lunes, 3 de junio de 2013

Orrego, religión y política

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Antropólogo. Miembro del directorio de la Fundación Chile 21.
Si uno se desplaza por las comunas de la zona oriente de Santiago se encontrará con una publicidad gigante del candidato a las primarias presidenciales de la Concertación Claudio Orrego, la que reza “Creo en Dios, y qué”. Es sorprendente que alguien pueda invocar su creencia religiosa como perfil distintivo en una contienda electoral que tiene como propósito dirimir sobre quién debe dirigir el país.
Es un llamado a alinearse según su dios en un campo en que dios no tiene nada que decir, ni puede hacerlo. Meter la religión en la política es un tema peligroso: lo están haciendo los fundamentalistas musulmanes en Egipto, Libia y en Afganistán. Pero en occidente también lo impulsa en la actualidad el “Tea Party” la facción extremista de derecha del partido republicano y lo hacían los Bush desde la presidencia, proclamando que sus decisiones estaban inspiradas en las orientaciones de dios: “Tengo una misión que cumplir y pido al buen Dios de rodillas que me ayude a cumplirla con sabiduría”, señaló antes de bombardear Irak.
Por otra parte, el vínculo entre la iglesia católica y la política se relaciona en parte con su posición en los derechos humanos, es decir de la ética, donde tuvo un destacadísimo papel con efectos políticos (no así las iglesias argentina o uruguaya), pero ellos no gobernaron; influyen así como en la transición presionaba por el perdón y la amnistía. El poder de presión “valórico” de la iglesia la recuerdo con la intervención católica para prohibir a inicios de los ’90 el concierto de Iron Maiden por satánico y promover “antivalores en la juventud”, o sus exitosos esfuerzos por destruir las Jornadas de conversación, afectividad y sexualidad, JOCAS. También, al igual que varios políticos conservadores, concertacionistas y de derechas, se echaron abajo varias campañas publicitarias de uso del condón para prevenir el SIDA a nombre de valores cristianos.
Sabemos que la actividad política es realizada por personas que tienen sus creencias religiosas y son todas respetables, pues en el campo religioso no hay unas superiores o mejores a otras. El que alguien crea o no en dios no debiera ser agitado como un factor de identidad política, pues la conclusión lógica es que su inspiración para la actividad pública está en dios y esto rigidiza las decisiones e impide un horizonte más plural. Orrego no es fundamentalista ni sectario, pero su propaganda llama la atención, quizás justamente por ello, pues abre la puerta a meter la religión en un campo que no le corresponde situándolo entre los sectores conservadores.
Lo anterior tiene implicancias respecto de las demandas de ciertos derechos no reconocidos en la ley chilena -que de paso se supone que expresa los valores normados de la sociedad- y que se expresan en la llamada agenda valórica. En este punto ha sido la democracia cristiana la que ha jugado el rol más conservador al interior de la Concertación, teniendo un poder de veto. Si este rol continua –como lo insinúa la comentada paleta publicitaria- es bastante poco probable que el llamado progresismo esté en condiciones de responder a la demanda de mayores libertades ciudadanas.

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