miércoles, 24 de abril de 2013

Fundamentos teológicos del
Diálogo Interreligioso 

            Ya aclaramos qué entendemos por diálogo en general y qué es el más específico diálogo interreligioso. Este último quedó mucho mejor delineado y delimitado, puesto en su justo lugar, con la distinción clara entre diálogo interreligioso y anuncio. Al mismo tiempo removimos el peligro de que se confundieran ambos elementos de la evangelización, de lo cual se seguiría detrimento para ambos.

            Pero ahora tenemos que hacernos preguntas que van más al fondo de la cuestión del diálogo interreligioso.

            En todo diálogo debe haber una plataforma común mínima indispensable para que el diálogo sea factible. ¿Puede haber algo en común entre la religión cristiana católica en la que la respuesta a todos los interrogantes y el principio de salvación es sólo Cristo, y otras religiones que buscan respuestas a sus interrogantes, incluido el de la salvación, y creen encontrarlas en doctrinas y ritos que prescinden totalmente de Cristo? La cuestión es seria y ardua. Y sin embargo, la Iglesia piensa que sí existe esa plataforma común que posibilita el diálogo entre la religión cristiana y las otras religiones: “El Papa [Juan Pablo II] recordó los principales elementos que constituyen en su conjunto la base teológica para una aproximación positiva a las otras tradiciones religiosas y a la práctica del diálogo interreligioso.
Antes que nada, está el hecho de que toda la humanidad forma una sola familia, basada en un origen común, puesto que todos los hombres y mujeres han sido creados por Dios a su imagen. Paralelamente, todos están llamados a un destino común, que es la  plenitud de vida en Dios. Además, el plan divino de la salvación es único y su centro es Jesucristo quien, en la encarnación, ‘se ha unido en cierto modo con todo hombre’ (cf. Redemptor Hominis, 13; Gaudium et Spes, 22). En fin, hay que mencionar la presencia activa del Espíritu Santo en la vida religiosa de los miembros de las otras tradiciones religiosas”[1].

            De tal manera que tres son las realidades que fundan la posibilidad del diálogo entre la religión católica y las demás religiones no cristianas: a) El origen y el fin común que tienen todos los hombres. Ese origen y fin común de todos los hombres es Dios; b) La universalidad de la salvación ofrecida por Dios en Cristo; c) La presencia real y operante del Espíritu Santo en el corazón de los miembros de otras religiones y en los sistemas mismos que constituyen las religiones. Consideremos cada una de estas realidades.

II.1 Origen y fin común de la humanidad

Aunque los miembros de otras religiones perciban a Dios de manera diferente a la nuestra, y aunque lo busquen por caminos que no son los nuestros, y aunque ellos no lo lleguen a captar en toda su dimensión, tenemos todos el mismo origen, pues todos los hombres pueden decir con S. Agustín: “Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta encontrarte a ti”[2]. El anhelo último del corazón de todos los hombres, aunque no lo distingan con claridad, es Dios. Esto es así porque el fin último de todos los hombres, y por lo  tanto también su felicidad, es Dios, el único Dios verdadero.

            Ese origen y ese sentido de la existencia, es decir, esa tendencia hacia Dios como fin último, inscrito en el corazón de todos los hombres es una de las realidades que legitiman el hecho de que yo, católico, pueda sentarme a dialogar sobre religión con miembros de una religión no cristiana.

II.2 Universalidad de la salvación

Ya desde el inicio del libro del Génesis se abre la perspectiva de salvación para todos los hombres. El así llamado protoevangelio (Gén. 3,15) es muestra de ello: el linaje de la mujer (Cristo, según los Santos Padres) destruirá el poder del que hizo perder al hombre, y así será el hombre, genéricamente tomado, es decir, la humanidad, la que triunfe y se salve.

            También la alianza con Noé es una alianza de salvación pactada con toda la humanidad (Gén. 9,9-17). “Esto demuestra que hay una sola historia de salvación para toda la humanidad”[3].

            El pueblo elegido, descendiente de Abraham, “en quien serán bendecidos todos los linajes de la tierra” (Gén. 12,3), fue desarrollando cada vez más su conciencia de que Yahveh es el único Dios verdadero. Esta conciencia lo llevó a considerar que solo Él puede salvar y que, por lo tanto, solo hay una salvación para todos los pueblos de la tierra: la salvación ofrecida por Yahveh. Continuamente los profetas, especialmente Isaías, hablarán de esta perspectiva universal de la salvación de Yahveh (Is.2,3; 49,6; 52,10; etc.). Isaías expresa esta perspectiva mediante la imagen de una calzada que, atravesando Israel, lleva de Egipto a Asiria, subrayando que Dios bendice tanto a Israel como a Egipto y a Asiria (cf. Is.19,23-35).

