sábado, 11 de mayo de 2013

Lanza del Vasto: “De la Noviolencia Activa”



#TITRE
Extractamos unos pequeños pero muy ilustrativos párrafos del capítulo “De la noviolencia activa” del libro de Lanza “Umbral de la Vida Interior” Salamanca 1976. Sígueme.

De la noviolencia activa.

La noviolencia es simple, pero sutil.
Si es tan difícil aplicarla y hasta captarla, es porque resulta totalmente extraña al común de las costumbres. (...)
...sólo se puede hablar de la noviolencia si hay conflicto. No se puede llamar noviolento al que busca refugio mientras el mundo se incendia. El que vive tranquilo, quizás sea noviolento, pero no lo sabemos. Se sabrá el día en que estalle el conflicto y lo veamos resolverlo sin recurrir a la represión ni a la astucia.
Porque la noviolencia consiste en decir ¡no! a la violencia y sobre todo a sus formas más virulentas: la injusticia, el abuso y la mentira.
¿Cuales son las actitudes posibles frente a un conflicto?
De entrada vemos cuatro.
La primera, volver la cabeza y eludir el problema, sobre todo cuando no se nos ataca directamente, porque, como es sabido, “siempre tenemos suficiente valor para soportar los males ajenos”. En resumidas cuentas, eso no nos concierne. Permanecemos neutrales o mejor dicho, no permanecemos, ya que escurrimos discretamente el bulto.
La segunda actitud es la de meternos con bravura en la pendencia, devolviendo golpe por golpe o dos por uno, si podemos.
La tercera es la de girar sobre los talones y tomar rápidamente las de Villadiego.
La cuarta, levantar las manos, caer de rodillas, implorar gracia, invocar la clemencia de Augusto; en resumen: capitular.
¿Será posible que haya una quinta actitud?
La quinta actitud es la noviolencia. La quinta actitud excluye las otras cuatro por igual.
Excluye la neutralidad.
Excluye la pendencia.
Excluye la fuga.
Excluye la capitulación. (...)
¡Paff! ¡En la mejilla! Oiga señor, no se vaya, se le olvidó algo.
Que tengo dos mejillas señor.
¡Trata de explicarle a la gente porqué obras así! Y diles, primeramente, que es muy raro encontrar un malvado lo bastante valiente y perseverante en su maldad, como para aprovecharse indefinidamente del ofrecimiento y de la impunidad. Que hasta has llegado a ver rabiosos detenerse como fulminados. ¡Explícales porqué!
Diles:
Obro así porque sé que mi enemigo es un hombre.
¡Un hombre, comprenden, un hombre!
¡Bah! No hay porqué gritar tan fuerte. Eso lo sabe todo el mundo.
¡Claro! Lo sabes porque es evidente, pero sobre todo porque estás apaciblemente sentado en una silla.
Pero en el ardor del conflicto, cuando la sangre se te suba a la cabeza, ¿la evidencia no va a darse vuelta de golpe?
¿Y no se encargará tu enemigo, por sí mismo, de ofrecerte la prueba irrefutable de que es una bestia dañina, un monstruo, un demonio?
Quizás tu enemigo sea feroz, implacable y de una fuerza irresistible, ¡pero cuánto más difícil de vencer, más feroz, más implacable, será la tentación que te invadirá de considerarlo un bruto, un monstruo, un demonio!
Es aquí cuando hay que afirmar la difícil verdad:
que es un hombre “un hombre como Yo”.
Si es un hombre, el espíritu de justicia está en él como en mí.
Pues el espíritu de justicia está en todo hombre. (...)
Ahora bien, mi causa debe ser tan justa como dos y dos son cuatro, o la noviolencia nada podrá hacer por ella. (...)
¿Quien es, pues, el malvado? ¿Quien me arranca mis haberes, quien pisotea mis derechos, quien desea mi muerte y la de los míos? ¡Ese tipo, ese bruto, ese sinvergüenza, ese asqueroso, ese calculador desalmado, ese traidor, ese hipócrita, ese crápula, ese canalla, en una palabra, mi enemigo! ¿quien es?
Un hombre que se equivoca.
Esta comprobación es de suma importancia porque en ella se asienta la noviolencia.
