jueves, 3 de octubre de 2013

Las enseñanzas de Jesús de Nazaret: Base del mensaje cristiano

 Leopoldo Cervantes-Ortiz
lupa   Lupa Protestante
1. Venida y presencia del Reino de Dios en el mundo
Después que Juan fue encarcelado, Jesús se dirigió a Galilea, a predicar la buena noticia de Dios. Decía: —El tiempo se ha cumplido y ya está cerca el reino de Dios. Conviértanse y crean en la buena noticia. (Marcos 1.14-15)
Jesús denuncia en la predicación la injusticia social del orden establecido. Exige una conversión individual radical de corazón, la cual cambiará desde ahora las relaciones con Dios y con el prójimo. La cuestión está toda ella planteada a la luz del reino de Dios, cuyas normas son del todo distintas de las del mundo y de los hombres. Oscar Cullmann, Jesús y los revolucionarios de su tiempo (Madrid, Studium, 1973, 2ª. ed., p. 42)
Al acercarse a los evangelios para buscar cuáles son las enseñanzas principales de Jesús de Nazaret que puedan considerarse como básicas para la conformación del mensaje cristiano, destacan tres de ellas: a) la venida y presencia del Reino de Dios en el mundo, b) el perdón incondicional otorgado por Dios a la humanidad, y c) el anuncio de una palabra divina fresca y transformadora. Cada una de ellas incluye una serie de antecedentes y matices que remiten a la tradición espiritual y religiosa del antiguo Israel, aunque muchos aspectos de la enseñanza de Jesús plantean una fuerte controversia con las creencias antiguas de ese pueblo. Por ejemplo, la manera necesariamente conflictiva con que se situó ante la ley mosaica al colocar su propia persona como principio de superación de su vigencia o la intensidad con que reivindicó a los grupos humanos más vulnerables (niños, mujeres, pobres, enfermos, poseídos, extranjeros) que eran proscritos y discriminados por las instituciones religiosas que controlaban la fe popular. Cada enseñanza mencionada formó parte, en primer lugar, de su fe y de la fuerte convicción que alcanzó cuando en un momento crucial de su vida decidió abandonar la cotidianidad y la expectativa de una existencia “normal” para consagrarse al anuncio y proclamación, en palabras y acciones simultáneamente, de la venida inminente y la presencia efectiva y transformadora del Reino de Dios en el mundo.
Esta primera afirmación de Jesús dio continuidad directa a la labor profética de Juan, el llamado “bautista”, quien le precedió en el llamado al arrepentimiento y la conversión ante la esperanza y la urgencia escatológica del advenimiento del Reino de Dios (Mr 1.2-8), creencia que se había incubado durante mucho tiempo en la conciencia y en la fe del judaísmo. Aunque la predicación de Jesús no difiere sustancialmente de la suya, pues Marcos afirma la necesaria aparición de un mensajero en el desierto que “preparara el camino del Señor” (1.2-3), basándose en la profecía de Isaías (40.3), en muchos sentidos, como se vería más adelante, el carpintero de Galilea modificó el estilo de presentación del anuncio del Reino de Dios, tan sobrio y ascético (1.6), pues entraría en espacios que Juan jamás hubiera considerado adecuados: la plaza, los caminos, las casas de los considerados pecadores, y actuaría como una “persona mundana” y más cercana a la gente (Mt 11.15-19; Lc 15.2). Su mensaje era sencillo y provocador: era preciso arrepentirse para obtener el perdón y demostrar esto con el bautismo (1.4-5), en un acto de purificación que no necesariamente debían realizar los judíos de nacimiento. Se trataba, pues de una práctica religiosa alternativa a los postulados oficiales impuestos por el Sanedrín y de una muestra de religión popular “tolerada” por aquella institución que respetaba hasta donde era posible el surgimiento de profetas o iluminados. Juan anunciaba la venida de “alguien mayor” (1.7a) y que él que vendría a “bautizar con el Espíritu Santo” (1.8).
