lunes, 18 de noviembre de 2013

Antonio Piñero 


He escrito un ensayo en Revistadelibros, que como creo que saben los lectores, dirige el escritor Álvaro Delgado Gal, sobre el tema que aparece en el título. Presento aquí la introducción y luego remito a los lectores interesados al vínculo correspondiente para ultimar la lectura. 

Este ensayo es uno de los productos secundarios de mi trabajo titulado “Guía para entender a Pablo de Tarso. Una introducción al pensamiento paulino”, que he terminado finalmente ¡¡!! Tras más de tres años de trabajo. El libro está en fase de corrección, “pulido y abrillantado”. Será entregado antes de Navidades a la Editorial Trotta para que su director, Alejandro Sierra, disponga su publicación cuando sea oportuno y conveniente. Finalmente hemos optado Carlos A. Segovia y yo no hacer la Guía estrictamente en común, porque no encontrábamos el formato adecuado para exponer dos opiniones a veces tan distintas sobre los distintos temas. Hemos decidido de consuno que sea yo quien haga el libro desde mi punto de vista, resumiendo por mi parte muy brevemente las opiniones de la nueva y moderna exégesis paulina, cuando viene al caso de la argumentación. Pero lo original de este libro será que el volumen contiene al final un largo apéndice del mismo Carlos A. Segovia en el que expone en síntesis, los puntos de vista y resultados de la nueva exégesis. 

El pensamiento de Pablo no es fácil. Por eso hemos procurado los dos escribir lo mas claro, nítido y sencillo posible de modo que podamos hacer más que accesible lo aparentemente difícil. Además resultará así un libro al menos curioso, pues no es nada usual que un ensayo de introducción al pensamiento de un personaje importante, que ha contribuido a la historia del pensamiento occidental de un modo trascendental, publique a su vez la exégesis de los “adversarios” intelectuales que defienden puntos de vista a veces muy dispares. Creo que es un excelente ejercicio práctico de colaboración, ye de comprensión; opino que es una muestra práctica de cómo se puede hacer ciencia histórica, historia de las ideas, con respeto y rigor desde dos puntos de vista muy distintos. Para mí es un ejercicio de “pedagogía de la comprensión”. 

Y ahora volviendo al ensayo presente: al principio va la lista de los libros reseñados / comentados a continuación. 


Dunn, D. G., El cristianismo en sus comienzos. Comenzando desde Jerusalén. Vols. I y II, Verbo Divino, Estella, 2012. 

Eisenbaum, P., Paul was not a Christian, HarperOne, New York 2009. 

Segovia, C. A. ¿Fue Pablo cristiano? El redescubrimiento contemporáneo de un judío mesiánico, Amazon Books, Versión electrónica http://www.amazon.es/Tienda-Kindle/s?ie=UTF8&field-author=Carlos%20A.%20Segovia&page=1&rh=n%3A818936031%2Cp_27%3ACarlos%20A.%20Segovia

Wright, N. Th., Paul: In Fresh Perspective, Fortress, Minneapolis, 1992 

Zetterholm, M., Approaches to Paul. A Students Guide to Recent Scholarship, Fortress Press, Minneapolis MN, 2009. 