            En el Nuevo Testamento la dimensión universal de la salvación se acentúa aún más. Jesús no excluye a nadie de la salvación (cf. Mt.8,10; Lc.7,9, el centurión romano; Mt.15,21-28; Mc.7,24-30, la mujer siriofenicia). El templo de Jerusalén, corazón del pueblo y la religión judíos, ya no será más el lugar de la adoración del Dios verdadero, sino que ahora ese templo será el mismo Cristo, su cuerpo (cf. Jn. 2,21), en el que todos los hombres, sean del linaje que fueren, podrán adorar al único Dios “en espíritu y en verdad” (Jn. 4,23). Incluso Jesús anuncia explícitamente la entrada de los gentiles en el Reino de Dios (Mt. 8,10-11; 11, 20-24; 25,31-32.34). El deseo explícito de Cristo que “todas las naciones” accedan a la salvación queda de manifiesto en la misión universal dada a sus discípulos antes de ascender al cielo (Mt. 28,19-20; Mc. 16,15-16; Lc. 24,47).

            Esta apertura universal de la salvación en Cristo se convertirá en principio-guía y en praxis pastoral para la naciente Iglesia, como queda evidenciado en el libro de los Hechos (cf. Hech.10,1-11,18; 13,44-49; 14,8-18; 17,22-34; etc.). Y S. Pablo dice: “Dios, nuestro salvador (...), quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús” (1Tim.2,3-5). Notemos que la voluntad salvífica de Dios no tiene límites, pero va unida a otra voluntad, a la del hombre, que debe desear conocer la verdad, es decir, adherirse a la fe en Cristo[4].

Si bien, en un primer sentido, la universalidad de la salvación ofrecida por Jesús se basa en que su mensaje y su obra están dirigidos a todos los hombres, sin embargo, esta universalidad de la salvación en Cristo es, de algún modo, previa a la emisión de su mensaje, a su obra en la tierra y a la acogida de su mensaje por parte de los fieles. Algunas de las razones para afirmar esto son las siguientes[5]: a) En primer lugar, todo cuanto existe ha sido hecho por medio de Cristo (cf. 1Cor.8,6; 1,3.10; Heb.1,2). Según Col.1,15-20 todo ha sido creado en Él y mediante Él, y todo camina hacia Él. Esta causalidad de Cristo en la creación de todo exige de alguna manera que la salvación que Él viene a dar con su encarnación y muerte en cruz abrace también a la creación entera. Si todo ha sido creado por Él y para Él, la salvación que Él da no puede restringirse a solo un ámbito de la humanidad. Esta relación se hace más notoria al poner en relación estas dos expresiones: “Él es...el Primogénito de toda la creación” (v. 15) y “el Primogénito entre los muertos” (v. 18); es decir, Él es el origen de la creación y el origen de la re-creación, que queda consumada con su resurrección de entre los muertos. “En la segunda primogenitura alcanza la primera todo su sentido”[6]. Quiere decir que, de alguna manera, el hecho de que todo haya sido creado por Él y para Él estaba ordenado a la salvación que iba a ofrecer a través de su misterio pascual, y en ese misterio alcanza su cúlmen y su explicación final su mediación en la creación.

b) También el paralelo paulino entre Adán y Cristo (cf. 1Cor.15,20-22.44-49; Rom.5,12-21; también GS, 22) nos habla de una universalidad de la salvación ofrecida en Cristo. Si Adán, como primer hombre y primer pecador, es origen de toda la humanidad y origen de la solidaridad de todos los hombres en el pecado, también Cristo, Nuevo Adán, deberá ser raíz de salvación y nueva humanidad para todos los hombres.

c) “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido (...) con todo hombre”. Esta afirmación de GS, 22 es una idea clave de la cristología de San Pablo[7] que se repite con frecuencia en los Santos Padres. La parábola de la oveja perdida (Lc.15,4-7) hace referencia también a esta verdad. La oveja representa a toda la humanidad, el pastor la pone sobres sus hombros, es decir, en su divinidad. “Habiendo tomado sobre él esta oveja, la hace uno con él” (S. Gregorio de Nisa). En la asunción de la naturaleza humana por parte del Verbo queda redimida y, por lo tanto, salvada toda la humanidad.