Jesús mismo fue desde Nazaret a bautizarse (1.9), con lo que legitimó la obra de Juan, y fue objeto de una manifestación divina visible en la que “se abrieron los cielos y el Espíritu descendió sobre él” (1.10), en un claro episodio de unción para el trabajo profético. La voz que se escuchó afirmó la filiación divina de Jesús y la complacencia de Dios para él (1.11). En ese mismo esquema tradicional, el Espíritu lo llevó al desierto (formación espiritual mística, contemplativa y de revelación especial) y “Satanás lo probó durante 40 días” (1.12-13). Marcos abrevia al máximo la historia y, sin ofrecer los detalles, narra el inicio de la labor de Jesús en Galilea, su lugar de origen, “después de que Juan fue entregado” (1.14), resumiéndola en la frase “para proclamar la buena noticia de Dios”, con una frase paradigmática: “El tiempo se ha cumplido y ya está cerca el reino de Dios. Conviértanse y crean en la buena noticia” (1.15), es decir, que había que prepararse espiritualmente para la inminente intervención directa de Dios en la historia presente y futura. Con miras a desarrollar este tema más tarde, en palabra y hechos, el relato enfoca a quienes seguirían a Jesús en su aventura, los cuatro primeros discípulos (1.16-20), pescadores que se convertirían en “pescadores de personas”. Los cuatro (Simón, Andrés, Santiago y Juan) dejaron todo para ir tras él. Vendrían entonces los gestos de servicio y sanidad, así como la enseñanza que encarnarían el anuncio inicial de su programa basado en la fe profunda que lo poseía: la certeza y confianza de que Dios estaba introduciendo efectivamente su reino en el mundo para beneficio de la humanidad necesitada y sufriente.
2. El perdón incondicional 
¿Qué es más fácil? ¿Decir al paralítico: “Tus pecados quedan perdonados”, o decirle: “Levántate, recoge tu camilla y anda”? Pues voy a demostrarles que el Hijo del hombre tiene autoridad para perdonar pecados en este mundo. Se volvió al paralítico y le dijo: —A ti te hablo: Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa. (Marcos 2.9b-11).
Nos ha dejado espléndidas metáforas
y una doctrina del perdón que puede
anular el pasado. (Esa sentencia
la escribió un irlandés en una cárcel.)
J.L. Borges, “Cristo en la cruz”
Los evangelios, al narrar la vida y obra de Jesús, asumieron una postura misionera y proclamadora del mensaje promovido por él, con lo que cada aspecto del mismo se relacionó directamente con el tema central de su enseñanza: la presencia viva y actuante del Reino de Dios en el mundo. De esa manera, el asunto del perdón (de los pecados y entre las personas) aparece como muy relevante en la propuesta de construcción de una nueva humanidad, propósito central del anuncio de Jesús. Siendo un asunto de tanta profundidad porque toca las fibras más sensibles de la relación de los seres humanos con Dios y entre ellos mismos, reclama una lectura minuciosa de los textos evangélicos, a fin de articular la enseñanza de la manera más adecuada y consecuente. Una primera posibilidad es estudiar el tema por separado en cada evangelio para observar su desarrollo. La otra, complementaria y obligada, consiste en revisarlo en sus aspectos esenciales y tomar de cada uno los diversos aspectos para elaborar “la doctrina de Jesús”.
En Marcos (2.1-12), primer evangelio escrito, la mención inicial se encuentra en un contexto muy complejo, que anuncia la evolución y profundización de la enseñanza propia del maestro galileo al confrontar la necesidad del perdón con las necesidades humanas urgentes: un hombre enfermo condenado a la inmovilidad recibió de sus labios el anuncio doble de perdón y sanidad total. Partiendo de la experiencia de fe y de las afirmaciones antiguas acumuladas en relación con la manera en que Dios mismo lo realizó en su trato con el pueblo de Israel en el marco de la alianza, Jesús encarnó en su persona la realidad del perdón y se atrevió a afirmar, con base en la vida de fe que trasmitía, que era Dios quien directamente absolvía a las personas. Eso fue lo que hizo con el hombre a quien llevaron sus amigos o familiares ante él para que lo sanase. El perdón de los pecados era lo que menos esperaban que se ofrecería al enfermo, pero en vista de las ideas que relacionaban el pecado con la enfermedad, Jesús tuvo que romper esta relación de un solo golpe, produciendo en la conciencia de los testigos un shock porque lo aparentemente más urgente era resolver el problema de la enfermedad, no el del pecado. La fe de quienes lo llevaban (v. 5a) impresionó de tal manera a Jesús, quien se vio obligado a proferir las palabras sobre la certeza del perdón de Dios. Parecería que el hombre inmovilizado seguiría en esa condición, pero ya con el alivio de no interpretar su enfermedad como un castigo moral. No obstante, quienes presenciaron la afirmación no podían quedar conformes con lo que pareció una blasfemia, pues únicamente Dios podía garantizar el perdón de pecados (v. 7b, afiénai jamartías) y Jesús como hombre se tomó tal atribución. La necesidad de la salud había pasado a un segundo término, pero Jesús la coloca en el centro y completa la obra de redención integral en el enfermo al ordenarle que se levantara, es decir, que ejerció una autoridad (exousía) doble: espiritual o moral, y física también.
