domingo, 14 de abril de 2013

Isabael Allende y la Ira de Dios
 por Juan Cristóbal Peña, desde San Francisco - 14/04/2013 - 03:54  La Tercera


Cuando Isabel Allende abre la puerta de su casa, la perrita lanuda que sostiene entre sus brazos lanza ladridos amenazantes dirigidos a este reportero y a un fotógrafo que lo acompaña. No es nada personal. Días atrás, se mostró brava con el mexicano que vino a hacer la mantención de la piscina. Es cierto que se crió en la calle y está algo mimada. Pero en el fondo, es una perrita tierna que entra en razón si le hablan claro y golpeado, como lo hace su ama.
-¡Cállese, Dulcinea! ¡Perra tonta!
Dulcinea, a quien la escritora también llama Dulce, de acuerdo al modo en que se comporte, es la última habitante que llegó a esta casa de San Rafael, condado de Marin, en las afueras de San Francisco. Una casa grande color damasco, de dos pisos, construida en lo alto de una colina que mira a la bahía. Desde la calle asoman palmeras. Una vez traspasado el portón, asoma un letrero de madera que anuncia que estamos en La casa de los espíritus.
La de Isabel Allende solía ser una casa poblada y ruidosa, con gente de carne y hueso que iba y venía. Esa pequeña muchedumbre de amigos y familiares sanguíneos y adoptados que ella llama “la tribu” ha comenzado a diluirse. Sus nietos prácticamente se criaron en este lugar, pero a fines del año pasado partieron a estudiar fuera de la ciudad. La casa se va haciendo grande, y una casa grande y despoblada es triste. Más aún en estos días de fines de marzo, en que una tragedia ha vuelto a enlutar a la familia.
Harleigh, el hijo menor del marido de Isabel Allende, fue encontrado muerto por una sobredosis de heroína. Es el segundo hijo que pierde William Gordon. Dieciocho años atrás, su hija mayor, que también era adicta a las drogas duras, desapareció y se la presume muerta. Jennifer desapareció dos años después de que muriera Paula, hija de la escritora, víctima de una negligencia médica.
-Ha sido una semana muy dura, una semana de mierda -sintetiza-. Con una cosa como esta vuelven todos los recuerdos de lo que pasó con Paula. Se remueven muchas cosas.
-¿Fue inesperado?
-El había estado usando drogas mucho tiempo, cuando era joven, y después las dejó. Se supone que estaba rehabilitado, pero de repente empezó a verse medio raro y yo le dije a Willie: “Yo creo que algo está pasando”, y él me dijo: “No, está tomando un medicamento para la depresión”. Yo le dije que conocía a mucha gente que toma medicamentos para la depresión y no se ve así, pero el papá y la mamá son los últimos en darse cuenta de las cosas.
A Harleigh Gordon, de 35 años, lo despidieron el penúltimo fin de semana de marzo. Hoy es lunes por la mañana. El último lunes del mes. El abogado y escritor William Gordon ha vuelto a trabajar a su oficina en Sausalito. Isabel Allende, que está lanzando la traducción al inglés de El cuaderno de Maya y tiene un programa de entrevistas, permanece en casa con su asistente y su perra Dulcinea. En un par de horas llegará Olivia, un Terrier tibetano que tiene cita en la peluquería.
En su escritorio de trabajo, Isabel Allende vuelve a llamar al orden a Dulcinea. Le pide que se eche a su lado, que deje de molestar a las visitas. Luego dice:
-Todo ha sido muy triste y feo. Mi marido está destrozado. Pero así como nos pasan cosas malas, también nos pasan cosas buenas. Nuestra vida es así.
***
El estudio de Isabel Allende tiene dos ambientes amplios y vista a la bahía de San Francisco. En este espacio, independiente de la casa principal, hay fotos familiares, dos escritorios donde reposa un diccionario Larousse español-inglés, un computador Mac sin conexión a internet, una máquina de escribir Underwood (la misma donde escribió La casa de los espíritus, cuenta), zapatos de bebés que pertenecieron a sus nietos y varias estanterías con libros. Unicamente libros que la dueña de este espacio ha reunido de traducciones de sus títulos, que le han hecho llegar de todo el mundo. Cientos de volúmenes que se exhiben como una galería de la fama de alguien acostumbrada -y algo aburrida- de la fama.
-Mira -escoge un libro al alzar-, acá dice Letonia, ¿sabes tú dónde queda Letonia? Yo no.
Esta mañana, Isabel Allende luce un chaleco fucsia, que combina con una falda negra y un conjunto de collares de lapislázuli y figuras de sirenas. Está arrellanada en un diván, de espaldas a una ventana que mira al mar, y a su lado está la perrita que ahora, en son de paz, merece ser llamada Dulce.