                d) Cuando Dios plasmó a Adán del barro, pensaba ya en Cristo que se debía encarnar. Este pensamiento que ya está en los Padres es el que hace decir a GS, 22 que “el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado”. Es lo que llamamos la dimensión cristológica de la imagen. Todo hombre ha sido hecho a imagen de Cristo y por lo tanto, todo hombre encuentra su explicación última sólo en Él. Por eso todo hombre debe tender a conformarse a esa imagen, so pena de no llegar a realizarse plenamente como ser humano. Así las cosas, debe haber en todo hombre una cierta disposición interna hacia Cristo y su obra de salvación.

            Por todo esto podemos decir que “la convicción de que Dios está preparando efectivamente a todos los hombres para la salvación funda el diálogo de los cristianos con los hombres religiosos de creencias diversas”[8].

II.3 La presencia del Espíritu Santo: las ‘semina Verbi’

            Existencia de las ‘semina Verbi’

La tercera realidad teológica que funda el diálogo con los no cristianos el Papa la expresa diciendo que consiste en una presencia activa del Espíritu Santo en los no cristianos. ¿Qué entiende el Papa Juan Pablo II por presencia activa del Espíritu Santo? La respuesta clara e inequívoca está en RM, 28 que, junto con el n. 29, tiene como encabezamiento el título El Espíritu está presente y operante en todo tiempo y lugar; dice el Papa: “El Espíritu se manifiesta de manera particular en la Iglesia y en sus miembros; sin embargo, su presencia y acción son universales, sin límites ni de espacio ni de tiempo. El Concilio Vaticano II recuerda la obra del Espíritu en  el corazón de cada hombre mediante las ‘semillas del Verbo’, también en las iniciativas religiosas, en los esfuerzos de la actividad humana encaminados a la verdad, al bien y a Dios” (cursiva nuestra).

De manera que esa presencia activa, ese estar presente y operante del Espíritu Santo en la vida religiosa de los miembros de otras religiones, se da concretamente por las así llamadas semina Verbi, las semillas del Verbo.

            Pero es necesario tener muy en cuenta que “la presencia y la actividad del Espíritu no tocan solo a los individuos, sino también  a la sociedad y a la historia, los pueblos, las culturas y las religiones”[9]. Es decir que esas semina Verbi no se hallan plantadas solamente en el corazón de los individuos religiosos, sino también en los mismos sistemas religiosos[10].

            ¿Cómo siembra el Espíritu Santo estas semillas del Verbo? Lo hace sin límites ni de espacio ni de tiempo, incluso fuera del organismo visible de la Iglesia, más allá de los confines visibles del Cuerpo Místico. Dice el Papa Juan Pablo II: “El Concilio [Vaticano II] dirá que el Espíritu Santo obra eficazmente también fuera del organismo visible de la Iglesia (cf. Lumen Gentium, 13). Y obra precisamente sobre la base de estos semina Verbi[11]. El documento Diálogo y Anuncio se hace eco de estas enseñanzas del Papa: “El Papa reconoce explícitamente la presencia operante del Espíritu Santo en la vida de los miembros de las otras tradiciones religiosas, como cuando afirma en la Redemptor Hominis que ‘la firme creencia’ es ‘efecto del Espíritu de verdad, que actúa más allá de los confines visibles del Cuerpo místico’ (n.6)”[12].

            El Espíritu Santo tampoco se deja limitar por el tiempo para sembrar estas semina Verbi. S. Ireneo afirma que en todos los momentos de la historia el Logos ha estado junto a los hombres; por eso, incluso, los efectos de la encarnación del Verbo de algún modo se han anticipado[13]. Por esta razón para S. Justino desde siempre han existido hombres que han vivido de acuerdo con el Logos, y en este sentido siempre ha habido cristianos[14]. Y S. Agustín “en sus últimas obras destaca la presencia y la influencia universal del misterio de Cristo, incluso antes de la Encarnación (...). Así el cristianismo, en cierto modo, existía ya ‘al comienzo de la humanidad’”[15].