Luego de la serie de acciones (reclutamiento de los primeros discípulos, enseñanza con autoridad, exorcismos, sanidades) con que Jesús comenzó su labor en el cap. 1, el pasaje en cuestión “formaría una perfecta unidad literaria en que Jesús afirma la eficacia de su palabra de perdón no mediante una declaración verbal, sino con un milagro cuyo alcance sólo es conocido por quienes lo consideran desde el punto de vista de la fe”.[1] “La curación operada por Jesús apoya su pretensión de perdonar los pecados y simboliza al mismo tiempo la salud espiritual comunicada al pecador perdonado” (Ibid., p. 74). El asombro del pueblo (v. 12) se debe a que no alcanza a comprender que el milagro es un signo de los poderes que tiene Jesús para perdonar los pecados” (Idem).
Un avance más será el “perdón horizontalizado”, la “revolución del perdón”, entre personas cuya fe en Jesucristo será capaz, como escribió Borges, de “anular el pasado”, como ejercicio espiritual, ontológico y psicológico que constituye una de las más profundas enseñanzas del Señor. Marcos da fe de ello en 11.25-26, donde esta práctica humana se relaciona con el eventual perdón divino anunciado antes: “Y cuando estén orando, si tienen algo contra alguien, perdónenselo, para que también el Padre que está en los cielos les perdone el mal que ustedes hacen. Pero, si ustedes no perdonan, tampoco el Padre les perdonará el mal que ustedes hacen”. (La otra mención del perdón en 3.29, Se refiere a la blasfemia contra el Espíritu Santo.) El resumen de Alain Patin esboza las grandes líneas de la obra y enseñanza de Jesús sobre el perdón:
Perdonar es romper el encadenamiento de causas: un mal llama a una venganza; esta venganza desencadenará a su vez una reacción, y así sucesivamente. El perdón introduce la novedad en ese encadenamiento: el perdón saca su energía no del odio que provoca el mal sufrido, que sería lo ordinario, sino de otra fuente; es una creación porque la amistad reemplaza al odio. Es un comportamiento libre y creador; vengarse es dejarse dictar la propia conducta por el adversario (ojo por ojo, diente por diente), perdonar es engendrar relaciones nuevas libremente elegidas. […]
El perdón es un proceso revolucionario porque rompe el círculo infernal del mal. Inventa él solo un mundo en el que nadie está definitivamente, clasificado, perdido, ni encerrado en su odio, su pecado o su desesperación. El perdón no consiste en dejar cobardemente que el agresor continúe ejerciendo su dominación, ni en predicar al explotado la sumisión; el perdón libera para poder buscar las verdaderas causas que hacen de uno un opresor, un verdugo, hace lúcida a la persona para que pueda luchar los verdaderos combates, mientras que el odio, el desprecio, el resentimiento, ciegan. El perdón inyecta en nuestras luchas la única energía que puede construir un mundo verdaderamente nuevo: el amor y no el odio.[2]
Aunque con esto entramos a los umbrales de la psicología y, quien lo diría, del derecho, y deberemos hurgar más ampliamente en el sentido completo de las enseñanzas de Jesús en los cuatro evangelios. Sobre aquellas implicaciones, María Martina Casullo apunta muy bien:
…el concepto psicológico perdonar no debe confundirse con el legal de indulto, con condonar (que implica una justificación de un hecho) o excusar (que supone que existen razones para obrar de una manera determinada). Ciertos autores señalan la diferencia entre perdón y reconciliación (restablecimiento de un vínculo); el perdón supone una voluntad subjetiva de abandonar el resentimiento, los juicios negativos y la indiferencia hacia quien nos ha injuriado o lastimado y poder desarrollar sentimientos de compasión y generosidad. Para McCullough et al. (2000) la esencia del perdonar implica cambios de tipo prosocial en las motivaciones personales hacia la persona, grupo o situación que ha lastimado o injuriado. Desde su experiencia en el trabajo con parejas, Hargrave y Sells (1997) definen al perdón en términos de: 1) permitir al victimario reconstruir un vínculo quebrado, y 2) favorecer una discusión abierta sobre la violación relacional de manera tal que víctima y victimario puedan trabajar en la reconstrucción de tal vínculo.[3]
3. Palabra de Dios fresca para el mundo
De nuevo comenzó Jesús a enseñar a la orilla del mar [thálassan]. Y se le reunió tanta gente que decidió subir a una barca que estaba en el lago y sentarse en ella, mientras la gente permanecía junto al lago en —tierra firme. Entonces Jesús se puso a enseñarles muchas cosas por medio de parábolas. (Marcos 4.1-2a).