En este estudio hay dos grandes closets. En uno guarda el único ejemplar que conserva de la primera edición de La casa de los espíritus. Lo guarda en un pañuelo blanco y su interior está autografiado por los protagonistas de la película y la obra de teatro. En el otro armario están las cajas de plástico, donde guarda cientos de cartas que le ha hecho llegar su madre desde los días posteriores al golpe de Estado. La costumbre permanece hasta hoy, mediante una correspondencia de correo electrónico que fluye a diario entre ambas.
-Mi mamá es mi radar, me mantiene al día de lo que pasa en Chile, de las cosas importantes y de la chismografía. Pero la mayoría son cosas íntimas. El acuerdo que tengo con ella es que estas cartas no se van a publicar nunca, porque si no ella no se sentiría cómoda contando todo ni yo tampoco. Una se pone tan deslenguada, y “pela” y dice horrores.
Los libros de otros autores están dentro de la casa, en otro estudio, pero no son muchos. Ultimamente, Isabel Allende suele escuchar audiolibros en su auto. Y la mayoría de los libros que recibe terminan en manos de terceros, porque prefiere desprenderse de ellos.
-He aprendido a no apegarme a nada material, salvo las cartas de mi mamá… En la vida uno se da cuenta que viene a este mundo a perderlo todo, la salud, la juventud, los amigos, la familia. Mira tú a Harleigh. Aquí se dice let go. Soltar las cosas, dejarlas ir. Uno no se puede aferrar a nada.
***
Harleigh Gordon era un personaje protagónico de La suma de los días (2007), el libro autobiográfico en que Isabel Allende narró los dramas de su familia californiana. Dramas que son de terror o de culebrón venezolano, según el caso. En ese libro superventas, escrito tras el superventas Paula, la escritora habló de Jennifer, la hija desaparecida de Willie Gordon. De Sabrina, la hija de Jennifer, que nació con VIH y una parálisis cerebral y fue adoptada por una pareja de lesbianas. De Celia, la primera esposa de su hijo Nicolás, que un día lo dejó por la antigua asistente de la escritora, que a la vez era pareja de un hijastro de Gordon. Y sobre todo habló de Harleigh, quien al leer el manuscrito original se opuso a que su historia de adicciones fuera publicada.
Entonces ella eliminó lo que había escrito de él, a excepción de un retrato donde lo muestra como un “mocoso solitario y flaco, con anteojos gruesos y pelos desgreñados”, que arrastraba una temprana adicción a las drogas.
De cualquier modo, el testimonio de Harleigh no se perdió. Cuatro años después, en El cuaderno de Maya (2011), Allende lo rescató en voz de Maya Vidal, una joven adicta nacida en Berkeley, California, que termina encontrando un sentido de vida en Chiloé.
Harleigh nunca leyó ese libro, porque no estaba traducido al inglés y él no leía en español. La muerte lo sorprendió a un par de semanas antes de que apareciera la traducción de El cuaderno de Maya. Para el público lector, para esos 33 millones de consumidores que han comprado los libros de Isabel Allende, no era más que una historia de ficción. Ahora ya pueden darse por enterados del trasfondo. Y pueden saber que ese final feliz y redentor de La suma de los días ya no va más. A partir de lo ocurrido el antepenúltimo domingo de marzo, lo que parecía bien encaminado volvió a torcerse.
Era hora de almuerzo. La escritora y su marido estaban sentándose a la mesa cuando fueron interrumpidos por un llamado telefónico de la policía. Al llegar al departamento donde vivía Harleigh, a pocas cuadras de la casa de los Gordon, no pudieron ver el cuerpo. Siquiera entrar al departamento. Uno de los policías a cargo del procedimiento les dijo que el hombre había muerto de sobredosis de heroína. La prensa informó que en los últimos meses ha habido varios casos similares, víctimas de heroína negra. El informe de autopsia corroboró la versión.
***
-¿Tenía la sensación de que ya había tenido suficiente?
-No, no, no. Siempre creo que la vida depara sorpresas, y cuando uno está en la cúspide te viene el palo. Me ha pasado tantas veces. Cuando creía que mi vida iba encaminada, haciendo periodismo y televisión en Chile, viene el golpe militar. Ya está, exilio y todo lo demás. Luego, cuando escribí La casa de los espíritus, ese mismo día que regresamos de España de lanzar el libro, a mi (primer) marido en Venezuela lo estaba esperando su socio para anunciarle que habían quebrado. Luego, cuando vine acá, cuando todo estaba perfecto, el mismo día que presentaba El plan infinito en España, en un cóctel con Antonio Banderas, llegó Willie para avisarme que la Paulita estaba en el hospital. Entonces, cuando uno cree que está arriba, que todo está perfecto, pasan cosas. Así es que estoy preparada para imprevistos, de lo malo y de lo bueno.