            Muchas veces el Espíritu Santo ha sembrado semillas del Verbo constituidas por sistemas enteros verdaderos y buenos, tomados en su conjunto, por ejemplo, la filosofía griega. Según S. Justino la filosofía griega siguió con fidelidad la guía de la razón, y por ese motivo es participación del Logos, del Verbo. Por eso, a través de esa filosofía que fue fiel a la razón, todo el género humano ha participado de alguna manera del Logos[16]. Según S. Clemente de Alejandría esa siembra que ha efectuado el Espíritu Santo “ha hecho que partes diversas de la verdad estén entre los griegos y entre los bárbaros, en especial en la filosofía considerada en su conjunto”[17]. E incluso, para el mismo Clemente, Dios dio la filosofía a los griegos como una alianza y un pedagogo que habría de conducir el espíritu griego hacia Cristo[18].

            Consideraciones análogas podemos hacer respecto al derecho romano, a la literatura griega y a la literatura latina. Es importante notar que se trata de estas realidades tomadas en su conjunto, ya que poseen muchos particulares que no están en la misma línea del Logos, sino que más bien son lacras que alejan de Él. Por eso S. Clemente de Alejandría se apresuraba a aclarar que junto a esas semillas de verdad no han faltado las semillas de cizaña, y los Papas Pablo VI y Juan Pablo II hablan de lagunas, insuficiencias y errores. Enseguida hablaremos más detenidamente de este aspecto.

            Hay que ser plenamente concientes que el Espíritu que ha sembrado estas semillas de verdad “es el mismo que ha obrado en la encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y obra en la Iglesia”[19]. “Es siempre el Espíritu el que actúa sea cuando vivifica la Iglesia y la empuja a anunciar a Cristo, sea cuando siembra y desarrolla sus dones en todos los hombres y los pueblos, guiando a la Iglesia a descubrirlos, promoverlos y acogerlos mediante el diálogo”[20]. Por eso a “la acción universal del Espíritu no hay que separarla de la acción peculiar que Él despliega en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia”[21]. “Nadie puede decir algo verdadero sino movido por el Espíritu Santo, que es Espíritu de Verdad”[22].

            ¿Qué son las ‘semina Verbi’?

            Pero, ¿qué son concretamente estas semina Verbi? En los individuos son ideas, pensamientos, convicciones, deseos, decisiones, esfuerzos, iniciativas verdaderos, buenos o bellos, o encaminados a la verdad, al bien o a la belleza, en definitiva, a Dios.

            En las religiones o tradiciones religiosas son creencias, concepciones filosóficas o religiosas, convicciones, doctrinas, preceptos morales, ritos verdaderos, buenos o bellos, o encaminados a la verdad, al bien o a la belleza, en definitiva, a Dios.

            Son semillas de verdad “capaces de ayudar a las personas, de forma individual y colectiva, a actuar contra el mal y a servir a la vida y a todo lo que es bueno”[23] Para decirlo con las mismas palabras de S. Pablo, es semilla del Verbo “todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio” (Flp. 4,8), provenga de donde proviniere, pues si realmente tienen esas características, sin duda alguna provienen del Espíritu Santo.

Un ejemplo de una semilla del Verbo en un campo extraño al Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia lo podemos tomar de lo afirmado por Juan Pablo II acerca de un aspecto de las religiones africanas y asiáticas: “Las religiones de tipo animista (...) ponen en primer plano el culto a los antepasados. Parece que quienes las practican se encuentren especialmente cerca del cristianismo (...). ¿Hay, quizá, en esta veneración a los antepasados una cierta preparación para la fe cristiana en la comunión de los santos, por la que todos los creyentes –vivos o muertos- forman una única comunidad, un único cuerpo? La fe en la comunión de los santos es, en definitiva, fe en Cristo, que es la única fuente de vida y de santidad para todos. No hay nada de extraño, pues, en que los animistas africanos y asiáticos se conviertan con relativa facilidad en confesores de Cristo, oponiendo menos resistencia que los representantes de las grandes religiones del Extremo Oriente[24]. También Juan Pablo II identifica con precisión un amplio abanico de ‘semillas del Verbo’ sembradas entre los pueblos de Asia : “Los pueblos de Asia se sienten orgullosos de sus valores religiosos y culturales típicos, como por ejemplo: el amor al  silencio y a la contemplación, la sencillez, la armonía, el desapego, la no violencia, el espíritu de duro trabajo, de disciplina y de vida frugal, y la sed de conocimiento e investigación filosófica. Aprecian mucho los valores del respeto a la vida, la compasión por todo ser vivo, la cercanía a la naturaleza, el respeto filial a los padres, a los ancianos y a los antepasados, y tienen un sentido de comunidad muy desarrollado. De modo muy particular, consideran la familia como una fuente vital de fuerza, como  una comunidad muy integrada, que posee un fuerte sentido de la solidaridad. Los pueblos de Asia son conocidos por su espíritu de tolerancia religiosa y coexistencia pacífica”[25].

