sábado, 1 de junio de 2013

Religión y política



La religión y la política siempre han estado juntas, y a menudo revueltas. Con la Revolución Francesa, que no en vano marca el comienzo de la Edad Contemporánea, la política intentó separarse de la religión; pero era un matrimonio milenario (y, además, de conveniencia, que son los más estables), y el divorcio nunca llegó a consumarse.
En estos tiempos de crisis de la pareja tradicional, el contubernio Iglesia-Estado adopta formas más variadas y versátiles; pero, como la pareja tradicional, sigue siendo la fórmula dominante. Incluso en los Estados supuestamente laicos, la religión continúa desempeñando un papel político fundamental.
Históricamente, la Iglesia (me refiero sobre todo a la católica) ha sido una poderosísima fuerza conservadora, la mejor aliada del poder político en el mantenimiento del orden establecido. Pero en las últimas décadas se ha producido, sobre todo en América Latina, un fenómeno paradójico, a la vez esperanzador e inquietante: la progresiva izquierdización de un sector de la Iglesia.
No es paradójico, sino todo lo contrario, que un cristiano sea de izquierdas. El manido tópico de que Jesús fue “el primer comunista” puede que sea una exageración, pero no carece de fundamento. Jesús predicó la igualdad y la fraternidad entre todos los hombres (y las mujeres: para ser hebreo era muy poco misógino), e identificó expresamente a los ricos con los malos. No logró sustraerse del todo a la criminalización del sexo propia de su cultura hiperpatriarcal, pero incluso en este sentido dio algunos pasos importantes (que sus sucesores se apresuraron a desandar). Además, hay muchas formas de ser y de sentirse cristiano (incluso Fidel Castro se ha declarado “cristiano en lo social”), y algunas de esas formas son perfectamente compatibles con el marxismo o cualquier otra filosofía revolucionaria.
Pero solo hay una forma de ser católico. Hay tantas actitudes personales como individuos, por supuesto; pero ser católico implica, por definición, acatar la doctrina y los mandamientos de la Iglesia Católica Apostólica Romana (ICAR), así como la autoridad del papa y de la jerarquía eclesiástica. Un verdadero católico (muchos son herejes sin saberlo) no puede aceptar la homosexualidad, ni el sexo fuera del matrimonio (y ni siquiera dentro del matrimonio puede alejarse demasiado de la rutina procreativa), ni los anticonceptivos, ni el aborto. Para un verdadero católico, el hombre es malo por naturaleza y viene al mundo con el estigma del “pecado original”. Para un verdadero católico, es dogma de fe que hay un infierno en el que los pecadores irredentos sufrirán un castigo eterno (¿cómo se puede pensar que un Dios justo y misericordioso sea capaz de infligir un suplicio infinito a seres de responsabilidad limitada?). Un verdadero católico tiene que creer que individuos como Ratzinger, Wojtila o Pacelli (para limitarnos a las últimas décadas) fueron designados por el mismísimo Espíritu Santo como infalibles vicarios de Cristo en la Tierra... (Tengo que admitir, sin embargo, que algunas de las mejores personas que conozco son frailes o sacerdotes, y recientemente he visto a algunas monjas defender los derechos de las prostitutas con más comprensión y respeto que muchas supuestas feministas. Pero esos frailes, sacerdotes y monjas son, desde el punto de vista de la estricta ortodoxia, claramente anatematizables, y su permanencia en el seno de la Iglesia es poco menos que clandestina.)
En este contexto, un dirigente como Hugo Chávez, que declara abiertamente su religiosidad e incluso la utiliza como instrumento político, debería aclarar qué clase de cristiano es. El crucifijo con el que suele mostrarse en público está demasiado connotado como para esgrimirlo sin más. De Constantino para acá, hemos visto a demasiados militares con la cruz en la mano como para que la imagen no despierte, en sí misma, cierta inquietud. En principio, un dirigente político debería guardarse para sí sus creencias religiosas, tanto por el bien de la política como por el de la religión; pero, si no lo hace, cuando menos tendría que dejar perfectamente claras la índole y las repercusiones de dichas creencias.
Y sería bueno, dicho sea de paso, que todos los católicos se preguntaran si lo son realmente y reflexionaran a fondo sobre lo que significa serlo. Se oye a menudo, por ejemplo, la expresión “Yo soy creyente pero no practicante”; eso puede decirlo un cristiano (se puede creer en Cristo y seguir sus enseñanzas sin adoptar una determinada praxis religiosa), pero no un católico, pues ser católico significa, por definición, acatar los mandamientos de la ICAR (además del decálogo bíblico, por supuesto), y esos mandamientos incluyen una serie de prácticas obligatorias (ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar, comulgar al menos una vez al año, etc.).
Los marxistas podemos (y debemos) colaborar con los buenos cristianos en la lucha por un mundo justo y solidario, es decir, por el socialismo. Pero la ICAR y los católicos ortodoxos son intrínsecamente contrarrevolucionarios; ellos lo tienen muy claro, y nosotros también deberíamos tenerlo.
La religión es el opio de los pueblos, y aunque un drogadicto pueda ser la más valiosa de las personas (a Marx, sin ir más lejos, lo mataron el café y el tabaco), los narcotraficantes suelen ser criminales

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