miércoles, 17 de julio de 2013

Lo que Jesús no podía decir

Alfonso Ranchal

Dejando de lado tonterías y sandeces como la teología de la prosperidad o la guerra espiritual territorial, la visión que nos dan de Jesús los evangelios, en ocasiones corta la respiración.
Más allá de majaderías milagreras de determinados movimientos evangélicos, Jesús aparece con frecuencia enormemente cargado por la realidad que le rodeaba. Con esto no estoy diciendo que su figura se presente en las Escrituras como deprimida y deprimente, sino sencillamente que el Hijo del Hombre fue tan hombre que todo lo humano le calaba hasta los huesos.
Por ello, aún cuando realizaba milagros, sanaba enfermos o multiplicaba la comida, el sufrimiento, el dolor y la angustia de cada persona con la que entraba en contacto eran absorbidos por el Galileo de tal forma que sus hombros tenían que soportar una creciente presión moral, espiritual y psicológica.
Las escenas de gran tensión se suceden en los relatos evangélicos. Así, tan pronto lo encontramos expulsando a los comerciantes del templo como llorando ante la muerte de su amigo Lázaro, sin olvidar, por supuesto, su profunda tristeza en Getsemaní. Unidas a todas estas escenas encontramos otras en donde el Maestro habla de Buenas Nuevas, de las Buenas Noticias de Dios para toda persona. Hablaba de esperanza, de un consuelo futuro para los que lloran, de una existencia de paz para los pacíficos, de una vida rebosante para los sedientos. Por ello, en este delicado equilibrio entre la irrupción del Reino, del ya pero todavía no, me doy cuenta de que el Galileo escondía algo que no podía mostrar, que no podía revelar, pero que fue uno de los grandes contrapesos para que su psicología humana no se quebrara, para que pudiera ir hasta el final aceptando acabar clavado en una cruz.
No es que no quisiera dar a conocer esto de forma personal que, como digo, sin duda fue esencial para sostenerlo en sus momentos más bajos. Es que no podía; y no podía por su extrema sensibilidad, por su compasión hacia la situación terrible de las personas.
Al Nazareno jamás lo escuchamos diciéndole a un doliente algo tan condenable como “ten esperanza, Dios todo lo puede” y acto seguido darle una palmadita en la espalda. Este tipo de actuación, de palabras tan huecas y mal pensadas nunca pasaron por la garganta del Maestro.
Con cuánta frecuencia, en claro contraste, escuchamos palabras tan simplonas y peligrosas como que todo lo que le ocurre al creyente tiene un propósito, o que siempre hay algo bueno en cualquier situación, o que si estamos en el lado de Dios nadie nos puede quitar el gozo.
El Galileo se cruzó con padres que habían perdido hijos, con endemoniados, con paralíticos, con míseros pobres, con enfermos, con despreciados y con toda clase de situaciones extremas, y jamás salieron de sus labios las palabras antes escritas.
Sin embargo ésas son palabras, frases hechas, que han pasado a formar parte tanto de creyentes como de responsables de iglesia y que han convertido a todos ellos, cuando las usan, en falsos consoladores.
Jesús sí que consolaba, pero lo hacía desde la vulnerabilidad, desde el dejarse traspasar por el dolor ajeno haciéndolo propio. Y desde esa situación comprendió tan profundamente al prójimo. Ya no eran sus propias presiones, a todos los niveles, las únicas que tenía que sobrellevar, sino también la de los otros.
Por eso, siempre tuvo las palabras correctas, la actitud correcta, las formas correctas. Dicho de otra manera, siempre tuvo las palabras que sanaban, la actitud que sanaba y las formas que sanaban.
La persona que se acercaba el Maestro se sabía comprendida, daba igual quién estuviera frente a él, el principal de una sinagoga o una prostituta. El hombre o mujer que lo buscaba llegaba a sentirse único, amado.
Pero, como decía en la primera parte de este escrito, guardaba algo que no podía decir en el tú a tú, que le era imposible explicar en detalle, compartir con estas personas. A este algo se lo conoce como Alegría.
No se trataba de alegría por la situación penosa de tal o cual persona, tampoco por la suya propia por tener que colgar sobre un madero por el mal del ser humano. Se trataba de la alegría de saber que todo aquello era temporal, que se trataba de un corto espacio de tiempo en la eternidad de Dios, si así se me permite decir.
Su profundo respeto por la situación ajena, por el dolor del otro le hacía estar al lado de, pero no se atrevía a decir un “paciencia, ya verás como en la otra vida ya no sufridas”.
Cuando alguien tiene el corazón roto, hablarle de paciencia y de fe es lo mismo que escupirle a la cara. Jesús sabía llorar con el que llora. Sin embargo conocía que esto era así, que en la casa de su Padre el llanto era algo desconocido. Sabía que aquel grupo de leprosos que veía a la distancia, que vivían en la pobreza y la desesperación, era sólo una realidad del corto prólogo de una historia de alegría eterna.
Junto a sus lágrimas estaba este secreto de profunda alegría, que experimentaba desde su interior en un baile de emociones enfrentadas y que llenaban su alma. Sí, su mensaje ya hablaba de esto, del consuelo, del gozo, de la paz, pero sabía dónde y cuándo darlo.
El Galileo experimentaba este gozo en medio de un mundo devastado por una guerra moral, espiritual. Lo experimentaba porque no tenía duda de que la última palabra la tenía Dios, su Padre, y esta no era otra que alegría, la alegría brotando del pecho de sus hijos por toda la eternidad.
La historia de Jesús es la historia de Dios llorando con el ser humano, pero también la promesa de que la próxima vez se tratará de la historia de Dios riendo con ellos.
Felices los que están tristes, porque Dios mismo los consolará.
Felices los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos.
Felices los que trabajan a favor de la paz, porque Dios los llamará hijos suyos.
Jesús.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Bienvenido! Tus comentarios y reacciones son bien recibidos