            El nombre de ‘semina Verbi’

            ¿Porqué se llaman semina Verbi? En primer lugar, porque el Verbo es la luz de la verdad que ilumina a todo hombre (cf. Jn.1,9; 8,12), aún más, es la Verdad (cf. Jn.14,5); es también la Vida (cf. Jn.14,5), es decir, el bien por excelencia; como así también es “el resplandor de la gloria del Padre” (Heb.1,3), es decir, la belleza de Dios. De manera que todo cuanto de verdadero, bueno y bello hay en el mundo lo es porque participa del Verbo, lo es porque el Verbo le comunica, en la medida que la creatura lo puede recibir, su verdad, su bondad, su belleza. En otras palabras, se llaman ‘semillas del Verbo’ porque participan de algún aspecto del Verbo.

            En segundo lugar, se llaman semillas del Verbo porque tal es su estructura, tal es, podríamos decir, su ‘código genético’, que si se desarrollan coherentemente deben llegar a la verdad plena del Evangelio, deben ‘convertirse’ en Verbo. Así como la semilla de trigo crece obedeciendo a la ley que está inscrita en lo más íntimo de su naturaleza y se convierte en planta adulta de trigo, así también las semina Verbi deben crecer en dirección del Verbo, alcanzar la verdad plena del Verbo y convertirse en el árbol del Reino de Dios, en el árbol del Evangelio, donde todos los cansados del camino y sedientos de verdad, bondad y belleza encuentran refugio y saciedad (cf. Mt.13,31-32).

            Estas semillas deben madurar en Evangelio, deben madurar en Verbo. Ese es el sentido y la finalidad para los cuales fueron sembradas. “Cuanto de bueno y verdadero hay entre ellos [los que no conocen a Cristo], la  Iglesia lo juzga como una preparación del Evangelio y otorgado por quien ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida”[26]. “Cuanto el Espíritu obra en el corazón de los hombres y en la historia de los pueblos, en las culturas y religiones, asume un rol de preparación evangélica y no puede no tener referencia a Cristo, Verbo hecho carne por la acción del Espíritu ‘para obrar Él, Hombre perfecto, la salvación de todos y la recapitulación universal’”[27]. Esta convicción se hallaba firmemente enraizada en santos padres como S. Justino, S. Clemente de Alejandría y Eusebio de Cesaréa[28].

            Sus límites

            ¿Cuáles son los límites de estas semina Verbi? Estos límites están dados por el mismo nombre de semilla. En primer lugar, hay mucha diferencia entre la semilla y la planta adulta. Las semina Verbi no son el Verbo. En este sentido, aún siendo verdaderas, buenas y bellas, estas semillas del Verbo no reflejan la plenitud del Verbo, sino sólo un aspecto del Verbo; no reflejan toda la verdad, bondad y belleza que el Verbo es y puede comunicar, sino solo una parte de esa verdad, bondad y belleza. En base a estas semina Verbi hay una presencia del Logos, real, pero parcial. Son Logos, pero Logos en potencia, como la semilla de trigo es trigo en potencia; son lo que los Santos Padres llamaban el Logos seminal. Por eso, si bien el Espíritu las sembró con profusión aún antes del misterio pascual, sólo mediante la Encarnación la manifestación del Logos llega a su plenitud, como afirma S. Justino[29]. Y por eso también, según S. Clemente de Alejandría, sólo en Jesús se puede contemplar el Logos perfecto, la verdad entera[30].