No cabe duda de que Dios ha hablado y, obviamente siempre, ha hablado bien. Pero aquí también nos referimos al interés divino por hacerse entender de la mejor manera, con un “estilo literario”, propio de las diferentes épocas en que los hombres y mujeres inspirados por Él redactaron los textos de las Escrituras. En el caso de Jesús de Nazaret, está reconocido de manera unánime el este sencillo pero poético de su enseñanza, particularmente en el caso de las parábolas. Existen libros enteros dedicados a “la poesía de Jesús”, pues el maestro galileo no renunció a la calidad expresiva para transmitir la voluntad de Dios para los seres humanos. El mensaje debía trasmitirse siempre en las mejores condiciones lingüísticas y literarias para lograr enamorar a los oyentes con esa palabra divina, siempre fresca, que brotó de los labios y de los hechos del Hijo de Dios en el mundo. Cada palabra suya propiciaba cambios, controversias y sugería transformaciones revolucionarias de lo que se había creído hasta entonces. Especialmente cuando incluía la advertencia: “Oísteis que fue dicho… mas yo os digo” había que ponerse a temblar, pues Dios a través de él estaba corrigiendo las falsas enseñanzas e interpretaciones de la ley antigua.
Por ello, en el momento en que Jesús se decidió a tomar las calles, las plazas y los caminos para compartir lo que sabía sobre Dios, tuvo que elegir el género literario más adecuado para llegar a los oídos, el corazón y la mente de las personas. Y la elección recayó en las parábolas, siguiendo el modelo del salmo 78.1-2: “Inclinad vuestro oído a las palabras de mi boca./ Abriré mi boca en proverbios…”. Esta opción la registra Marcos con especial énfasis: “Y sin parábolas no les hablaba” (4.34a). La parábola es un género que podría definirse como “una comparación continuada, o el desarrollo de una comparación, a través de una narración —real o ficticia— con un fin didáctico”.[4] En la comparación “hay tres elementos: aquello que se compara, aquello con lo que se compara y el punto concreto en que se quiere establecer la comparación. En este punto radica el núcleo significativo. Lo demás puede ser puramente ornamental y no hay que buscar en ello una significación peculiar” (Idem).
En el primer registro de las acciones y dichos de Jesús, el evangelio de Marcos, la expresividad narrativa está puesta al servicio de las enseñanzas mediante las historias concentradas cuyo único mensaje apunta siempre hacia la venida y consecución del Reino de Dios en el mundo. La famosísima parábola “del sembrador” o “de los tipos de terreno” es una gran ilustración del esfuerzo divino por conseguir seguidores-oidores-hacedores de su Palabra en el mundo, en el camino hacia la plenitud del Reino de Dios en el mundo. El acto cotidiano y agrícola de sembrar es la gran metáfora de la inserción de los proyectos divinos en un mundo que se resiste a incubarlo, pero que inevitablemente lo verá crecer. De ahí que muchas otras parábolas, como la de la semilla de mostaza, aludan al “crecimiento invisible” y casi imperceptible en medio de las contradicciones históricas.
Los destinatarios específicos de la parábola son los ya seguidores de Jesús (v. 10-12) y cuando, luego de contarla al resto del pueblo, decide explicarles el significado de los detalles de la misma, estamos ante un giro literario, epistemológico y espiritual, pues la parábola se convierte, como resultado de esa explicación detallada, en una alegoría, es decir, en una serie de metáforas continuadas en la que cada situación contiene un significado propio. La razón de ser de este cambio es profundamente paradójica: el misterio del Reino es colocado ante los ojos de los discípulos, pero es escondido a los demás (vv. 11-12). La “clandestinidad” del mensaje de Jesús lo hace presentarlo abiertamente, pero en clave, a todo el pueblo y únicamente, por los ojos de la fe renovada a los seguidores/as nuevos que estaba reclutando para “el asalto final”. La receptividad ante esta palabra fresca de Dios es, finalmente, el gran tema de la parábola-alegoría y va a producir una cadena de tres imágenes más, relacionadas con la presencia soterrada de ese Reino en el mundo: el candil (vv. 21-25), la semilla que crece (vv. 26-29) y el grano de mostaza (30-32). Jesús refresca, así, la revelación de Dios y la actualiza para una nueva generación de seres humanos, cuya esperanza provenía de múltiples situaciones en medio de las cuales era preciso contar con una orientación divina confiable y pertinente. Igual que hoy.

[1] E.J. Mally, “Evangelio según san Marcos”, en R. Brown, J. Fitzmyer y R. Murphy, dirs., Comentario bíblico san Jerónimo. Tomo III. N.T. I. Madrid, Cristiandad, 1972, p. 73.
[2] A. Patin, La aventura de Jesús de Nazaret. Santander, Sal Terrae, 1997 (Alcance, 7), pp. 100-101.
[3] M.M. Casullo, “La capacidad para perdonar desde una perspectiva psicológica”, en Revista de Psicología de la PUCP, vol. XXIII, 1, 2005, p. 42.
[4] Gabriel Pérez, “Parábola”, en http://mercaba.org/DJN/P/parabola.htm.

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