-¿Y este era uno de esos momentos buenos?
-Muy bueno, demasiado bueno para que durara (sonríe). Pero mira, no podemos quejarnos porque tenemos una vida que… es cierto, pasan cosas, pero es una vida movida, con éxito, con amigos, con cariño, con una relación matrimonial estupenda.
-Y Lindsay, el otro hijo de William, ¿qué es de él?
-Ese no se ve muy bien. Estaba en el funeral, se veía pésimo, de la edad de Willie, envejecido. Yo creo que está usando drogas. Lindsay ha pasado la mitad de su vida preso, no debería haber estado preso nunca, porque no es una persona violenta que haya cometido crímenes, pero en este país te meten preso por marihuana. El no vivía en esta área, nunca perteneció a la “tribu”. No así Harleigh.
-¿Con él sí tuvo una relación?
-Claro, lo conocí cuando él tenía 10 años, cuando llegué a vivir con Willie, y empezó todo el problema de las drogas desde muy chiquito. En algunos períodos que usó heroína, en que andaba vagando por la calle, no lo vi. O lo veía muy poco. Pero en los últimos años estaba bien, estuvo cerca. Su padre lo mantenía con diferentes pretextos, que la depresión, que estaba haciendo una película que nunca salió… En fin, siempre había una disculpa para no trabajar.
-Qué difícil.
-Uf, difícil. Pero una acepta ciertas cosas que no puede cambiar. Yo pensaba siempre que a Sabrina, la nieta de Willie, íbamos a tener que mantenerla. Nadie pensaba que iba a vivir, pero esa niña tiene ahora 18 años, está en silla de ruedas y estudia Derecho en la universidad. Es la más fuerte y hábil de todos mis nietos. Willie está muy orgullosa de ella.
***
Willie Gordon tiene su estudio de abogado en Sausalito, una pequeña ciudad costera y turística, en que sus habitantes lucen gorras de pescadores y autos en cuyos tapabarros traseros se leen cosas como “Mi perro es mi copiloto”. De Sausalito a San Rafael no hay más de 20 minutos en auto. Y Gordon, que está jubilado, se traslada a diario hasta esta casona antigua donde lleva los asuntos legales de su esposa, además de escribir.
Porque hace siete años, el esposo estadounidense de Isabel Allende descubrió que también tenía algo que decir en la literatura. Debutó con un libro de policiales ambientado en el barrio chino de San Francisco y ese libro tuvo éxito y fue traducido a siete lenguas.
Desde entonces ha persistido en el género. Esta semana de fines de marzo lanza su sexta novela, Fractured lives, que vuelve a tener de protagonista a un aspirante a investigador privado, que se gana la vida como vendedor de anuncios de periódicos. William Gordon tiene su público lector. Un público al que, admite, difícilmente hubiera accedido de no ser por su vínculo con la escritora chilena.
Desde su despacho de trabajo, en perfecto español, William Gordon se calza un sombrero y dice:
-Yo siempre digo que soy Willie Who. ¿Quién me conoce a mí? Aquí hay una sola reina.
En el despacho de Willie Who hay una foto enmarcada de un joven y lozano Harleigh Gordon. También de su hijastro Jason, medio hermano de Harleigh, que pese a no ser su hijo sanguíneo, lo considera como tal. Incluso, más que a los otros tres. Jason es periodista, vive en Nueva York y es el único que no le ha dado problemas. Más bien lo contrario. La foto muestra a Jason de toga y birrete, en una ceremonia de graduación.
El padre de Harleigh se había hecho a la idea de que tendría que mantener de por vida a su hijo menor. Pero no a que moriría tan pronto y menos de esa forma. Pensaba que estaba rehabilitado, que había vuelto a encaminarse. Por eso su padre dice que, además de dolido, está enojado. Muy enojado.
-Ese cabrón. Cómo se fue a morir ese cabrón.
***
Un año atrás, Isabel y William comenzaron a escribir un libro. Fue una idea de Carmen Balcells, la agente literaria de ella, que tuvo la ocurrencia de que ambos podían crear un excelente policial a cuatro manos. En el papel la idea pudo ser buena, pero llevada a la práctica no duró más que una mañana.