            En segundo lugar, la misma naturaleza de la semilla exige que sea sembrada en un surco, o que caiga en la tierra donde va crecer, como en la parábola del sembrador (cf. Mt.13,3-9). Toda semilla dice relación necesaria a un terreno, en el cual será plantada y desarrollará sus potencialidades[31]. En el caso de estas semillas particulares de las que estamos hablando, las semillas del Verbo, el terreno está representado por creyentes no cristianos y por tradiciones religiosas y culturas no cristianas. De manera  que esas semillas están plantadas, están enterradas en un cuerpo, en un sistema lleno de errores, y por eso ellas mismas presentarán “lagunas, insuficiencias y errores”[32], y muchas de las doctrinas y preceptos que rodean esas semina Verbi discrepan en muchos puntos con lo que la Iglesia profesa y enseña[33].

            Ser concientes de esta realidad, es decir, de que en las religiones no cristianas hay muchas cosas buenas pero que “esto no implica necesariamente que en ellas todo sea bueno”[34], es absolutamente indispensable. Por eso Juan Pablo II dice: “En el encuentro de la Iglesia con las religiones mundiales es necesario el discernimiento de su carácter específico, es decir, del modo como se acercan al misterio de Dios salvador”[35]. “Una correcta valoración teológica de estas tradiciones (...), sigue siendo el presupuesto indispensable para el diálogo inter-religioso”[36].

            “Afirmar que las otras tradiciones religiosas contienen elementos de gracia no quiere decir, por lo demás, que todo en ellas sea fruto de la gracia. El pecado actúa en el mundo y, por eso, las tradiciones religiosas, a pesar de sus valores positivos, reflejan también los límites del espíritu humano que, a veces, es propenso a elegir el mal. Una aproximación abierta y positiva a las otras tradiciones religiosas no autoriza, pues, a cerrar los ojos ante las contradicciones que puedan existir entre ellas y la revelación cristiana. Cuando sea necesario, habrá que reconocer que existe incompatibilidad entre ciertos elementos esenciales de la religión cristiana y algunos aspectos de estas tradiciones”[37].

            Actitud del cristiano ante las ‘semillas del Verbo’

            Esta acción maravillosa del Espíritu Santo en las religiones no cristianas debería llenarnos de admiración. Muchas veces sucede lo contrario. La cantidad  y variedad de religiones en el mundo se presenta a menudo para muchos como un obstáculo en la búsqueda de Dios y una razón fuerte para abandonarse en el escepticismo[38]. Sin embargo, “en vez de sorprendernos de que la Providencia permita tal variedad de religiones, deberíamos más bien maravillarnos de los numerosos elementos comunes que se encuentran en ellas”[39].

            Por eso es que una mirada sobrenatural e incisiva con la incisividad del Espíritu Santo a todas las religiones de todo el mundo no debe llevarnos en primer lugar a la insatisfacción o incluso abatimiento que sigue a la constatación de cuán lejos estén de la doctrina de Cristo. La mirada debe ser otra, aquella que es propia de la Palabra de Dios, que es como espada de doble filo y que penetra hasta las divisiones del alma y del espíritu, hasta los tuétanos del hombre, de las culturas y de las tradiciones religiosas, y que debe saber captar, en primer lugar y como por cierta connaturalidad esas presencias del Verbo sembradas por el Espíritu Santo.

            Esta percepción que identifica con certeza (aunque no sin trabajo) la presencia del Verbo (“¡Es el Señor!”, Jn.21,7), y que rechaza con un movimiento casi reflejo la tentación de disgusto, de desaliento y de pesimismo ante las cosas que son no-Verbo, esta percepción, decía, es indispensable para el diálogo interreligioso, e incluso para el anuncio y la misión ad gentes.

            El pesimismo, tomado en su sentido etimológico, es aquella actitud espiritual que cree que las cosas pésimas prevalecen sobre las cosa óptimas. Y por eso las hace prevalecer en su espíritu; su inteligencia las percibe antes que a las cosas óptimas; su voluntad está ejercitada en disgustarse por ellas más que en gozarse de las óptimas, y su sensibilidad es un fiel reflejo de su inteligencia y su voluntad. Esta es la actitud contraria a la necesaria para acercarse a las religiones no cristianas. Y es, en definitiva, una lacra del hombre viejo, del hombre del pecado, porque la actitud contraria es la propia del hombre nuevo, la del hombre espiritual: “No os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de  vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm. 12,2). Y también: “Quiero que seáis ingeniosos para el bien y cándidos para el mal” (Rm. 16,19).

