martes, 11 de junio de 2013

El pedante filósofo del nazismo

Alfred Rosenberg, insufriblemente arrogante

y pedante, era uno de los nazis más antipáticos.

No les caía bien ni a ellos mismos

Barcelona 11 JUN 2013  EL PAIS

El ideólogo nazi Alfred Rosenberg, en una imagen tomada entre 1933 y 1945. 

Alfred Rosenberg, insusufriblemente arrogante y pedante, era uno de los nazis más antipático. No les caía bien ni a ellos. Atormentado siempre por no poder llegar a la cúpula real del poder, se granjeó el desprecio y las burlas de muchos de sus compañeros de partido, que no hacían sino seguir en eso el ejemplo del propio Hitler. Von Schirach decía de Rosenberg que era el autor que más ejemplares había vendido de un libro que nadie había leído. Se refería a Mythus del XX Jahrhunderts (El Mito del siglo XX), su obra mayor (algo no muy difícil cuando tienes otros títulos como Inmoralidad en el Talmud), y la segunda Biblia nazi después del Mein Kampf.
Mythus, influido por Houston Stewart Chamberlain y una mala lectura de Nietzsche, es un mamotreto de muchas ínfulas que Goering describió sin ambages como “basura” y Goebbels calificó de “escupitajo filosófico”. En ese libro, Rosenberg trató de sistematizar la confusa filosofía oficial que había detrás del movimiento nazi, la espuria amalgama de neopaganismo, mística de la sangre, teorías raciales y pseudociencia que él consiguió convertir en algo que Hitler mismo consideraba demasiado oscuro para entenderlo. Hay que decir en descargo de Rosenberg que su libro fue el único intento serio de poner por escrito la embarullada filosofía nazi.
Alemán del Báltico —había nacido en lo que hoy es Tallin— compartía el ultranacionalismo de los expatriados y se unió al partido nazi en 1919. Miembro de la sociedad Thule, creía en fuerzas y conspiraciones oscuras y fue uno de los grandes propagadores del mito de la conspiración judeo-masónica y de Los protocolos de los Sabios de Sión. Se convirtió en el gran teórico nazi de la raza y uno de sus líderes culturales —lo que le llevó a enfrentarse a Goebbels—. Hitler lo hizo responsable de supervisar la educación ideológica del partido.
Si su papel se hubiera limitado a la pseudoliteratura probablemente Rosenberg no habría acabado colgado de una cuerda en Núrenberg en 1946. Pero era un arribista fanático y ambicioso que se instaló en la estructura del III Reich y participó plenamente en sus crímenes. Por eso es tan interesante que haya aparecido parte de su diario. Rosenberg escribió unas memorias, que han sido publicadas, mientras esperaba juicio en Nurenberg.
En 1939 creó un instituto para la investigación de la cuestión judía cuyo objetivo —odio racial al margen— era saquear las colecciones de arte, bibliotecas y archivos judíos de toda Europa. Una unidad especial denominada Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg (Fuerza Especial Rosenberg) confiscó (en puridad robó) tesoros artísticos por doquier. En 1941 Hitler lo nombró Ministro para los Territorios Ocupados del Este, cargo en el que demostró ser tan incompetente como filosofando, aunque ello no significó que fuera menos brutal que sus camaradas.
En el proceso de Núrenberg fue uno de los 12 condenados a muerte. La suya fue la ejecución más rápida. A los 90 segundos ya pendía de la soga. Curiosamente el incontinente vocero del nazismo se limitó a dar su nombre en el patíbulo y a contestar con un simple “no” cuando le preguntaron si quería decir algo para la posteridad...

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