lunes, 24 de junio de 2013

Sabato: Una despedida sencilla en Santos Lugares


por Florio, Lucio · 
ernesto_sabatoEl adiós de un teólogo a un escritor crispado, detrás del cual se escondía un hombre sensible y atento al dolor de los demás.Caía la tarde del sábado 30 de abril y se iba acercando gente al club “Defensores de Santos Lugares”, frente a la casa de Ernesto Sabato. Algunos políticos y personajes conocidos, llegados temprano, no podían abusar del escenario para promover sus figuras: la casa austera, los mensajes de grandes y chicos enganchados entre sus rejas (casi todos lo llamaban “Maestro”), el club típico de barrio, la gente simple que, en silencio, se acercaba al velorio y, sobre todo, la serena imagen del escritor en su ataúd, imponían discreción. Yo pensaba: “la gente no aplaude”. Sólo pasaba en silencio y continuaba su camino. Probablemente no todos los que se acercaban hayan leído sus novelas ni sus ensayos. Sin embargo, lo despedían familiar y respetuosamente, como si hubiese sido el maestro querido de la escuela primaria.
Al regreso, comencé a hilvanar algunos recuerdos del escritor. Por supuesto, venía a mi mente la primera lectura de Sobre héroes y tumbas. En especial, me acordaba vívidamente de aquellos fragmentos de “Informe sobre ciegos” que después de su edición impresa fueron articulados y musicalizados en el olvidado género del romance. El “Romance de la muerte de Juan Lavalle” quedó hondamente registrado en mi memoria afectiva, después de haberlo escuchado innumerables veces en un disco de mi padre y luego en vivo, junto al gran guitarrista Eduardo Falú. ¿Cómo olvidar aquella “lenta retirada” del general y sus seguidores hacia el norte? Sobre todo, ¿cómo no volver a estremecerme con la decisión de descarnarlo, ya muerto por las fuerzas de Uribe, y meter su corazón en un tachito, para llevarlo lejos del escarnio y la deshonra?
Estimo que no ha habido ningún relato que haya descripto mejor que esos fragmentos lo que significó ser patriota en los tiempos en que nacían las Provincias Unidas del Sud.
Obviamente, también conservaba en mi memoria sus ensayos, especialmente El escritor y sus fantasmas Uno y el universo. Creo que, a pesar de todo lo que posteriormente he tenido que leer por mis estudios, nada me ha impactado más acerca de la cultura contemporánea que sus descripciones sobre la sociedad tecnificada, tal vez por provenir de un doctor en Física devenido en crítico de los excesos positivistas y tecnócratas.
Sin embargo, lo que más nítidamente recordaba al regresar de Santos Lugares era algo que había conmocionado mi conciencia juvenil. Finalizaba el año 1984. Yo era seminarista, estudiante de los primeros años de Teología. En el verano, había aprovechado para leer el ensayo: La cultura en la encrucijada nacional, una serie de reflexiones sobre diversos temas de la idiosincrasia argentina, sin una unidad precisa, pero lleno de sugerencias. Se me ocurrió escribirle. Sabato acababa de culminar su tarea en la CONADEP. Poco tiempo después, recibí en mi casa de La Plata una carta suya, respondiendo a mis elementales planteos. No conservo mi escrito, pero sí recuerdo que giraba básicamente sobre cuestiones acerca de la identidad nacional. En una carta escrita con su vieja Olivetti, con algunas letras salteadas, Sabato me decía con un tono muy amable que agradecía mi escrito. Afirmaba que recordaba cómo el positivismo argentino había sido combatido ya
por figuras como Pedro Henríquez Ureña, profesor suyo en el colegio Nacional de La Plata, y que prefería reservar la palabra “identidad” para el mundo de las ciencias exactas: el ámbito de la historia, señalaba, está marcado por la ambigüedad, donde las cosas no suelen ser tan puras. Por otra parte, me indicaba que su pensamiento más profundo estaba en sus ficciones, puesto que son ellas, junto con los símbolos y los mitos, las que más hondamente calan en la historia humana. El hecho de que Sabato se hubiera tomado la molestia de contestar a un “querido y remoto muchacho”–tal como intitula una maravillosa carta suya–, pocos meses después del informeNunca más que lo había transportado hacia una vida de extrema intensidad pública, no pudo sino dejar en mí una impresión indeleble.
Alguna vez intenté sintetizar el pensamiento de Ernesto Sabato –algo que sus especialistas han hecho con mayor pertinencia que yo–. Lo hice desde el concepto de “soteriología”, es decir, desde la idea de la salvación2. No soy muy original si señalo que Sabato estuvo siempre obsesionado, angustiosamente, por la muerte y por lo absoluto de la vida. Pretendí esquematizar su búsqueda en diversas etapas. En primer lugar, una soteriología científica, considerando que la ciencia era la panacea salvífica del hombre. Ernesto Sabato se doctoró en Física e hizo un posgrado en el Laboratorio Curie de París, lo más desarrollado de su tiempo. Regresó a la Argentina y abandonó la ciencia, desilusionado por sus logros y, sobre todo, por sus efectos deshumanizadores.
