jueves, 27 de junio de 2013

Otro Dios es posible

 Jaume Triginé


Su nombre es Shalom Auslander. Es un judío de 43 años. Escritor. Autor, entre otras obras, deLamentaciones de un prepucio. Su principal deseo, por no decir obsesión, es dejar de creer en Dios; pero no lo puede lograr. Una imagen distorsionada de Dios, interiorizada en el ámbito familiar y comunitario, le ha condicionado la vida. Hasta hoy.
Las causas que provocan una determinada situación vital suelen ser plurales. Nuestro hombre las reduce al hecho de haber estado sometido a un abuso teológico, entendido este concepto como el haber estado en contacto con una imagen de un Dios vengativo, castigador, cruel… que extermina al mundo entero por medio de un diluvio, capaz de matar a los primogénitos de Egipto u ordenar la muerte de hombres, mujeres, ancianos y niños inocentes… durante la conquista de la tierra prometida.
Las proyecciones antropomórficas, físicas o psicológicas, parecen inevitables, como pone de manifiesto el estudio comparado de las religiones. Atribuir a Dios rasgos propios de la psicología humana es una constante que hallamos en el animismo de la religiosidad primitiva, en el politeísmo, en los llamados dioses nacionales y en los monoteísmos. Lamentablemente, los falsos conceptos de Dios han perdurado en el tiempo y se dan también hoy entre nosotros a pesar de la evolución positiva en muchas áreas del saber humano.
En su base, una conceptualización de Dios como un ser, en lugar del Ser o de la base o fundamento ontológico de todo ser en el lenguaje teológico de Paul Tillich. Desde el un ser alpersonalismo psicológico, en el que proyectar rasgos humanos, media poca distancia. También la interpretación literal de los textos bíblicos, propia de la corriente fundamentalista que nos invade, y el rechazo del método histórico-crítico conduce y contribuye al error de pensar que Dios viene a coincidir con la percepción que se tenga de Él.
Como bien describe Gerd Theissen, teólogo y pastor alemán, hoy distinguimos a Dios, de las imágenes de Dios; Jesús, de las imágenes de Jesús; la esperanza, de las imágenes de la esperanza. Con todo, si nos preguntamos: ¿qué es más real, la realidad o la percepción?, tendremos que reconocer que es la percepción subjetiva de la realidad objetiva la que determina nuestros cuadros mentales de las cosas, ámbito espiritual incluido.
Por todo ello, ¿no sería más coherente, intelectual y espiritualmente hablando, asumir que Dios es inconmensurable, indefinible, ilimitable e inaprensible? ¿Acaso no sabemos que Dios no es demostrable experimentalmente ni comprobable empíricamente? ¿No sería más humilde y honesto asumir que todas nuestras aproximaciones descriptivas del misterio de la divinidad son tan sólo analogías?
Ya que nuestra contingencia no le alcanza, es mejor negar que afirmar; ya que toda proposición acerca de Dios nos sitúa en una falsa imagen, en una parcialidad o en una distorsión del misterio. Dios no puede ser identificado con el cosmos, no es ningún ente de este mundo, no pertenece al ámbito de lo fáctico. No es un ser intramundano; no es una parte más de lo existente. Tampoco es un ser que habita más allá de las galaxias en un cielo metafísico junto o frente a la realidad. No es, pues, un ser extramundano. Dios está en el universo y el universo está en Dios, pero no al modo panteísta. Dios es siempre mayor que el universo. Dios es inmanente al mundo, participa de sus procesos, de su destino y de sus sufrimientos. Simultáneamente, es trascendente al mundo, lo desborda y, a la vez, lo envuelve y abarca. El teólogo Hans Küng describe esta relación dialéctica entre Dios y el mundo en estos interesantes términos: «Dios es la trascendencia en la inmanencia; la eternidad en la temporalidad; lo absoluto en lo relativo».
El abuso teológico del que habla Shalom Auslander se da también, con más frecuencia de la debida, en algunos de nuestros contextos. La imagen del Dios que prohíbe, que infunde temor, que castiga, que actúa arbitrariamente… está presente en muchos guardianes de una pretendida ortodoxia en forma de artículos, libros, sermones, conferencias… Sus consecuencias, letales. Desde el incremento de las posiciones fundamentalistas hasta el rechazo frontal de la idea de Dios en forma de ateísmo, agnosticismo o indiferencia religiosa. Por en medio, creyentes que no pueden asumir relatos simples que la razón rechaza. Demasiados efectos secundarios. Demasiadas víctimas.
Quizá por todo ello, el teólogo Andrés Torres Queiruga describe la situación religiosa de muchas personas en estos términos: …se cree, pero se duda de que las cosas puedan ser así; se duda, pero no se osa preguntar; se pregunta, pero no se dan respuestas claras… No se puede vivir la fe bajo un estado de permanente sospecha ya que de tal estado no se derivan ni la certeza ni el estímulo para la vida.
Muchas personas necesitan desprenderse de las falsas imágenes de Dios que les impiden un verdadero encuentro con el Absoluto y el poder vivir una nueva experiencia gratificante y de liberación. Es urgente modificar la imagen del Dios que prohíbe por la del Dios que libera a través del reducto último de la propia conciencia. La imagen del Dios del temor ha de ser erradicada presentando el Dios del amor expresado en la figura histórica de Jesús de Nazaret quien proclama la vida y nos enseña a invocar a Dios como Padre (Abba). Del Dios alejado habrá que transitar a un concepto de Dios que nos envuelve y penetra como una intimidad más íntima que nuestra propia intimidad como expresaba Agustín de Hipona.
Y es que no basta creer en Dios, sino saber en qué Dios creemos, confesamos y proclamamos.

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