-Muy pronto nos dimos cuenta de que era imposible, que jamás íbamos a ponernos de acuerdo. Yo escribo en español y él en inglés. Yo tengo una capacidad de concentración de 11 horas y él, de 11 minutos. Fue un desastre. Nos peleamos a muerte y dije: “No, esta cuestión no puede seguir así”.
Isabel Allende sigue arrellanada en el diván de su escritorio, acompañada por Dulcinea. Bebe un sorbo de té y explica que, pese al traspié inicial, siguió adelante sola con un proyecto al que ya puso punto final. Lo tituló Ripper, y está inspirado en un juego de mesa del mismo nombre al que acostumbran jugar sus nietos. De hecho, los protagonistas son muchachos jóvenes que se adelantan a los hallazgos de la policía en un caso de asesinato en serie.
La escritora está feliz con el resultado, también su agente y su editorial, pero el proceso no fue fácil. Antes de escribir, tuvo que conocer de medicina forense y leer novelas policiales. Un género que le era ajeno.
-¿Cómo es un policial de Isabel Allende, cómo resultó?
-Lo que dijo el lector crítico en España, que es el que informa a Carmen (Balcells), es que era una novela policial sumamente complicada, un thriller, pero con mi voz.
-¿De qué manera se preparó para escribir algo así?
-Tuve que ponerme a leer un poco de novela policial y ver películas. También, fui a una conferencia de escritores de novelas policiales, donde aprendí una brutalidad y me enteré de dónde puedo sacar las fuentes de información. Por ejemplo, cómo se hace una autopsia.
-¿Qué libros leyó en concreto?
-Ya ni me acuerdo. Ahí hay pilas de libros que tuve que leer. Pilas.
-¿Y de todo eso, qué es lo que más le atrajo y le dio sentido?
-Lo que más me atrajo es plantar las claves e ir creando un puzzle en que todas las piezas están ahí, pero el lector no ve cómo ponerlas juntas hasta la última página. Me encantó, fue como un juego. Me divertí mucho, pero para una vez nomás. No volvería a hacerlo.
***
No ha sido sólo la muerte de Harleigh. La disolución de la “tribu”, la partida de los nietos. Tiempo atrás, por un accidente automovilístico en el Golden Gate, la madre adoptiva de Sabrina quedó en silla de ruedas.
-Ahí está ella en una foto conmigo -la escritora apunta hacia una imagen sobre una estantería-. Una mujer maravillosa, médico pediatra, que se estaba preparando para subir el Everest... De todo ha pasado, de todo.
Las tragedias y la edad van marcando un nuevo ritmo en la vida de Isabel Allende.
-Nosotros hemos entrado en otra etapa. Yo tengo 70 años; Willie, 75. Somos los viejos de la “tribu” y estamos entregados a nosotros, a escribir, a una vida bien callada. Por ejemplo, yo puedo estar en un escenario y tener dos mil personas adelante, pero un cóctel con más de ocho, no. Me da lata la conversación banal, la gente con la que no tengo ninguna relación. No me interesa conocer más gente.
-En ese sentido, ¿cómo ha variado su relación con la escritura?
-Este año ha sido distinto. En general, me encierro a trabajar los primeros meses del año y trabajo 10 horas diarias. Pero entre que me duele la espalda por estar sentada mucho rato, entre que se fueron todos los niños, entre que mi mamá necesita tal o cual cosa, he estado trabajando menos. Me tomé este año con calma y estoy escribiendo otro libro, pero lento, no lo voy a terminar hasta diciembre.
El libro que prepara y que saldría después de Ripper, en un par de años, es una novela de amor de una pareja de ancianos. “Una historia de amor interna, pequeña, íntima, que nunca antes había escrito”, dice.
Podría estar inspirada en Amour, la película de Michael Haneke, pero la escritora dice que la empezó “mucho antes” de saber que esa película existía. Y que es algo distinto.
Mediodía en La casa de los espíritus. Su dueña ofrece vino, quesos, ensaladas. En unos minutos tiene una entrevista telefónica con un periódico en Inglaterra. La primera de varias con que promocionará la traducción al inglés de El cuaderno de Maya. A estas alturas no es algo que haga con muchas ganas. Tampoco ir a conferencias y lanzamientos y firmas de libros. Lo hace porque está en su contrato. Y porque aún considera necesario “crear ese murmullo” que despertará el interés de críticos y lectores. Parafraseando a Bartleby, ella dice que preferiría no hacerlo.
Isabel Allende despide a este reportero y al fotógrafo en la puerta de su casa. Dulcinea lanza un último ladrido y le vale otra reprimenda.
-¡Cállate, perra! -dice su ama y cierra la puerta.

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