                Análogamente, la palabra optimismo, etimológicamente considerada, no tiene ninguna connotación negativa, pues expresa la actitud espiritual del que cree que lo óptimo prevalece sobre lo que no lo es, siempre. Esta palabra, así tomada, en definitiva no es otra cosa que una creación del lenguaje para expresar aquel  axioma evangélico de que el bien vence al mal, siempre: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn. 1,5); “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien” (Rm.12,21); “Diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum” (Rm. 8,28), es decir, “a los que aman a Dios todas las cosas les cooperan para el bien”; y S. Agustín agrega: “etiam peccata”, “también los pecados”.

                La palabra optimismo también puede hacer referencia a la actitud del que busca y quiere alcanzar las cosas óptimas. En este sentido esta palabra es eco de aquellas otras palabras evangélicas: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt. 5,48). El uso de la palabra optimismo como sinónimo de irreal o utopía no corresponde a la etimología de la misma.

                En este sentido, la alabanza mejor del que se esfuerza por rechazar la actitud pesimista y capta y se goza del bien será aquella de S. Pablo citando a Isaías: “¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien!” (Rm. 10,15; Is. 52,7).

            Esta mirada incisiva según el Espíritu Santo y esta percepción de las semillas del Verbo es la mirada y la percepción de Juan Pablo II y por lo tanto de la Iglesia, que se admiran, no tanto de la variedad de religiones, sino más bien de los numerosos elementos comunes que se encuentran en ellas.

            Un ‘misterio de unidad’ entre las religiones no cristianas y la Iglesia

            Ciertamente que, tratándose de elementos que son Verbo, serán necesariamente comunes con los elementos de la religión cristiana. Y si son comunes a los elementos de la religión cristiana, se establece entre ésta y las no cristianas un misterio de unidad. Esta expresión es la que usa Juan Pablo II en su alocución a la Curia romana después de la histórica Jornada mundial de oración en Asís, en 1986. El Papa concluye dicha alocución hablando de “un misterio de unidad” que se manifestó claramente en Asís, “a pesar de las diferencias entre las profesiones de fe”[40].

            El Papa habla de un elemento común fundamental en este misterio de unidad, que son las semillas del Verbo; y también habla de una raíz común, que es el Espíritu Santo y el Verbo[41]. Por eso es que se puede afirmar, como lo afirma el Papa, que en “la historia espiritual del hombre (...) entran en cierto modo todas las religiones”[42]. El Papa hace acá, igual que lo ha hecho la Iglesia a lo largo de los siglos, una teología de la historia. “La historia se convierte en historia de salvación en la medida en que Dios se manifiesta progresivamente y se comunica a la humanidad a través de ella”[43]. Es por eso que la Iglesia procura reconocer esas semillas del Verbo “para trazar (...) una especie de camino común”[44].

            Si bien las semina Verbi son el elemento principal y más significativo de este misterio de unidad, sin embargo él también está constituido por los otros dos elementos que son fundamentos del diálogo interreligioso: el origen y el fin común de todo hombre y la universalidad de la salvación ofrecida por Dios en Cristo que incluye esa misteriosa unión de todo ser humano con el Nuevo Adán y Recapitulador de todas las cosas.

            Estas afirmaciones son sumamente audaces, pero con la audacia del Espíritu Santo, fruto de la incisividad del Espíritu Santo. Sin embargo, queda todavía espacio para alguna audacia más, que brota del ser coherentes con lo recién afirmado.

            Si hemos logrado identificar un elemento fundamental común a todas las religiones que funda un misterio de unidad, ese elemento común fundamental debe estar provisto de capacidad de salvación, dado que es lo que se le pide a una religión: que me ponga en contacto con el Ser transcendente y que responda eficazmente a las inquietudes y respuestas últimas del ser humano. De aquí brota esta afirmación de Juan Pablo II: “El Espíritu Santo obra eficazmente también fuera del organismo visible de la Iglesia (cf. Lumen Gentium, 13). Y obra precisamente sobre la base de estos semina Verbi, que constituyen una especie de raíz soteriológica común a todas las religiones[45], es decir que las semina Verbi constituyen una especie de raíz de salvación común a todas las religiones.

            Esta es la razón por la cual la Iglesia trata de identificar estas semillas del Verbo, y éste es el fundamento que permite trazar una especie de camino común a todas las religiones. Podríamos decir que son ‘islotes de Evangelio’ en el mar de las religiones y constituyen algo así como un sendero de piedras seguras en un terreno impracticable que, si se obra con coherencia, desemboca inexorablemente en Jerusalén, en el Monte Calvario y en el Monte de los Olivos, donde Cristo derramó su sangre por todos los hombres y donde ascendió resucitado a los cielos.

