lunes, 22 de julio de 2013

¿Qué es el Reino de Dios?

El reino de Dios - por René Padilla

La expresión “reino de Dios” (o su equivalente “reino de los cielos” en Mateo) aparece más de cien veces en los Evangelios, frecuentemente en boca de Jesús. Aunque no se encuentra en el Antiguo Testamento, para entenderla debidamente es necesario interpretarla a la luz de la esperanza mesiánica judía derivada del AT.
 
Muchos estudiosos concuerdan en que la promesa de Dios a David por medio del profeta Natán en 2 Samuel 7:12-16 está en la base de esa esperanza. La promesa es que Dios ejercerá su gobierno de Israel por medio de un rey sucesor de David. Por su pacto davídico, Dios bendecirá a David y a su descendencia incondicionalmente con un reino político terrenal que durará para siempre. Tal promesa fue interpretada por los judíos como una promesa que se cumpliría escatológicamente, es decir, en el futuro.
 
A la luz de esta esperanza, no es difícil imaginar el desaliento de los israelitas cuando son derrotados y exiliados por reyes paganos. Entonces se preguntan si Dios los ha olvidado.  Los profetas responden que la derrota es consecuencia de la idolatría y la injusticia por parte de la monarquía. Dan por sentado que el objetivo del poder político, económico o militar de los reyes no es buscar su propio bienestar sino hacer justicia: asegurar que cada persona, familia, clan o tribu reciba la proporción correcta de poder y bienes. Cuando no cumplen su deber, tanto los gobernantes como el pueblo sufren las consecuencias.
 
Una elocuente ilustración del juicio de Dios que espera a los monarcas que dejan de lado la justicia es el juicio que Jeremías anuncia contra reyes malvados en el capítulo 22 de su libro. Vez tras vez, sin embargo, la palabra de juicio viene acompañada por la promesa de restauración, expresada frecuentemente en términos que apuntan al pacto de Dios con su pueblo. Así sucede, por ejemplo, en Jeremías 23:5-6, en que al anuncio del castigo a los reyes le sigue una palabra de esperanza que tiene como foco el advenimiento de un descendiente de David que “reinará con sabiduría en el país, y practicará el derecho y la justicia”.
 
Varios pasajes del AT reflejan la misma esperanza, a veces vinculada al Sirvo sufriente del Señor (p. ej. Is 42:1-4 y 61:1-3). Aparte de las figuras del rey descendiente de David y el Siervo sufriente del Señor, para comprender las expectativas mesiánicas que estaban en boga en tiempos de Jesús hay que tomar en cuenta también la figura descrita por el profeta Daniel como “un hijo de hombre” que “venía entre las nubes del cielo”, a quien “se le dio autoridad, poder y majestad”, de modo que “¡Todos los pueblos, naciones y lenguas le adoraron! ¡Su dominio es un dominio eterno, que no pasará, y su reino jamás será destruido” (Dn 7:13-14). Esta visión del “Hijo del Hombre” jugó un papel importante en la literatura apocalíptica del siglo I a. C. y el siglo I d. C., en la que esta figura era identificada con el Mesías por medio del cual Dios establecería su reinado de paz y justicia.
 
Aunque en muchos pasajes se interpreta la muerte de Jesús teológicamente (p. ej. 1Co 15:3), no debemos dar por sentado que esta interpretación no guarda relación con su carrera pública. En efecto, los Evangelios proveen evidencia histórica de que Jesús no fue crucificado  por promover una nueva religión sino porque proclamó el advenimiento del Reino de Dios en su propia persona y obra, y mucha gente, especialmente en Galilea, estaba respondiendo positivamente a su mensaje. Como resultado, a su alrededor estaba creciendo un movimiento popular, y los líderes de Israel sentían que su posición frente al Imperio Romano estaba en peligro. A esto apunta Juan 11:45-53, que describe cómo los jefes de los sacerdotes y los fariseos, reunidos en el Consejo, “convinieron en quitarle la vida” (v. 53).
 
El meollo del complot era la acusación que Jesús era un subversivo político, que se oponía al pago de impuestos al César y pretendía ser rey (Lc 23:2). A esta acusación apuntan el título sobre la cruz —“JESUS DE NAZARET, REY DE LOS JUIDIOS”, en arameo, latín y griego— y la burla de los soldados poniéndole un manto de color púrpura y una corona de espinas y simulando homenajearlo como a un rey (Mr 15:16-20). El objetivo de las autoridades judías era conseguir que el gobernador Pilato lo condenara por pretender ser rey y subvertir el orden. La subversión que Jesús representaba, sin embargo, no era lo que los romanos y los judíos (incluso sus discípulos influenciados por las expectativas mesiánicas de su tiempo) podían imaginar. Al comienzo mismo de su ministerio había anunciado: “Se ha cumplido el tiempo. El reino de Dios está cerca. ¡Arrepiéntanse y crean las buenas nuevas” (Mr 1:15), pero cuando hacia el final de su misterio Pilato le preguntó si era el rey de los judíos,  respondió: “Mi reino no es de este mundo. Si lo fuera, mis propios guardias pelearían para impedir que los judíos me arrestaran. Pero mi reino no es de este mundo” (Jn 18:36).
 
¿Qué quiso Jesús decir al afirmar que su reino no era “de este mundo”? Quiso decir que el reino que él vino a establecer no era el reino nacional de las expectativas judías que dependería de la fuerza de las armas. Pero tampoco era un reino meramente espiritual o meramente futuro. Más bien, era un reino que estaba haciéndose presente en la historia, aunque aun no plenamente, en su propia persona y obra, por medio de las cuales Dios estaba manifestando su poder en acción. A esa presencia del Reino de Dios hace referencia su respuesta a la pregunta que le hace un fariseo sobre cuándo vendrá el Reino: “La venida del reino de Dios no se puede someter a cálculos. No van a decir: ‘¡Miren acá! ¡Miren allá! Dense cuenta de que el reino de Dios está entre ustedes” (Lc 17:20b-21). Su anuncio del Reino era el anuncio de que, encarnado en su propia persona, habían ingresado en la historia humana el rey de los judíos —el descendiente de David por medio del cual la gloria de Israel sería restaurada— y el Hijo del Hombre, pero no para establecer un reino terrenal judío mediante la coerción sino para  cumplir el propósito de Dios expresado en la figura del Siervo sufriente del Señor que establece un reinado de justicia y paz por la vía del sacrificio inspirado por el amor. ¡Y esa es la política del Reino de Dios a la cual somos convocados sus seguidores!  CRP 

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