martes, 26 de noviembre de 2013

La espiritualidad naturalista: André Comte-Sponville

Puesto que la mayoría de la gente es dualista, la idea de una espiritualidad naturalista aún parece contradictoria en sus términos. Generalmente se piensa que la espiritualidad implica planos "más altos", almas, espíritus y otros fenómenos sobrenaturales. ¿Cómo pueden tomarse en serio la espiritualidad los naturalistas, incluyendo a los ateos, sin violar seriamente una afirmación central de su visión del mundo, esto es, la no existencia de un reino sobrenatural separado? Muy fácilmente, tal y como argumenta Andre Comte-Sponville en El pequeño libro de la espiritualidad atea. La espiritualidad correctamente entendida no tiene nada que ver esencialmente con lo sobrenatural, y es un asunto demasiado importante como para dejarlo en manos de los religionistas y los seguidores de la New Age. Al hacer algo así los naturalistas ignorarían una cuestión central sobre el sentido de la vida y su propósito, sobre cómo podemos vivir mejor juntos dada la última naturaleza de las cosas, y sobre cómo es nuestra relación con la naturaleza. Nada de esto requiere o implica a Dios.

Este libro es una delicia y una inspiración, sin la menor concesión o complacencia, bellamente directo, pesonal, sensible y profundo. Comte-Sponville escribe con la facilidad y la seguridad de quien posee un pensamiento profundo sobre estas materias, y de hecho lleva años escribiendo y hablando sobre una espiritualidad sin Dios. El pequeño libro es su sabiduría destilada, debida tanto a Occidente (Spinoza, Pascal, Nietzsche, Sartre, Wittgenstein y algunos filósofos franceses modernos desconocidos para la mayoría de los lectores americanos) como a Oriente (budismo, zen, taoísmo, vedanta). Aunque no posee ninguna animosidad contra la fe, en la medida en que no es impuesta, los objetivos primordiales en los tres capítulos de su libro intentan mostrar que 1) no necesitamos una religión teísta para una ética viable o comunitaria, 2) existen buenas razones para creer que Dios, tradicionalmente concebido, no existe y 3) la experiencia espiritual es un espejo naturalísticamente válido de verdades existenciales básicas. Estamos encarnados en una realidad impersonal, auto-subsistente, intrascendentalizable y libre de valores -la Naturaleza de Spinoza, el todo- y en consecuencia los valores y el significado son relativos a los asuntos humanos. Pero comprender y sentir que estamos arraigados en un absoluto misteriosamente no humano, al abandonar temporalmente el yo, nos prepara para la experiencia cumbre de la unidad inmanente. La espiritualidad naturalista nos muestra a nuestras vidas finitas, condicionadas y llenas de significado, abiertas hacia lo eterno, incondicional y libre de propósito.

Al abandonar la era posmoderna e irreligiosa (¡al menos en Francia!), debemos -dice- evitar la tentación de la sofística, de que la verdad no nos interpela, del nihilismo, de que la moralidad no nos interpela (Nietzsche: "Nada es verdad, todo está permitido"). En consecuencia estamos unidos en el seguimiento de la Ilustración y su insistencia en que las verdades y la ética deben ser independientes de la religión. Aquellas son aseguradas por la fidelidad, la fidelidad al racionalismo: "a la razón, la mente, el conocimiento", y a un humanismo progresista y práctico: "Nuestro deber primordial...es el de vivir y comportarnos humanamente". Dado que la naturaleza no nos proporciona ningún recurso, este es un proyecto falible y contingente, pero precisamente por eso merece la pena ser perseguido:
Nada puede garantizar el triunfo de la paz y de la justicia o incluso de algún progreso irrevesible. ¿Es esta razón para dejar de luchar por estas cosas? ¡Por supuesto que no! Al contrario, es una poderosa razón para prestar la mayor atención a la vida, la paz, la justicia...y nuestros hijos. La vida es el ser más precioso, frágil y raro. La justicia y la paz son lo más necesario, lo más urgente de todo, porque nada puede garantizarnos su victoria última.
Tras proporcionar un estudio conciso de los argumentos tradicionalessobre Dios y sus insuperables limitaciones, Comte-Sponville facilita razones adicionales para entender por qué es muy improbrable (aunque no demostrable últimamente) que Dios exista: no existe buena evidencia; la inmensa cantidad de mal y sufrimiento en el mundo, la mediocridad del animal humano (¿es esta criatura lo mejor que Dios podía hacer?), y el hecho de que las creencias teístas se conforman a nuestros más profundos deseos de un modo tan patente. ¡El hecho de que Dios es siempre bueno, y que nos proporciona siempre todo lo que podríamos querer es una excelente razón para sospechar que no existe!

Dadas estas razones para la duda, es de la primera importancia que la sociedad mantenga el estado y la iglesia separados, proporcionando espacio para el derecho a no creer. Finaliza el segundo capítulo diciendo:
La libertad de pensamiento es el único bien que quizás es más precioso que la paz, por la simple razón de que, sin ella, la paz no sería sino otro nombre de la servidumbre.
El libro contiene mucho personal del autor, convirtiéndolo en fácil de leer y de buen sentido. Después de todo, incluso si están informadas por filosofías y tradiciones, las materias espirituales son profundamente personales -son la existencia y el significado de uno mismo. En el tercer capítulo, describe la experiencia mística transformadora que, según dice, le permitió entender finalmente lo que había estado escribiendo y explicando durante todos estos años. Los elementos de la experiencia se describen como suspensiones; suspensiones del pensamiento, del tiempo, del ego, "la pequeña prisión de sí mismo". Esto permite una apertura hacia el presente sin yo:
¡Qué descanso cuando el ego desaparece! Nada permanece a excepción de Todo, con el cuerpo maravillosamente dentro de sí, como si se hubiera restaurado el mundo y él mismo. Nada permanece excepto el enorme hecho de ser, la naturaleza y el universo, sin nadie dentro nuestro por el que estar consternado o tranquilizado, o al menos sin nadie en este instante particular, en este cuerpo particular, por el que preocuparse, por la ansiedad, por el peligro...
Señala que las experiencias místicas y la espiritualidad que expresan e inspiran convierten en innecesario a un Dios personal y la esperanza por una futura salvación. La naturaleza, el todo, el absoluto, la realidad ( empleemos la palabra que mejor nos convenga) es inmediatamente suficiente, presente y perfecta, esto es, sin defecto. La fe, la creencia, el dogma, la esperanza y el miedo no juegan ningún papel, y por ello la religión tradicional se vuelve irrelevante. Tampoco hay ningún conflicto entre nuestros mejores modos de conocimiento empírico o analítico y las realizaciones existenciales de la persona que emanan de las experiencias de unidad. Semejante espiritualidad no tiene nada que temer de la ciencia.

Comte-Sponville, un verdadero humanista y universalista, nos proporciona un relato rico en anécdotas y filosofía sobre como aquellos que no tienen fe pueden permaneceer auténtica y éticamente comprometidos con la vida, incluso si se abre hacia el infinito. El proyecto humano es parte de la realidad, pero no cerca la realidad en ningún sentido, sino que nos cerca a nosotros mismos en su misterio. Debemos hacer las paces con esto, encontrando la plenitud incluso en el hecho de que no somos la medida de la naturaleza. Los naturalistas que persiguen la Ilustración encontrarán en este libro una profunda e inspiradora expresión de las posibilidades espirituales inherentes en su visión del mundo.

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