jueves, 11 de julio de 2013



QUEREMOS SER IGLESIA



¿A qué nos sentimos llamados/as dentro de la Iglesia?
                A amar siguiendo el ejemplo de Jesús de Nazaret, a hablar con una vida que sea cada vez más fiel a las Bienaventuranzas.
                A estar al lado de los pobres y de las víctimas y a luchar contra las estructuras que perpetúan la exclusión y la injusticia.
                A construir el Reino de Dios en nuestra sociedad y en el tiempo en que vivimos, con vocación universal, en aquello en lo que podamos dar lo mejor de nosotros mismos.
                A proponer sistemas y estructuras alternativas a las actuales, que permitan construir un mundo más fraterno y más justo.
                A dar, con alegría y esperanza, testimonio de que la opción por el modelo de vida de Jesús vale la pena.
                A formarnos y cultivarnos para servir mejor y con más coherencia, para poder dar argumentos de nuestra fe y de lo que conlleva.
                A dialogar, escuchar y confrontar a la sociedad y a la Iglesia con las formas de actuar del Evangelio.

¿Qué modelo de Iglesia deseamos?
                Una Iglesia que como institución hable más con el ejemplo de una forma de vivir evangélica, que tenga en cuenta la pluralidad de la sociedad, que condene menos y que crea más en los hombres y las mujeres, y que respete su autonomía.
         Una Iglesia más preocupada por la transformación de los corazones de los seres humanos y por el servicio que por imponer su moral y mantener la fachada del templo.
  Una Iglesia más ocupada en potenciar la espiritualidad, en desvelar y acompañar corazones y menos preocupada por la liturgia.
 Una Iglesia más humilde, que no crea ser la única poseedora de la verdad ni tener la exclusividad para la construcción del Reino de Dios.
    Una Iglesia más prudente y profética frente al poder, tanto en lo que se refiere a las relaciones con los poderes establecidos como en lo que se refiere a sus propias aspiraciones de poder.
 Una Iglesia viva, en continuo proceso de conversión y resurrección, más inculturada en el mundo en que vivimos porque ésta es la arcilla que tenemos para construir el Reino.
  Una Iglesia abierta al protagonismo real de las mujeres, por convicción y no por necesidad, donde hombres y mujeres sean reconocidos y valorados en igualdad y su voz reciba la misma consideración en los órganos de servicio y en los de dirección de las instituciones.
 Una Iglesia donde laicos y religiosos participen del sacerdocio universal en un plano de igualdad, siguiendo la línea marcada por el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, n. 10).
  Una Iglesia con una forma de funcionar más democrática, con estructuras de responsabilidad y decisión en las cuales todos estemos representados, priorizando la participación de las comunidades de base en la elección de obispos.
  Una iglesia que no persiga con saña a sus hijos cuando los considera infieles o desviados sino que los acoja con amor y respete en todo caso su dignidad de hijos de Dios.

¿A qué estamos dispuestos/as?
  A dedicar el tiempo y el esfuerzo necesario para hacer posible todo esto.
  A asumir responsabilidades de servicio, de denuncia y de reflexión.
    A servir desde el corazón y con el corazón.
 A compartir nuestra fe y acompañar los caminos de fe de otros hermanos.
  A contribuir a la independencia de la Iglesia del poder del estado.
   A manifestar nuestra pertenencia a la Iglesia en comunión con los que creen en Jesús con fe genuina y nuestro deseo de permanecer en ella con actitud activa y crítica.

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