La adecuada comprensión de las cartas de Pablo de Tarso es absolutamente fundamental para el cristiano, pues prácticamente toda su religión se basa desde el siglo IV sobre todo en las líneas marcadas por el Apóstol al repensar y reconfigurar la figura del Jesús de la historia amalgamándola con la del Cristo celestial. Puede defenderse sin temor a equivocarse que las aportaciones de los evangelistas, tan trascendentales para el cristianismo, se basan también en el desarrollo de la ruta marcada por el maestro Pablo. 
La exégesis tradicional del Apóstol durante centurias ha sido cuestionada a partir de mediados del siglo XVIII, pero de una manera más radical aún desde 1970. Y no es extraño, ya que desde mediados del siglo II hasta hoy día la exégesis de sus cartas ha sido considerada muy difícil, porque se trata de correspondencia, no de tratados, y porque se ignora una buena parte de las relaciones y convenciones culturales que las gobiernan, por no hablar del desconocimiento parcial de los problemas personales y comunitarios que mediaban entre el autor y sus primeros lectores. 
A pesar de tales dificultades, la interpretación paulina ha discurrido por senderos casi unívocos, sin grandes discrepancias. A partir de san Agustín, a finales del siglo IV, pasando por Anselmo de Aosta en el siglo XI (o Anselmo de Canterbury, donde fue obispo) y de Martín Lutero y Juan Calvino, se han entendido las cartas paulinas como la predicación de Pablo a los gentiles de un “evangelio” particular, cuya idea central era: con Cristo ha llegado la plenitud de los tiempos, se acerca el momento final y es preciso que se cumpla la promesa completa de Dios a Abrahán, en concreto aquello que la divinidad dice: “Te haré padre también de muchos pueblos” (Génesis 17,5). Ello supone que en el “Israel de Dios”, el único pueblo destinado a la salvación, han de integrarse también los gentiles sin necesidad de hacerse judíos, por tanto sin obligación alguna de circuncidarse y de observar la ley de Moisés. 
Tal “evangelio” había sido recibido por Pablo gracias a una revelación directa de Dios. Según esta buena noticia, al final de los tiempos, Jesús, hijo preexistente de Dios, había sido enviado por su Padre al mundo y se había encarnado en un ser humano normal, aunque de la estirpe de David. Por medio de la muerte en cruz de este hombre, Jesús Mesías, a saber, un sacrificio vicario por todos los pecadores, se lograba que la humanidad entera --enredada en una red inextricable de pecado y de enemistad hacia Dios de la que no podía salir por sus propias fuerzas-- fuera redimida por pura gracia. Se restauraba así la amistad perdida entre Dios y su criatura predilecta, el ser humano, a la vez que éste recibía la promesa de la inmortalidad con su ingreso en el paraíso. Mas para apropiarse de los bienes de este sacrificio, planeado por Dios desde toda la eternidad, había que cumplir con una condición…, que el hombre hiciera un acto de fe, ayudado por la gracia divina, en el efecto salvador de la muerte vicaria del mesías Jesús en la cruz. 
Según el mismo consenso de siglos, esta teología era el producto de una “conversión” de su autor, Pablo, a una nueva visión del judaísmo, el judeocristianismo o cristianismo a secas. Pero tal ideología representaba un ataque en toda regla al valor salvífico de la ley de Moisés, pilar básico de la religión judía. Además, desde esos momentos, el judaísmo era considerado anticuado y legalista, porque había ya una nueva alianza y porque sostenía que el ser humano se salvaba si se atenía al cumplimiento de las normas de una Ley muy exigente. De este modo adquiría por su propio esfuerzo los méritos suficientes para defenderse ante el tribunal divino. Frente a esta concepción surgía la idea nueva de una salvación otorgada no por méritos propios sino por un Dios lleno de amor, gracia y misericordia. A la vez se increpaba a los judíos con continuos reproches como increyentes redomados, incapaces de aceptar el plan de Dios en el mesías Jesús. 

Ahora bien, tras lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial, en especial después de Auschwitz y otras instituciones similares de exterminio de los judíos, se percibió con especial sensibilidad que esta teología paulina –unida a la de sus epígonos, en especial los evangelistas Mateo y Juan--, había contribuido notablemente a la persecución de los judíos por parte de los cristianos hasta hoy día. Pero atribuir este efecto a Pablo había sido un monumental error. A lo largo de siglos, sus cartas, esta suerte de presunto vademecum del antijudaísmo cristiano, habían sido mal interpretadas: su exégesis debía revisarse a fondo. A partir de los años 60 del siglo pasado diversos estudiosos, entre los que destacaron Johannes Munck y Krister Stendahl, comenzaron a discutir los presupuestos de la exégesis paulina y a ofrecer nuevas interpretaciones de pasajes fundamentales de sus cartas. A ello se unió la percepción de que los términos "judaísmo" y "cristianismo" eran inapropiados en el contexto del siglo I, puesto que ninguno de ellos daba cuenta de la complejidad del pensamiento religioso en el que se había movido Pablo. Era preciso volver a repensar al Apóstol ante el temor de que hubiera sido secularmente mal entendido y la incipiente certeza de que –entre otras muchos aspectos-- tal “contribución” al antisemitismo por su parte fuera totalmente contraria a su pensamiento. 

Carlos A. Segovia, el primero de los autores que ahora reseñamos, es, según creo, el único pensador español hasta el momento que ha asumido plenamente unas perspectivas nuevas desarrolladas sobre todo a partir de Stendahl. En su opinión, las razones que desde el principio han dificultado la correcta interpretación del mensaje paulino son básicamente de dos clases: históricas –falta de conocimiento de su complejo mundo, el judaísmo-- y textuales, las dificultades de la lectura de los manuscritos –copiados en escritura seguida, sin división de palabras ni de párrafos, lo que había llevado a atribuir a Pablo opiniones que no eran suyas, sino de sus adversarios, por no mencionar las dificultades intrínsecas de las cartas mismas. Estos obstáculos en su conjunto siguen impidiendo aún hoy a muchos lectores comprender el mensaje de
Pablo. ¿Qué es en realidad lo que él dice y lo que no dice en sus cartas? 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Bienvenido! Tus comentarios y reacciones son bien recibidos