viernes, 26 de abril de 2013

La Teología como juego Rubem Alves


 Nuestro mundo no es más que un experimento, Dios nos puso a jugar. Nos invitó a inventar nombres, a plantar jardines.

No hace mucho tiempo que me di cuenta de la importancia teológica del juego. Se comprende con facilidad que la tolerancia y la generosidad sean consideradas signos del espíritu. Pero que el juego pueda ser presentado como una virtud teologal, parece raro y ofensivo a la seria tradición teológica de vivir y de pensar.

Me acordé de Jesús, dulce y sonriente, diciendo “A menos que dejéis de ser como sois y os volváis como los niños, nunca entraréis en el Reino de los Cielos”.

El texto habla sobre los adultos. Jesús se ríe de los adultos y los invita a jugar. Y ellos se quedan sin saber qué hacer con sus cosas serias, tales como los negocios, las tesis de grado, el insomnio, cosas que los niños y niñas no conocen.

Si algo es característico del niño o la niña, es su capacidad de jugar

Pero, ¿qué es el juego?

El juego es una actividad no productiva. No tiene por objeto la producción de algo.

¿Cuál es la razón por la cual los niños y niñas juegan si eso no produce nada?

La respuesta es simple. El juego no produce objetos, produce placer.

El juego es eso: Un fin en sí mismo para ser disfrutado, algo que produce placer,

El juego como actividad es un fin en si mismo, es, la búsqueda de un mundo para
ser amado. En el juego, encontramos las presencias anticipadas de un mundo que se espera y se desea.

En el juego el amor declara suprimidas las leyes de la realidad y reconstruye esa realidad según los modelos que los deseos imponen a través de los sueños y las fantasías.
                                                     
No es por casualidad que quienes trabajan con niños, en vez de pedirles que se pongan a hablar, les piden que se pongan a jugar. Los psicólogos y psiquiatras adoptan, con los adultos otra técnica y los hacen hablar, porque bajo el dominio de la represión, ya no tenemos el coraje de hacer danzar nues­tros deseos, a no ser en situaciones en que esto es socialmente permitido como en el fútbol, en el carnaval o en algunos ritos religiosos. En todas estas situaciones estamos metidos en el jue­go: el cuerpo realiza, sus de­seos, por medio del truco o mecanismo de "hacer de cuenta”.

Todos los que colocan su amor en la esperanza están condenados a recorrer el mismo camino de lo mágico.

Por muy distintas que sean las cosas que sus cuerpos hacen, en sus corazones arde el deseo de que la reali­dad sea eliminada, suprimi­da. Es exactamente lo que los niños y niñas hacen en el juego: "Hacer como si fué­ramos ángeles, o seres ala­dos" transformando lo que es, en lo que no es y lo que no es en lo que es.

EL MUNDO DE LA PRODUCCION

Disfrutar sin producir es la esencia del juego y esto se opone totalmente a todo lo que consideramos normal y decente. En la parábola evangélica del Hijo Pródigo, el Hijo mayor ofrecía como credenciales de su identidad todo lo que había trabajado y producido para su padre.

No es para sorprenderse que se enoje con la Fiesta que el padre le ofrece al Hijo Menor, el Hijo pródigo, a su regreso. La fiesta es juego y placer y el juego es compañero permanente del amor. Por eso en el mundo de la producción, de las uti­lidades y las pérdidas, el amor es perseguido como subversivo.

Todo en nuestro mundo pa­rece guiarse por la lógica del Hijo mayor de la parábola evangélica.

Con la aparición del capitalismo a finales de la Edad Media, apareció un grupo de personas trabajadoras, que laboraban día y noche acu­mulando riqueza y que aprendieron que esa riqueza era la señal visible de la sal­vación.

Esta nueva clase de santos ricos aprendió después que el cuerpo es mal consejero en  asuntos de riqueza y de trabajo, porque prefiere gas­tar a ganar, prefiere el ocio al sudor, el placer a la disciplina.

El cuerpo fue conducido de humillación en humillación. Los cuerpos fueron domados, una espiritualidad nueva, de disciplina y de ascetismo, de mortificaciones y de repre­siones, en que los placeres están prohibidos: Todo esto, no por la salvación del alma, sino por amor al dinero, al lucro. Dime cuánto ganas y te diré quién eres. .