La primera consecuencia que se deduce de esta comprobación, es que estoy dispensado de odiarlo. Pues realmente sería vano, ridículo, importuno y completamente injusto odiar a un hombre porque se equivoca.
La segunda consecuencia es que tengo el deber elemental y urgente de sacarlo de su error. (...)
La tercera consecuencia es que tengo ante mí mi tarea y mi batalla como un plan trazado: debo derribar una a una las justificaciones de mi enemigo, esas justificaciones que lo defienden, lo encierran y lo ciegan, hasta dejarlo solo y desnudo ante su propio juicio.
La verdad hará triunfar su razón contra la de él.
Y yo habré encontrado la solución del conflicto. (...)
Se dice muy pronto y es expresión muy feliz, pero no debe creerse que se consigue con una varita mágica.
Dijimos que la noviolencia es simple, no que sea fácil.
Ya es bueno saber y hacer admitir que es posible. Aún cuando cueste fatigas y afanes (y sobre todo pensamiento) cuesta menos que la violencia. No la siguen la derrota, la humillación y el desquite. Es sabiduría; y la sabiduría ahorra sufrimientos y crímenes inmensos.
A veces previene el conflicto e impide que estalle. Mediante buenas palabras, dignas y justas, apacigua a quien se ha enfadado creyéndose lesionado, ofendido o amenazado. _ Es lo que se llama fuerza de persuasión. (...)
Pero a veces la palabra es acción más fuerte y real que cualquier otra acción. (...)
Cuidémonos de pensar de alguien: es tan vil y brutal que lo único que puede comprender es el lenguaje de la fuerza. (...)
¿En qué se reconoce al noviolento?
¿En que es amable y dulce? ¿en que dice siempre sí, sí?
¡Ah, no!
¿En su paciencia, en su imperturbable calma?
No, porque para ser noviolento no basta con no ser violento.
Es noviolento el que apunta a la conciencia.
Y si para llegar a la conciencia de los furiosos sólo conviene la calma, los asombrará por la humilde serenidad con que aguanta los insultos; y si para sacudir a los inertes, los gritos, las injurias y los golpes valen más, hallará el coraje de la ira.
Es capaz de burlarse y provocar, si advierte que su adversario está en riesgo de confundir el respeto que le demuestra con adulonería y astucia.
Es capaz de agredir. Justamente cuando no es defensiva la noviolencia alcanza su mayor legitimidad y pureza. El noviolento premedita su ataque y se lanza al camino, al barco o al tren, para llegar al sitio en que se perpetra la atrocidad o el abuso y para dar testimonio, elevar su protesta, suscitar el incidente y el escándalo.
Al enemigo se le sirve, se le honra y se le salva, combatiéndolo.
Y se lleva ese combate hasta su meta, que no es la victoria, ni el botín; sino la reconciliación. (...)
Efectivamente: si devuelves mal por mal, no reparas el mal: lo duplicas.
¿Cómo puedes llamar bien al mal que devuelves?
Si para castigar al asesino, lo matas, no devolverás por eso la vida a su víctima. Habrá dos muertes en vez de una y dos asesinos: él y tú.
¿Cómo puedes afirmar que es un mal menor, cuando tu justicia exige un castigo igual al crimen?
¿Cómo puedes creer que es un modo de detener el mal, cuando tú mismo agregas un eslabón al que irán a unirse otros más?
Ya que el vencido aguarda su hora para tomarse el desquite
Si lo suprimes, lo vengará su hermano.
Si lo reduces a la servidumbre, te verás atado al otro extremo de la cuerda.
La violencia es un encadenamiento. El que piensa liberarse por su medio, forja su propia cadena.
Las cadenas de la violencia legítima son de un acero más resistente y de mejor factura que el de cualquier otra.
Solamente la noviolencia es la solución efectiva, ruptura de la cadena y liberación.
Y aún cuando el adversario sea tan tenaz y empecinado como para impedirte arribar a la meta, la lucha te obligará a victorias sobre ti mismo, a experiencias y descubrimientos interiores, cuyo fruto te pertenece. (...) 

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