lunes, 26 de agosto de 2013

Lo peligroso es optar por Jesús

Juan Ramón Junqueras


La necesidad de decidirse, en ocasiones, provoca graves crisis en el ser humano que camina por la vida y acaba encontrándose en una encrucijada. Existen opciones fáciles de tomar: cuando se puede escoger entre algo que se cree claramente bueno y algo que se sabe ostensiblemente malo. En esos casos, la opción no es difícil porque sólo es una cuestión de moral. Sin embargo, las decisiones que provocan crisis y desgarramiento, dudas y angustias, son las que llevan a escoger entre lo bueno que ya se cree poseer y algo, mejor todavía, que se presenta como un paso adelante y exige posponer lo anterior.
Optar por Jesús, y toda la revolución existencial que eso trae consigo, produce consecuencias que repugnan, hasta lo más hondo, al ser humano que aún no ha sentido dentro el manantial de agua viva, ése que brota tras el verdadero encuentro con el maestro. Ya lo había advertido a sus amigos: seguirlo es como ponerse encima una cruz, porque significa aceptar radicalmente la voluntad de Dios, y luchar dentro de uno mismo por el mundo que Él desea. Esto lleva a asumir la contradicción de amar tanto la vida que se sienta la necesidad de entregarla por los demás. Optar por Jesús puede ser peligroso.
Por ello, Lucas recalca en su evangelio que, aunque grandes muchedumbres acompañan con un alto grado de compromiso al maestro[1], la exigencia del galileo es más radical todavía. Si alguien no acepta esto, no puede ser discípulo de Jesús. Pero no porque él no lo deje, sino porque puede llegar a ser tan duro, puede tener que hacer frente a tantos peligros, se puede estar sometido a tanta presión que, sin una opción total por el maestro, el discípulo correrá el riesgo de abandonar a las primeras de cambio, y hacerse mucho daño a sí mismo.
Jesús no está subiendo el listón de las exigencias, sino protegiendo a aquellos que no hayan pensado bien a quién están siguiendo, y hasta dónde los llevará ese seguimiento. No impone la cruz, sino que anuncia que la cruz llegará irremediablemente, y hay que estar dispuesto a cargarla.
Esta opción total por Jesús comporta dos condiciones previas: Reflexión concienzuda y decisión firme. Es lo que muestran las parábolas de la construcción de una torre y del rey que va a la guerra (Lucas 14, 28-32). Nadie construye un edificio sin calcular antes los gastos, como ningún gobernante va a la guerra sin antes comparar sus efectivos con los del contrincante. Jesús está construyendo el Reinado de Dios en este mundo, y ha venido a declarar la guerra a los poderes del mal. Ardua tarea que exige de sus colaboradores una radical adhesión. Pero no porque el maestro sea selectivo y sólo quiera a los más valientes y aguerridos, sino porque la misión es prácticamente suicida[2].
Para el maestro galileo es preferible posponer, retardar, o incluso anular la decisión de seguirle, antes que tener que enfrentarse después a compromisos para los que no se está preparado. Todo el que quiere emprender algo importante en su vida debe examinar cuidadosamente si tiene los medios y las fuerzas para hacerlo. Como la torre de la parábola, una obra interrumpida no es la mitad de una obra, sino un fracaso. Y el sentimiento de fracaso puede hacer mucho daño, y derivar hacia la autodestrucción como le pasó a su amigo Judas.
Por ello hay que pensar y repensar la decisión de seguirlo. No es cualquier cosa optar por Jesús de Nazaret. Pocas veces se disfrutará de las palmas enarboladas, de los mantos en el suelo, y de los aleluyas. Lo habitual serán los caminos polvorientos y los arrabales repletos de gente que sufre y que espera consuelo activo. Seguir al maestro no será nunca fácil; pero ¿alguien prometió alguna vez que fuera a serlo?

[1] El verbo griego que aparece en Lucas 14, 25 es mucho más radical que el castellano: “sun-epomai” significa, además de “acompañar”, “seguir paso a paso, comprender, dejarse convencer, estar de acuerdo o en armonía con, obedecer”. El compromiso que denota este término es firme.
[2] No hay que olvidar que todos los amigos íntimos de Jesús, excepto Juan (y, aun así, murió exiliado en la isla de Patmos), murieron, según la tradición cristiana primitiva, asesinados.

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