Thomas Merton, que nos debe invitar a la reflexión: “¿Qué ganamos con viajar a la luna si no somos capaces de cruzar el abismo que nos separa de nosotros mismos?”[7]
[Extracto de la conferencia ESPIRITUALIDAD ENCARNADA: El Individuo, la Familia y la Sociedad presentada en el panel “Espiritualidad y las Ciencias Sociales”, Universidad Metropolitana (UMET), Río Piedras, P.R. 6 de marzo de 2012]
[1] Lawrence S. Cunningham. Espiritualidad Cristiana: Temas de la Tradición. España: Sal Terrae. 2004.
[2] K. Larso. The Importance of Spiritual assessment: One Clinician’s journey. Geriatric Nursing. 24(6): 370-371, 2003.
[3] G. Anandarajah, Hight E. Spirituality and Medical Practice: Using the HOPE questions as a practical tool for spiritual assessment. Amercan Family Physician. 63(1): 81-88, 2001.
[4] Leonardo Boff. Espiritualidad. España: Sal Terrae. 1992. 82-83.
[5] Pedro Casaldáliga. Espiritualidad de la Liberación. España: Sal Terrae. 1992.
[6] José María Carrero. La Humanidad de Dios. Blog.http://josemariacastillo.blogspot.com/2012/01/acaba-de-aparecer-mi-libro-la-humanidad.html. Viernes 6 de enero de 2012.
[7] Cunningham., 2004.
Referencias Adicionales:
Evaluating your Spirituall Assessment Process. Joint Commision: The Source. February 2005, Volume 3, Issue 2.
Carrero, José María. Espiritualidad para Insatisfechos. España: Editorial Trotta. 2007.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Bienvenido! Tus comentarios y reacciones son bien recibidos