viernes, 6 de septiembre de 2013

Obama, sombra del sueño de

Luther King


Eduardo Sanguinetti

La operación militar contra Damasco parece estar decidida. Buques de guerra estadounidenses y europeos se encuentran frente a las costas de Siria.
Las declaraciones del Pentágono y de altas fuentes del ejército imperial dan la pauta del ataque contra el régimen de Bashar Al Asad, sin el visto bueno del Consejo de Seguridad de la ONU, aguardando la orden de Obama, el presidente y Premio Nobel de la ¿paz?

Estados Unidos y sus aliados siguen construyendo un mundo donde el genocidio asume categoría de ley. Con la complicidad, devenida en silencio, de todas las naciones del mundo, que se limitan a repudiar los bestiales actos de asesinato contra civiles de las más diversas regiones del planeta.
El avasallamiento de los tan proclamados y poco aplicados Derechos Humanos, cuya Declaración Universal fue aprobada por 48 estados, el 10 de diciembre de 1948 en la sede de la Asamblea General de las Naciones Unidas, es ya una rutina del imperio y sus aliados.

Toda condena de la violencia es estéril, si no va acompañada del accionar concreto de sanciones a quienes la ejercen.

Una alternativa en este caso sería que las naciones que repudian este acto de vandalismo y genocidio suspendan relaciones con el imperio hasta tanto se finalice con los atropellos y violaciones del orden mundial, alterado de manera permanente con la excusa de implementar la democracia al uso imperial.

Pareciera que en nuestros países, los gobernantes, elegidos por el voto de un pueblo que repudia y sanciona desde el llano esta violencia y matanzas de cientos de miles de mujeres, hombres y niños, hacen la vista gorda y no denuncian de manera rotunda los genocidios del presente; así van cumpliendo pactos existentes, de manera obediente, con los poderosos, los amos del mundo, los señores de la sangre y la muerte, guiados solo por un materialismo ilusorio y la caída y suba de la Bolsa en los centros mundiales del capitalismo, pues la muerte se cotiza en Mercado de Valores; no lo olviden, estimados lectores.
El sentido popular, asimilado en sensibilidad y ética, no ignora que una gran parte de la comunidad mundial está envilecida tras el lucro, en cuyas manos se concentra la riqueza y el poder de decidir sobre la vida de comunidades enteras. Lejos de promover la armonía y el bienestar de los hombres y mujeres en educación, salud y conocimiento, solo ha provocado resentimiento, odio y ha despertado los bajos instintos en una aldea global que expulsa a los más dotados y premia la mediocridad, la prostitución y la traición.
Nuestros representantes, elegidos por voto popular en una democracia procedimental, ¿nos representan ante la comunidad internacional, de la que forman parte, accionando en nombre de la comunidad que les cedió su puesto de privilegio? La respuesta sería un rotundo ¡no! No nos representan, pareciera que están desde siempre en sus sitiales de poder, siendo solo esclavos de imperios en putrefacción.
Con urgencia, es preciso una reunión del Mercosur o de la Unasur acerca de temas donde la vida y la muerte de pueblos están en juego, expidiéndose de manera potente ante el genocidio que se esta perpetrando.
Esta realidad de gobernantes tan tímidos con el imperio y tan implacables a la hora de accionar sobre las comunidades que les otorgaron su voto, gobernando en nombre de las mayorías, solo se supera mediante el establecimiento de una toma de posición intransigente, que vendría a ser revolucionaria, ante el estado de las cosas.
En rigor ya estamos en esta revolución; se visualiza en las redes sociales, en las calles, en el diario existir de los que no aceptamos esta trampa que el capitalismo impuso y cayó como una red sobre todos. Si accionamos en consonancia con el orden natural y la ley que nos ampara, este tiempo será considerado trascendente y el hombre dará, por fin, el paso de la prehistoria a la historia.
“Yo tengo un sueño”, había dicho Martin Luther King, asesinado el 4 de abril de 1968. “Antes de su asesinato, King repitió que su sueño se había convertido en una pesadilla”, afirma David Garrow, historiador y biógrafo de Luther King.

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