lunes, 13 de mayo de 2013

Regreso a Erich Fromm


Siempre tiembla uno un poco al volver a leer décadas después los libros que nos inspiraron arrebatos en la primera juventud: tememos no reconocernos, vernos ridículos en el espejo de tales preferencias, incluso detestarnos. Cuando se trata de novelas o poemas aún vale la excusa de que cada edad de la vida requiere sus propios clásicos, pero esto alivia poco si los amores tempranos que nos repelen pertenecen al campo de la filosofía o la teoría social. Los entusiasmos literarios abandonados nos hacen sentir ingenuos, pero los doctrinales nos denuncian como estúpidos. Y ello pese a que la terrible velocidad ideológica de crucero de este siglo ofrece una aceptable coartada hasta para los desvaríos más sonrojantes, con tal de que hayan pasado unos cuantos años desde aquel obsoleto fervor.De modo que releo hoy con cierta aprensión El miedo a la libertad, de Erich Fromm, el libro que significó tanto para mí y para otros muchachos de mi generación en vísperas del 68 (antes de que el epílogo de Eros y civilización, de Herbert Marcuse, nos lo pusiera en entredicho). Pues bien, creo que en líneas generales soporta la prueba con notable gallardía. Sigue siendo un diagnóstico preciso y nítido del conflicto que enfrenta al individuo moderno con las exigencias de la sociedad que lo posibilita, en el que se indica la raíz originaria de algunos de los peores males del siglo que acaba... los cuales todo parece indicar que no acabarán con él. Ciertos méritos del libro deben ser recordados previamente para aliviar comentarios críticos más injustos que inmisericordes; en primer lugar, lo temprano del análisis, pues la obra fue escrita antes de finalizar la segunda contienda mundial y conserva su vigencia gracias a la amplitud de un enfoque que sabe trascender el terrible momento en que fue escrita. Pero también cuenta su inteligente corrección del punto de vista freudiano, no sólo al reprocharle justificadamente que infravalora la importancia de la posición sociohistórica en la génesis de los caracteres psíquicos, sino también cuando hace una observación profunda y menos atendida: "Los actos libres -o espontáneos- son siempre fenómenos de abundancia. Y la de Freud es una psicología de la escasez". La analítica freudiana utiliza siempre como principio explicativo el afán de aliviar tensiones y sosegar inquietudes, pero quizá se pierde así la dimensión pletórica sin la cual aquello que denominamos libertad deja de merecer ese nombre.
Tiene Fromm en su contra ser un autor de lo que podríamos considerar "la línea clara" del ensayismo contemporáneo y, para agravar las cosas, evidentemente bienintencionado. No hay en el tenebrismo, ni truculencia, ni esa global desesperación titánica ante la modernidad que tan picante excitación propicia en el plano siempre confortable de nuestras academias. Son serios inconvenientes porque el enigma verboso y la enmienda a la totalidad han tenido sin cesar premio de consolación en el clima ideológico de la posguerra. Y hoy también, sin duda: mucho hemos hablado recientemente de los desvaríos racistas y reaccionarios de algunos profesores carcas, pero yo conozco prédicas universitarias no menos antidemocráticas ni más sabias que como dicen apoyarse en Foucault o Alain Badiou son tenidas en alta estima progresista.
Desde luego, Erich Fromm denuncia también gran parte de los embelecos ideológicos vigentes, pero resulta obvio que está más interesado en animar a la gente que en desolarla o abrumarla. Es inteligible, cautelosamente edificante... ¿Qué más hace falta para que los pedantes atrabiliarios le vuelvan la espalda con un gesto de conmiseración? Y a veces resulta sin duda insuficiente o se envuelve en piadosas brumas en la parte final de El miedo a la libertad cuando propone una "espontaneidad" cuyas calidades resultad difíciles de precisar, para luego enredarse en un tibio elogio de la economía planificada que no parece de modo inmedoato compatible con ella ni aun advirtiendo que "una de las tareas principales de la sociedad es... la forma de combinar con la descentralización" . No debemos olvidar entonces que escribe a finales de los años cuarenta y nosotros le leemos después de la caída del muro de Berlín.El gran mérito de Fromm estriba en comprender el individualismo no como el vicio insuperable de la modernidad, sino como su mayor innovación, pero señalando también que potenciar al individuo exige un reforzamiento de las estructuras integradoras de la sociedad y no su abandono en provecho exclusivo de la ley del más fuerte. El problema de la sociedad contemporánea no es el exceso de individualismo, sino los cortocircuitos que lo bloquean aprovechándose del miedo a la soledad y a la responsabilidad que el uso de la libertad suscita en el convivir de la muchedumbre. Entonces la tentación es renunciar a ella para aferrarse a la colectivización forzosa o a la jerarquía fascista: en el primer caso se aspira a suprimir * coactivamente las desigualdades y en el segundo se las consagra como resultado de una mítica biología de los pueblos. Tanto la publicidad comercial como la propaganda de los grandes partidos políticos contribuyen a automatizar las reacciones individuales, con promesas paradisiacas cuyo auténtico mensaje oculto es el reposo en la uniformidad.
El ciudadano de las sociedades inundadas por la información abrumadora -cuyos albores no le pasan desapercibidos a Fromm- se debate en una masa caótica de datos a la espera del especialista que los dote del sentido que aceptará con más alivio que espíritu crítico.Nace así esa complicidad característica de nuestro tiempo en tre el escepticismo que no se cree nada de lo que lee o escucha y el cinismo que acepta siempre el puñetazo en la mesa autoritario, mientras todas las opiniones se hacen "respetables" porque cada cual renuncia a argumentar las propias o a examinar racionalmente las del vecino. Contra este conformismo refunfuñante previene Fromm, así como contra los su puestos rebeldes -encabeza dos en su día por Hitler- en quienes se mezcla el resentimiento de una clase media que sustituye la conciencia política por la búsqueda de chivos expiatorios con el oportunismo al servicio de la demagogia populista. En fin, lo de sobra sabido entonces y ahora, principalmente ahora, aquí: basta con escuchar el discurso gubernamental vigente en nuestro país y, sobre todo, el periodismo "insobornable" que le ofrece las coartadas. Sin duda, esta valoración ha sido ya repetida y ampliada muchas veces desde que se publicó El miedo a la libertad, por lo, que hoy no suena con tan brillante eficacia como cuando la leímos por primera vez, hace varias décadas. El mismo Erich Fromin profundizó sus planteamientos teóricos en obras posteriores, sobre todo en Man for himself (en español, Ética y psicoanálisis, F. de Cultura Económica), que me parece su mejor libro. Considero, sin embargo, que leer o releer estas páginas sigue siendo un ejercicio que instruye, estimula y sugiere: lo cual no es botín desdeñable en un mercado editorial en el que tanta letra caduca aparece diariamente. Si por una vez la buena moneda expulsara a la mala, y no al revés -como la lúgubre economía enseña que sucede- El miedo a la libertad de nuevo abrirse paso, debería sobre todo, entre los jóvenes. Pues son ellos los más interesados en buscar respuesta urgente a las preguntas aparentemente ingenuas que en él se plantean: "¿Independencia y libertad son inseparables de aislamiento y miedo? ¿O existe, por el contrario, un estado de libertad positiva en el que el individuo vive como un yo independiente sin hallarse aislado, sino unido al mundo, a los demás hombres, a la naturaleza?".
Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

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