miércoles, 26 de junio de 2013

Un filósofo de la vida

      
"Un día el siglo devendrá deleuziano ", profetizó Michel Foucault. Quizá un modo de expresar que, para las almas alertas y que no se dejan encantar por las sirenas del fin del mundo, el cinismo, o la perversión nihilista que periódicamente intentan destruir las adquisiciones del pensamiento, habrá que volver una y otra vez a su obra, a las múltiples oberturas que contienen sus libros como partituras musicales de la experiencia. Y leer y volver a leer a este filósofo con el fin de reanudar la crítica, reinventar la creación, descubrir nuevas formas de decir lo que significa contar una historia de amor a través de una idea.
En su último libro El exhausto, en el que rinde un homenaje a Beckett (a lo largo de su vida y en su trabajo Deleuze siempre se sintió más próximo a los artistas que a los filósofos) refiriéndose a una finalidaddice: "La música de Beethoven es inseparable de una conversión al silencio, de una tendencia a la abolición en los vacíos que ella conecta, a los devenires que ella implica". Vivir, vino a decirnos, es elevar la persona al estado indefinido de una singularidad y el arte a la potencia de lo impersonal. Allí, por ejemplo, donde la pura posibilidad de la sonrisa está en los ojos antes de mirar y de juzgar cualquier cosa.
Gilles Deleuze ha inventado una filosofía de la práctica, avanzando la inmanencia contra la trascendencia, la singularidad de lo imperceptible contra la fenomenología de los hechos, la intensidad de la emoción contra la interpretación de los signos aparentes de toda representación.
Tuvo la audacia de unir la sabiduría ética de Spinoza o la buena distancia entre los afectos y las cosas y el furor estimulante de Nietzsche, ese carácter intempestivo y espontáneo de querer ir siempre más lejos en el ser cuando dice sí.
Filósofo del devenir, de lo imprevisible, de la sensación asociada a una práctica efectivamente útil para transformarIos sentimientos tristes en alegres y los alegres en posibles. Filósofo deliberadamente minoritario (siempre detestó los debates públicos, las discusiones, las confesiones notorias de los intelectuales arrepentidos), púdico sin ser estoico, afable siendo discreto, enamorado de la amistad, de la literatura anglosajona, de la pintura, de una topología de los espacios imbricados a través de conexiones heterogéneas, del carácter irreductible del logos a cualquier técnica de la comunicación lingüística, investigador de una velocidadfolle (enloquecida) que anticipa la máxima quietud en la reflexión.
La verdad para él sólo tenía sentido en el tiempo y sobre el tiempo si "su búsqueda es la aventura propia de lo involuntario. El pensamiento no es nada sin algo que fuerce a pensar, sin algo que lo violente. Mucho más importante que el pensamiento es 'lo que da a pensar'; mucho más importante que el filósofo, el poeta", dice Deleuze en Proust y los signos.
Ni preceptor moral de una existencia míticamente libre (Sartre), ni historiador de la virtud en los procedimientos epistemológicos y a menudo escolásticos de las ciencias humanas (Foucault), ni metafísico de una ausencia inconsolable (Lacan), Deleuze quería, como el pintor o el músico pero sirviéndose de los conceptos, crear nuevas maneras de percibir, y en realidad, crearlas. En suma, la historia está por venir. Debemos inventarla.
Deleuze nunca pensó que lo mejor que hay en los acontecimientos surgiera a partir de las escuelas o de las teorías. Nunca se cansó de repetirlo: la filosofía es estilo, el arte es estilo, y el estilo es impersonal, la verdad de un cuerpo sin órganos que, sin embargo, va hasta el final del poder de lo que desea. A Deleuze no le gustaba hablar. En La literatura y la vida dice: "¿La vergüenza de ser un hombre no es el mejor motivo para escribir?".

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Bienvenido! Tus comentarios y reacciones son bien recibidos