Lo que realmente cuenta en nuestra sociedad es el producto final, la mercancía pro­ducida. Poco importa, el su­frimiento del cuerpo en el pro­ceso de producir esa mer­cancía.

La mercancía producida es lo que importa porque al ven­derse va a dar lo más impor­tante que la vida puede brin­dar el dinero. Lo que importa entonces es el fin y no los medios usados para lograrlo. Y esta lógica está profundamente arraigada en la crueldad de nuestra sociedad. La tortura, la dictadura, la destrucción de los ríos, la contaminación del aire, de los bosques, la venta de armas, todo se jus­tifica si el objetivo es el dinero

EL PLACER DE JUGAR

Sin embargo, debemos reafirmar que la vida y nuestro cuerpo no son medios para ninguna cosa. Son fines en sí mismos. Esta es la gran afirmación del juego: se jue­ga por el placer de jugar y no para obtener un producto, una mercancía, un lucro:
Nuestro mundo no es más que un experimento, Dios nos puso a jugar. Nos in­vitó a inventar nombres, a plantar jardines.

Y esta verdad se nos olvida. Los niños, por el contrario, toman esos ídolos, esas instituciones que nos hemos fa­bricado los adultos, y las con­vierten en juegos. Los niños y niñas saben que ellos son,  al mismo tiempo los que hacen, por ejemplo, de policías y ladrones, y los que escriben los libretos.  Por eso son libres para inventar, cambiar, modificar y empezar todo de nuevo. Continúan siendo dueños del mundo de juegos que su imaginación creó. Por esto no hay nada que los obligué a jugar hoy el juego que comenzaron a jugar ayer. Cada mañana es un nuevo comienzo.

Ante esto, la gente adulta está tentada a pensar que las cosas son así en el jue­go porque, al fin de cuentas, estamos en el mundo de los niños y de las niñas, en que nada debe ser tomado en serio.

Pero los adultos también usamos cantidad de máscaras: Una persona juega de marido fiel, de padre cariño­so, de amante, de hijo, cam­biando de papeles, como se cambia de máscaras.
La diferencia entre los adul­tos y los niños, es que los niños son dueños del juego. Su deseo es el que manda para tomar este o aquel pa­pel.

Los adultos, en cambio, se identifican con los papeles, con las máscaras que usan. Los generales, hasta en sus almas llevan sus condecora­ciones. Los profesores de universidad se creen más sabios que los demás. Los Pastores y sacerdotes se imaginan más sagrados que los demás.

Esto se ve más claro por medio de imágenes.

Los niños están jugando. Uno de ellos estira el dedo hacia otro y dice: “¡Bang! Te maté”. Y el otro cae al suelo, muerto. Y después el "muerto" resucita.

Los adultos están jugando. Uno de ellos apunta el arma hacia el otro y “¡Bang! Te maté". Y el otro cae muerto. Y después ese muerto es sepultado.

EL AMOR

El juego se convierte en una denuncia de la lógica del mundo de los adultos. Los niños y niñas no se conforman con este mundo. No es posible que la seriedad y la crueldad adulta sea lo más importante que la vida pue­da ofrecernos.

El mundo puede ser diferente y el juego nos ofrece las claves para rehacerlo.

Por eso me atrevo a sugerir que  la teología, que se entiende como palabra que libera, tiene que ser compa­ñera de la palabra que juega. Hablar es construir un mundo. El juego es “hacer como si fuéramos tal cosa o tal otra".

Debemos entonces, entrar a reconocer que la vida se construye sobre un hacer como si... llamado fe; un hacer como si... llamado es­peranza, ambos conformados por un hacer como si... llamado amor.
Todo acaba, menos el amor. Creo en la resurrección del cuerpo. Un cuerpo que jue­ga, merece vivir eternamente. Y descubrimos algo curioso: Que el lenguaje del juego, de la libertad, este len­guaje teológico se burla de los cercos y murallas que los teólogos serios le colocaron. Va cantando por el mundo en los poemas de los poetas, en las confidencias de los amantes, en los cuentos de los escritores, en los chistes de los payasos, jugando siem­pre y diciendo que a causa del Gran Misterio es posible reír y ganar".

 (Artículo del teólogo brasileño Rubem Alves, Presbiteriano brasileño en la revista Encuentro y fe de Argentina). 

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