martes, 19 de noviembre de 2013

Magia, fetichismo y superstición en los evangélicos latinoamericanos

Wilmer Simbaña
Al entrar en el templo, me impactó encontrar sobre el altar calzones, calcetines, jabones, botellas de agua, fotografías y demás utensilios de uso personal. Mientras un pastor ungía aceite sobre los objetos, otro presidía a gritos la ceremonia para contrarrestar la pobreza, la mala suerte, las enfermedades y las maldiciones. Al final, desdpués de un tiempo de eufórica oración y recolección de diezmos y ofrendas, los asistentes tomaron sus pertenencias y salieron de la iglesia convencidos de que al usar los productos, ellos o sus familiares, estarían más cerca de resolver sus penas y necesidades. Tener los objetos en sus manos significaba poseer la misma presencia de Dios encapsulada en los artículos bendecidos.
Esta escena[1], que responde a la práctica litúrgica de una iglesia neopentecostal de Ecuador, ilustra el uso de la magia y el fetichismo en el panorama evangélico contemporáneo.[2] La magia y la religión conviven estrechamente. Una relación que desde el prisma doctrinal evangélico resulta inconcebible, pero inevitable desde el desarrollo histórico de las religiones (James, 2009).
La magia busca controlar las fuerzas sobrenaturales para satisfacer los deseos humanos, donde “el éxito se ve como inevitable, con tal de que uno sepa la fórmula o el ritual adecuado” (Wall, 1975: 26). Practicando la magia, “los seres humanos expresan la creencia de que pueden influir directamente en la naturaleza mediante sus propias fuerzas para el bien o para el mal” (Nanda, 1994: 297). Al contrario, en la religión, el ser humano se siente dependiente de los poderes sobrenaturales, que son libres para conceder o no las peticiones humanas. En la religión las personas suplican al ser superior y no manipulan su forma de actuar.
Partiendo de estas premisas, muchas prácticas evangélicas pueden catalogarse como mágicas, pues los creyentes recurren a determinados mecanismos para controlar la fuerza divina a su favor.
La liturgia neopentecostal es apabullante en este sentido, especialmente en congregaciones como la Iglesia Universal del Reino de Dios y la Iglesia Mundial del Poder de Dios.[3] Sus rituales promueven el uso de objetos consagrados como cruces, anillos, rosas, agua, aceite, sal, pan, velas, almohadas, toallas, páginas de La Biblia, entre otros. Estos productos simbólicos se convierten en fetiches a los que se les atribuyen poderes mágicos y sobrenaturales; objetos donde se traslada el poder de Dios para acompañar y bendecir al creyente.
Los artículos religiosos sirven para curar enfermedades, encontrar el trabajo deseado, conquistar el amor, abandonar los vicios. Son entregados de forma gratuita y voluntaria, pero en un persuasivo contexto de recolección de ofrendas. Así, la mercancía religiosa, como panacea para todo sufrimiento, se obtiene a cambio de la fe de las personas y de sus bolsillos. Esta transacción económica, consolida la lógica de la magia, donde se establece una relación prefesional-cliente, antes que una relación pastor-rebaño (Marzal, 2002).
El fetichismo no es propiedad exclusiva del neopentecostalismo. Está impregnado hasta en las comunidades evangélicas más conservadoras. Muchos creyentes, por ejemplo, se sienten protegidos por el mero hecho de contar con una Biblia en la cómoda, el auto o la cartera. Lo mismo sucede con las atribuciones transformadoras que se puedan endilgar al pan y al vino de la Santa Cena o al aceite con que se unge una casa o a un enfermo.
La valoración excesiva que se otorga a los objetos y rituales evangélicos cae en el campo de la superstición. Es decir, se les atribuye propiedades que no tienen o se sobredimensionan sus resultados, lo que pervierte la religión (Corona, 2011). Tenemos el caso del “tiempo de alabanza y adoración”, donde el acto musical se torna indispensable para sentir la presencia de Dios. Sin cánticos, muchos evangélicos no sienten completo el culto cristiano. Hay creyentes que aseguran tener una mala semana como consecuencia de no haber asistido al culto dominical. La superstición aparece en la “oración de salvación”, como receta para alcanzar la vida eterna. Está en la inmersión del bautismo, cuando el sujeto asciende de las aguas con la firme convicción de que a partir de ese momento su vida no será igual. Ni qué hablar sobre el manejo de los diezmos y la interpretación descontextualizada del texto bíblico.