Hubo también una etapa de soteriología política, en la que consideraba que el marxismo era la solución a las grandes inequidades de la vida. Un período de estadía forzada en la Unión Soviética lo desencantó del proyecto comunista. Quizás su más vasto período fue el estético, buscando en la belleza la plenitud de lo humano. Naturalmente, no era cualquier belleza la que buscaba: era aquella presente en la dimensión trágica de la existencia, una belleza dramática. Sus novelas son expresión de este camino estético. También lo son sus pinturas, especialmente las de sus últimos años. Su paso por la CONADEP ha de ser interpretado como un período de soteriología social o, más precisamente, republicana: el tener que haber investigado los tremendos episodios de la década de los años ’70 lo postuló, quizás de una manera no imaginada por él, como una conciencia lúcida de la salida democrática como camino de solución política para la Argentina.
Sabato, según consta en el prólogo original del Nunca más –y no en su versión ilegítimamente modificada años atrás– sostenía la existencia de un terror proveniente tanto de fuerzas de izquierda como derecha, aunque el Informe claramente subrayaba la enorme gravedad de las cruentas metodologías originadas en el aparato estatal. En todo caso, el escritor señalaba un camino de verdad histórica, de restitución jurídica y de restauración democrática.¿Ha habido también un período de soteriología religiosa? Es difícil afirmarlo. Dejo a sus biógrafos más calificados y a sus amigos cercanos que nos ofrezcan una palabra sobre ello. Yo sólo me atrevo a formular un par de comentarios al respecto.
El primero es que sus reflexiones acerca de la esperanza permiten sospechar una cierta confianza en un quien dador de sentido. Sabato decía que si Sartre había dado entidad a la nada en virtud de la experiencia de la angustia, habría que dar también entidad a la existencia de un algo o alguien que justificara la esperanza de hombres y mujeres en un mundo tan siniestro y desdichado. Si hay una mujer como aquella de la foto que le impactó que, después del terremoto devastador de Concepción, en Chile, barre el patio de su casa demolida por el sismo, afirmando así el futuro y el sentido, entonces algo ha de haber que lo sustente. En segundo lugar, se puede detectar en su último perído, particularmente en La Resistencia, un cierto acercamiento hacia el fenómeno religioso a través de una  valoración de la sabiduría de los pueblos. La descripción que allí realiza de la fiesta del Señor y la Virgen del Milagro de Salta, por ejemplo, apunta en esa dirección. Asimismo, sus crecientes referencias a la fe como aquello que comienza cuando termina la razón, en la línea de Kierkegaard, indican también su permanente insatisfacción por la visión racionalista y la necesidad de la fe que, probablemente, haya tenido en él más la fuerza del deseo de creer que la de la serenidad de la contemplación.
No quiero traicionar el pensamiento de Sabato, quien siempre tuvo dificultades para creer.
Pero sí me animo a manifestar algunos aspecto de Dios cuyo reflejo he intuido en sus escritos y en sus posiciones. Un Dios justo, que se irritaba por la opresión de los débiles de este mundo. Un Dios humanizado, que comprendía la materia de la que estamos hechos. Un Dios del sentido afirmado en el aparente absurdo y, por ello mismo, un Dios de la esperanza de los desesperanzados. Un Dios bello, que era capaz de aparecer veladamente en la trama trágica de algunas figuras humanas, como la de Juan Lavalle y sus pocos seguidores en su retirada hacia el norte. Pero, también, un Dios verdadero, al que buscó en la física y en las matemáticas, en la filosofía, en la pintura y en la literatura, en el pensamiento de los hombres y mujeres profundos. Y, sobre todo, un Dios misericordioso, que busca tiernamente al hombre más allá de sus debilidades.
Retomo la fresca memoria del paso por el sencillo club de Santos Lugares. Vuelvo a imaginar ese numeroso tránsito de anónimos vecinos, jóvenes, matrimonios que iban a ver por última vez a Ernesto Sabato. La sencillez del ambiente daba espacio a aplicar a su figura lo que él señalaba de los escritores: “Un buen escritor expresa cosas grandes con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con grandes palabras”3

1. Carta a un remoto y querido muchacho es el título de una carta integrada en su novela Abbadón, el Exterminador, publicada después independientemente por editorial Losada (Buenos Aires, 1990).
2. “Las metamorfosis salvíficas de Ernesto Sabato. Concepciones soteriológicas en su vida y pensamiento”, Studium,2003 V6 (11) p. 121-134.).
3. El escritor y sus fantasmas, Losada, Bs. As. 1970, p. 728.

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