viernes, 5 de julio de 2013

El discreto encanto de las sectas

"Lo mejor de la religión, es que crea heterodoxos" (Ernst Bloch)

Víctor Rey




Las sectas no son un fenómeno propio de nuestro tiempo. Más bien, han constituido una realidad social cuyos orígenes más remotos se pierden en las primeras manifestaciones de la vida colectiva.
Desde el momento -ya lejano- en que el hombre se dio cuenta de su naturaleza grupal -ese instintivo rechazo de la mayoría a la soledad- fueron naciendo las más variadas formas de asociación humana.
La antropología enseña que la organización social tiende a la formación de núcleos centrales, o principales, de comunidad, pero éstos, a su vez, generan subcomunidades que se independizan de la fuente-madre y se estructuran aunque sea como oposición poco agresiva.  Pero, siempre se mantiene la idea central, separarse, sopretexto de que la comunidad principal no está cumpliendo con sus objetivos fundamentales.
Una supuesta pureza o una supuesta fidelidad a un ideal doctrinario no cumplido por la mayoría de los integrantes de una estructura societaria son, casi siempre, los móviles que empujan a la reparación.
La minoría se siente reforzada con respecto a la concepción de la mayoría, y en nombre de esa fuerza se decide la ruptura, o bien se opta por la dialéctica fidelidad de los pocos en contra de la traición de los muchos.
Cuando una secta nace sin aparente ánimo de ruptura con lo socialmente establecido, en el fondo la aparición se manifiesta por una vía indirecta, ya que la creación de la secta es el resultado de alguna insuficiencia colectiva.
En algunos casos, la dinámica de la secta es tan fuerte que, a través del paso del tiempo, llega a convertirse en una gama social amplia y de carácter general, abandonando así su condición de minoría selecta y autoelegida. Al principio, la rebelión de Lutero respondía a las características de una secta. Después, el subsistema religioso que creó se transformó en una comunidad principal, azotada también por los vientos de la fragmentación.
Históricamente, las sectas han sido clasificadas en tres categorías:
  1. Las que tienden a la “purificación” de sus seguidores
  2. Las que buscan imponer una ética de sumisión
  3. Las que persiguen una superación de lo humano para reintegrarse en una edad de oro mítica en la cual las facultades humanas están plenamente desarrolladas.[1]
Todas, en cualquier caso, desde el neolítico tienen que ver con cultos secretos a las distintas realidades de la naturaleza, con el suicidio colectivo como el de los seguidores de Jim Jones, y con las infinitas gamas del arcoíris de ritos de iniciación. Las sectas y sociedades ocultas tienen, además de una fundamentación sociológica, una base de explicación psicológica en la cual se confunden mecanismos de comportamiento perfectamente identificables por la medicina, con reacciones mentales de oscura procedencia aún no detectadas por la psiquiatría post-freudiana.
Por eso, la aproximación al fenómeno de las sectas es todavía una tarea llena de incógnitas, plagada de sorpresas y, en la medida en que algunos de sus sectores -tal vez los más importantes- permanecen enterrados en el misterio, las conclusiones que se puedan obtener serán siempre frágiles, insuficientes.  Este mismo hecho permite, por otra parte, distinguir a las sectas “auténticas” de las nuevas fabricaciones montadas fundamentalmente por razones comerciales.
En tiempos de inestabilidad y confusión como los que vivimos, las sectas encuentran un campo propicio para florecer. Pocas son auténticas sectas.  La mayoría se nutren de respetables necesidades espirituales y las exploran.
Los países altamente industrializados, aquellos que ya han entrado en la era post-industrial, generan una serie de neurosis y aflicciones personales. La soledad de la gran urbe, la satisfacción plena de todos los requerimientos materiales, el margen de tiempo de ocio y la variedad de los ritos sociales son todos causas que desatan un desordenado deseo de sentirse partícipes de una empresa que sea capaz de superar las mezquindades del medio.
Ser partícipe, integrarse, comprender algo más que la mera realidad transmitida por los sistemas masivos de comunicación, rebelarse en contra de lo establecido, explorar todas las posibilidades de los sentidos (el cuerpo, medio útil para acercarse a la divinidad, a cualquier divinidad) y buscar la fuerza de los supuestamente “elegidos”, son todos impulsos que llegan hasta las puertas de sectas de distinta índole.  Ellas ofrecen mitigar el dolor, liberarse de la culpa y respirar la libertad.  Todo eso -la superioridad, en una palabra- a cambio de la sumisión a una liturgia estricta y a una esclavitud liberadora que abarca al participante o miembro en todas las facetas de la vida.
Por ello, en toda secta, auténtica o no, hay envuelto un principio religioso, una posibilidad de tocar a la divinidad con la punta de los dedos. Por eso, el fenómeno preocupa a los líderes de las grandes religiones, a los educadores, a los sociólogos y a los médicos. Algo falla en la sociedad contemporánea. Algún mecanismo de integración no cuaja con las demandas de sectores importantes de la sociedad, algunos puentes se han cortado.  Porque, si bien sectas y sociedades ocultas han acompañado a los hombres en su camino histórico, nunca como hoy se había registrado una eclosión tan vidente de estos sustitutos de la soledad humana.
Las crisis son grandes productoras de sectas. En el siglo pasado, dos guerras mundiales y sucesivos dramas políticos y bélicos regionales han alimentado la inseguridad.  De esta inseguridad se han valido los hombres formadores de sectas para llevar las aguas a sus molinos. Y estas aguas se han incrementado en torrentes formidables alimentadas por el fanatismo; son respuestas seguras a la inestabilidad del ambiente.  Hoy, en pleno siglo XXI, las sectas se han transformado en un desafío, junto a los fundamentalismos e integrismos ofrecen una oferta variada para los que buscan certezas en lo religioso, lo político, lo social, lo económico y lo cultural.
El fanatismo, el envenenamiento del alma, el mal en su expresión máxima -aquella que no permite salvarse por medio de la vida, sino por la muerte – la enajenación colectiva y la falta absoluta de escrúpulos son los elementos más amados por algunas sectas.
Algunas conclusiones que podemos compartir son:
  1. El fenómeno sectario no abarcó sólo el campo de lo religioso, sino que es un desafío al conjunto de la sociedad.
  2. En su expresión concreta, las sectas se ofrecen como un rechazo frontal a la sociedad y, especialmente, a lo que esta considera como establecido. Sólo se puede afirmar negando lo existente. De ahí que no pueda reemplazar lo existente, ya que no se afirma en lo propio sino en lo que niega.
  3. Lo sectario se ofrece como negación de lo establecido puesto que lo percibe como constante de su necesidad de aparecimiento. Hay aquí una crítica a una sociedad que no conoce la autocrítica. La oposición de lo sectario es una forma de construirse para seguir su proceso histórico. En este sentido, la oposición de lo sectario es una manifestación concreta de una sociedad que está enferma. De aquí que la persecución y la pretendida intención de eliminar lo sectario por la fuerza no resuelva el problema de fondo, el no querer responsabilizarnos de nosotros mismo, poner nuestras dudas y temores sobre el tapete, e intentar una nueva manera de definir lo normativo que no es común,  redefiniendo una vez más el campo de lo sagrado y lo profano para reestablecer el equilibrio social.
Valga, para el estudio de lo sectario, aquello que dijo hace mucho tiempo el apóstol Pablo: “examinadlo todo, retened lo bueno”.

[1] En el ensayo “HISTORIA UNIVERSAL DE LAS SECTAS Y SOCIEDADES SECRETAS”, de Jean-Charles Pichón.  Editorial Bruguera, 2 tomos, Barcelona 1973.

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