El acto supersticioso aflora en la jerga evangélica: “Dios tiene un propósito para tu vida”, “el Señor me dijo”, “si Dios permite por algo será”, “en el nombre de Jesús”, “me cubro con la sangre de Cristo”, “Dios tiene una persona guardada para ti”, etc. Siendo más fuerte este uso del lenguaje supersticioso en comunidades donde cultivan la doctrina de la confesión positiva, desde donde se prepara una actitud mental del individuo para realizar declaraciones afirmativas para la vida del creyente. Esto se resume en la fórmula: lo que se confiesa, se recibe.
Otra experiencia mágico-religiosa del protestantismo latinoamericano es la adivinación. Esta es una práctica dirigida hacia la obtención de información de una autoridad sobrenatural. La podemos encontrar en iglesias donde se emplea el don de la profecía como herramienta para conocer “la voluntad de Dios” y los acontecimientos futuros de los creyentes. Un caso paradigmático es la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional,[4] que ha institucionalizado el uso de la profecía en su estructura litúrgica.
Así, los profetas evangélicos fungen como intermediarios o médiums para orientar el camino de los adeptos, quienes anhelan categóricas respuestas a sus apuros cotidianos: ¿Debo seguir con este negocio? ¿Es tiempo de terminar con esta relación? ¿El trabajo que me ofrecen será mejor? ¿Voy a curarme de esta enfermedad? ¿Qué quiere Dios que haga?
En definitiva, observamos que la relación entre religión y magia está viva, es permanente y complementaria. Es parte de la nueva composición religiosa que vive la región. “Ahora que la magia recobra fuerza, se está borrando el límite que demarcaba la religión de la magia y ya la propia religión no puede ser identificada más en forma unívoca con la Iglesia” (Parker Gumucio, 2008). El pensamiento mágico persiste con fuerza, articulando y alimentándose de la compleja multiculturalidad latinoamericana, en medio de la fugacidad e incertidumbre que provoca la sociedad postindustrial.
Lo que otrora representaba una negación de la fe, hoy es parte dinámica del sistema de creencias de ciertos grupos evangélicos. Las experiencias mágicas siempre han estado ahí, a veces impedidas por sus líderes religiosos, pero vivas en las acciones cotidianas de los creyentes. Y seguramente, nos seguirán acompañando.
Bibliografía
Bueno, Gustavo (1989). “Reivindicación del fetichismo. Fetichismo y religión, pasando por la magia”. En Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la religión, pp. 229-271. Madrid: Mondadori.
Corona, Rubén (2011). “La superstición como perversión de la religión y de la política: una lectura de Baruch de Spinoza”. En Intersticios Sociales, No. 2: pp. 1-30.
James. E. O. (2009). Historia de las religiones. Madrid: Alianza Editorial.
Marzal, Manuel (2002). “Religión y magia”. En Tierra encantada. Tratado de antropología religiosa de América Latina, pp. 95-123. Madrid: Editorial Trotta.
Nanda, Serena (1994). Antropología cultural. Adaptaciones socioculturales. Quito: UPS, Instituto de Antropología Aplicada.
Parker Gumucio, Cristian (2008). “Mentalidad religiosa post-ilustrada: creencias y esoterismo en una sociedad en mutación cultural”. En América Latina y el Caribe territorios religiosos y desafíos para el diálogo, Aurelio Alonso (Comp.): pp. 337-364. Buenos Aires: CLACSO.
Simbaña, Wilmer (2012). El ciudadano para de sufrir. El movimiento neopentecostal y la construcción de sus actitudes políticas. Tesis. Quito: Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).
Wall, Annemarie de (1975). Introducción a la antropología religiosa. Navarra: Editorial Verbo Divino.

[1] La experiencia corresponde a una vista realizada a uno de los cultos que ofreció la Iglesia Universal del Reino de Dios, en la ciudad de Guayaquil (Ecuador), en junio de 2012.
[2] En este artículo se considera al neopentecostalismo como un subgrupo religioso perteneciente al tronco protestante latinoamericano. Se puede revisar: “Neopentecostalismo: ¿una nueva ola religiosa recorre América Latina?” enwww.lupaprotestante.com/lp/blog/neopentecostalismo-una-nueva-ola-religiosa-recorre-america-latina
[3] Congregaciones brasileñas con una importante presencia en América Latina, que han oficializado la transacción de bienes religiosos.
[4] Iglesia de origen colombiano, con presencia en cerca de 50 países alrededor del mundo.

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