lunes, 13 de mayo de 2013

Confucio, maestro y sabio
La doctrina de Confucio




El confucianismo se caracteriza por utilizar la cultura como un medio para promover los sentimientos humanos y mantener la integridad y el bienestar de los individuos.
Confucio, que vivió aproximadamente entre el 550 y el 479 a.C., es una de las grandes figuras de la historia del pensamiento humano, un pionero de la pedagogía, crítico social e investigador de la política. Se consagró al estudio de las antiguas tradiciones y de los ritos y tratados religiosos contenidos en los Cánones o King, y se propuso recuperar las antiguas normas de buenas costumbres morales, sociales y de convivencia.
La recopilación de sus Conversaciones, que supone la existencia de una fuente escrita básica, es un amplio abanico de consejos referidos a los asuntos humanos, desde el gobierno de las naciones y la dirección de empresas, hasta el trato social, las relaciones entre amigos y de familia, y el autoconocimiento.
La doctrina de Confucio

Confucio atisbó un orden social conducido por sensibilidades razonables, humanas y justas, no por las acciones arbitrarias de gobernantes entronizados de forma hereditaria, y advirtió las consecuencias sociales si los hombres que ostentan el poder obran sólo en beneficio propio, pasando por encima de la piedad y de la justicia.
Creía en la regeneración de las conciencias pública y privada mediante la educación y la influencia de ideales culturales unificados. La educación en su conjunto constituía el valor general del individuo y de los grupos en los cuales éste se integra de forma activa: la familia, la comunidad y la nación. Su objetivo era la restauración de un gobierno justo y la revivificación de la sociedad a través del cultivo de las virtudes de la persona. Pensaba el maestro que la eficacia de un planteamiento como el que él proponía residía en el ejemplo personal; por ello, la clase gobernante debía cultivar las virtudes de la persona ejemplar.
Para ello, elaboró las herramientas necesarias para que el desarrollo humano fuera más asequible mediante la transmisión de la historia y de la cultura a todos los individuos, incluso a los más desheredados, y no sólo a aquellos que tuvieran acceso a las mismas por su pertenencia a una clase social privilegiada.
Confucio no fue un preceptor dogmático, sino que por lo general sus enseñanzas básicas fueron bastante diáfanas para poder generar nuevas interpretaciones a través del tiempo, por lo que diferentes culturas y sociedades pudieron, a lo largo de la historia, aplicar su mensaje a las realidades de los tiempos cambiantes y en los lugares más distantes.
A ello se debe tanto la presencia durante siglos de sus ideas en las variantes del neoconfucianismo, como su influencia posterior en culturas ajenas a China: el I-King se ha convertido en un best-seller en el mundo occidental.
Principios básicos del confucianismo

Confucio afirmaba que las virtudes fundamentales del noble son tres: la bondad, que produce alegría y paz interior; la ciencia, que disipa todas las dudas; y la valentía, que ahuyenta todo temor. El pecado original es inconcebible para Confucio, para quien el hombre se encuentra inmerso en un orden meramente natural.
La verdad (es decir, el principio verdadero y racional que se halla en el interior de todos los hombres y en todos por igual) es el camino del cielo, y el principal deber del hombre consiste en meditar sobre ella y descubrirla en todo su contenido y significado. Existe un solo medio para ser sinceros y veraces en todo: alcanzar la virtud, porque sin virtud no existe veracidad ni sinceridad verdadera. Es decir, la virtud en el ser humano es natural y fruto de la propia y precisa voluntad de ser virtuoso. Esto puede conseguirse por medio de la corrección en el trato fraterno, entre otras actitudes y cualidades que son connaturales al hombre.
El confucianismo afirma que no basta con cumplir con los deberes personales y familiares, porque cuando alguien puede ser útil en el desempeño de un cargo público, falta a su deber si se aleja de la política.
Respecto a su vertiente religiosa, debe advertirse que el confucianismo sólo se desarrolló y expuso como una doctrina religiosa mucho tiempo después de la muerte de Confucio y, al parecer, por intereses creados y prescindiendo de la auténtica obra del maestro.
Confucio no fundó en realidad una nueva religión, sino que fue un estudioso, crítico y reformador político, aunque, claro está, no se dedicó a predicar una moral atea. En resumen, podría decirse que el confucianismo es una doctrina en la que se reconoce a un Supremo Señor (al que se da el nombre de Schng-li), pero como religión carece de ideales y de espiritualidad, en el sentido en que entienden ambos conceptos las demás religiones. Además, esta impropiamente llamada "religión" rechaza explícitamente la petición de favores y milagros al filósofo divinizado, lo cual resulta sorprendente, hablando de religiones, ya que la gran mayoría con el tiempo proceden a divinizar a sus fundadores y, en sus plegarias, se incluyen sistemáticamente diversas fórmulas impetratorias.
Pese a su influencia en muchas actitudes religiosas, el confucianismo debe considerarse más bien una doctrina ética; y pese a que en ella se tenga en cuenta la existencia de un principio regulador del universo y de un ser supremo, los conceptos básicos de la doctrina son esencialmente referentes al ser humano y a cómo debe relacionarse con sus semejantes. Confucio fue mucho más un humanista que un místico.
Confucio y los seguidores de la virtud

Para Confucio, la virtud esencial es una fuerza interior innata en el hombre, a la que llamó ren. El ren presenta un aspecto negativo, representado por la máxima "No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti", y un aspecto positivo, representado por la máxima inversa: "Haz a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti".
"No hacer" significa pasividad, y en términos chinos, una actitud negativa.
"Hacer" significa actividad, una actitud positiva.
El ren no tiene un contenido definible al modo occidental, sino que forma parte de la persona, es una fuerza propia y natural de cada uno que le impulsa en la dirección adecuada para el correcto desarrollo y aprovechamiento de la propia vida. Siempre se entiende de un modo positivo y loable, es decir, el ren o es bueno o no se tiene; el ren malo no existe.
Una persona que tiene ren significa que está capacitada para actuar del mejor modo posible según sus propias potencias morales e intelectuales, siempre y cuando escuche su propia conciencia.

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