domingo, 30 de junio de 2013

Mi filósofo preferido

 Víctor Rey 
Justo este viernes 21 de junio caminaba por las calles de Mar del Plata y  encontré el local de La Alianza Francesa.  Me recibieron muy bien y me invitaron a conocer la biblioteca de esta institución. Al contemplar la maravilla de textos que reposaban en los estantes, lo primero que vino a mi mente fue buscar los libros del filósofo Jean Paul Sartre en su lengua original. Ojeando uno de ellos me percaté de que ese mismo día estaba de aniversario de su nacimiento.  Sartre había nacido un 21 de junio, y si estuviese todavía entre nosotros tendría 108 años. Pasé algunas horas revisando su obra y recordando los primeros textos que leí en la escuela secundaria, donde nuestro profesor de fiosofía nos introdujo a su pensamiento.  Luego, en la universidad ya en plena dictadura era dificil encontrar algún texto de él, pero nos las ingeniábamos para compartir sus libros de forma clandestina.  Un profesor se animó o tuvo la osadía de dictar un curso sobre su pensamiento y el curso se lleno de postulantes. Fue alta la demanda, el salón de la clase se desbordó. Queríamos respirar un poco de libertad y de existencialismo.
Después pasé por una época existencialista donde sus libros, junto a otros autores, me acompañaron en esos tiempos de duda, conjeturas, y reflexiones acerca de la vida, el sentido y la muerte. Recuerdo que devoraba sus libros en la biblioteca de la Universidad y que también pasaba largas jornadas leyéndolo en los parques y plazas de Concepción.
Creo que si alguna persona encarna lo que es un filósofo, este fue Jean Paul Sartre. Sus lentes, su pipa, su voz pausada lo hacian recordar a Sócrates en esas interminables charlas con jóvenes estudiantes. No fue perfecto y, por supuesto tiene detractores y defensores fanáticos. Su vida no dejó a nadie indiferente, ya sea leyendolo o habiéndolo conocido.
Jean-Paul Sartre tuvo una infancia solitaria. Nació en París en 1905 y se quedó huérfano de padre a los seis meses. Fue un niño sin apenas amigos, bajo de estatura, bizco y torpe para el juego físico. Tal como relata en su autobiografía Las Palabras, publicada en 1963, se refugió en la escritura para escapar de un mundo que lo rechazaba.
En 1929 se graduó en la prestigiosa Escuela Normal Superior, donde había conocido a Simone de Beauvoir, su única pareja estable hasta la muerte. Tres años después consiguió una beca para ampliar sus estudios en Berlín, lo que le permitió familiarizarse con la fenomenología de Husserl y el existencialismo de Heidegger. Tras volver a Francia, publicó una serie de ensayos influidos por el pensamiento alemán, que apenas tuvieron repercusión. Pero la aparición en 1938 de su primera novela, La Náusea, convirtió a Sartre en un autor famoso y respetado.
Reclutado por el ejército francés en 1939, las tropas alemanas le capturaron en 1940 y no consiguió volver a París hasta el año siguiente, cuando organizó junto a otros intelectuales una célula de la Resistencia. En 1943 publicó su obra filosófica medular, El Ser y la Nada, cuyas ideas principales quedarían recogidas en el panfleto El Existencialismo es un Humanismo, aparecido en 1946.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Sartre abandonó su trabajo como profesor de instituto para dedicarse únicamente a escribir. De esta época es su ambicioso proyecto Los Caminos de la Libertad, una novela en cuatro volúmenes que dejó inconclusa cuando se convenció de que el teatro era un medio más adecuado para la difusión de sus ideas. En 1943 había publicado Las Moscas, considerada como su mejor obra dramática, y en los años siguientes aparecieron A Puerta Cerrada, La Puta Respetuosa, Las Manos Sucias y El Diablo y Dios.
Hasta 1956, cuando los tanques soviéticos ahogan la rebelión de Hungría, fue un ardiente defensor del comunismo sin llegar nunca a militar en ningún partido. Sus objeciones al marxismo quedarían plasmadas en Crítica de la Razón Dialéctica, publicada en 1960, en la que también reconoce el valor innegable de esta doctrina.
Tras rechazar el Premio Nobel en 1964, dedicó más y más tiempo a la militancia callejera, convirtiéndose en un icono de la llamada generación del Mayo 68.
A partir de los años setenta se agravaron su ceguera y sus problemas de salud, dejando al escritor prácticamente imposibilitado. Un tumor pulmonar acabó con su vida en 1980. Más de 25.000 personas asistieron a su funeral.
Sartre fue el último filósofo. O sea, un escritor que escribía sobre realidades tenebrosas y misteriosas, burlescas para llenar el vacío, un explorador de lo que a veces se llama “destino”, “dios”, “el diablo” y luego terminar siendo en París el comunista de siempre.
Creo que es conveniente volver a leer a Sartre hoy cuando se ven en el horizonte las amenazas de integrismos que vienen del neonazismo, del neostalinismo, del islamismo, del cristianismo, del cientificismo, de la tecnología y del neoliberalismo.  Nos puede ayudar mucho volver a las páginas de este filósofo para aprender a ser más tolerantes, respetuosos y humildes.

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