          Es justamente en este misterio de unidad donde la Iglesia Católica quiere detener su mirada y poner el acento; es precisamente este misterio de unidad el que la Iglesia Católica quiere fortalecer hoy; es ésta justamente la actitud nueva que el Concilio Vaticano II ha impulsado; y aquí está la gran oportunidad que brindan los nuevos procesos de globalización, sin olvidar sus peligros y aspectos negativos: “En nuestra época, en la que el género  humano se une cada vez más estrechamente y aumentan los vínculos entre los diversos pueblos, la Iglesia considera con mayor atención en qué consiste su relación con respecto a las religiones no cristianas. En su misión de fomentar la unidad y la caridad entre los hombres y, aún más, entre los pueblos, considera aquí, ante todo, aquello que es común a los hombres y conduce a la mutua solidaridad”[46].
 

[1] DA, 27-28, cursiva nuestra para resaltar la precisión de los tres elementos. Cf. también CR, 25.
[2] SAN AGUSTÍN, Confesiones, I,1,8.
[3] DA, 19.
[4] Cf. CR, 29.
[5] Cf. CR, 34-39.46-48.
[6] CR, 35.
[7] Cf. BOVER, J.M., Teología de San Pablo, B.A.C., Madrid, 1967, p.17.61, etc.
[8] JUAN PABLO II, Testimoniar a Dios Padre..., n. 3, en op. cit., p. 3.
[9] RM, 28.
[10] En el n. 55 de la RM, el Papa vuelve a reafirmar esta verdad: “Dios (...) no deja de hacerse presente en muchos modos no solo a los individuos singulares, sino también a los pueblos mediante sus riquezas espirituales, de los cuales las religiones son la principal y esencial expresión, aún conteniendo ‘lagunas, insuficiencias y errores’”.
[11] JUAN PABLO II, Cruzando el Umbral de la Esperanza, Plaza & Janés Editores, Barcelona, 1994, p. 96.
[12] DA, 26.
[13] Cf. CR, 45.
[14] Cf. CR, 42.
[15] DA, 25.
[16] Cf. CR, 42.
[17] CR, 43.
[18] Cf. DA, 24, nota  7.
[19] RM, 29.
[20] Ibidem.
[21] Ibidem.
[22] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Super I ad Cor., 11, cap. 12, lec. 1.
[23] EAs, 15.
[24] JUAN PABLO II, Cruzando..., p. 97.
[25] EAs, 6.
[26] LG, 16.
[27] RM, 29.
[28] Cf. CR, 43-44; DA, 24; LG, 16.
[29] Cf. DA, 24 nota 7.
[30] Cf. CR, 43.
[31] Esta relación entre la semilla y el terreno es el tema fundamental de la parábola de Jesús recién mencionada, donde de la calidad del terreno dependerá la fructificación de la semilla (cf. Mt.13,18-23).
[32] RM, 55, que cita a PABLO VI, Discurso de apertura de la II sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, 29-IX-63, AAS 55 (1963); cf. también NA, 2; LG, 16; AG, 9; EN, 53.
[33] Cf. NA, 2
[34] DA, 30.
[35] JUAN PABLO II, El diálogo con las grandes..., n. 2, en op. cit., p. 3 (cursiva nuestra).
[36] DA, 14.
[37] DA, 31.
[38] El periodista italiano Vittorio Messori se hace fiel intérprete de esta inquietud moderna en la pregunta que formula al Papa en lo que debería haber sido una entrevista televisiva que finalmente se convirtió en un libro del Santo Padre: “Si el Dios que está en los cielos, que ha salvado y salva al mundo, es Uno solo y es El que se ha revelado en Jesucristo, ¿Por qué ha permitido tantas religiones?
   “¿Por qué hacernos tan ardua la búsqueda de la verdad en medio de una selva de cultos, creencias, revelaciones, diferentes maneras de fe, que siempre, y aún hoy, crecen en todos los pueblos?” (Cruzando..., p. 93).
[39] JUAN PABLO II, Cruzando..., p. 96-97.
[40] Cf. Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. IX, 2 (1986), p. 2019-2029; citado en DA, 28.
[41] Cf. JUAN PABLO II, Cruzando..., p. 93.95-96.
[42] JUAN PABLO II, Idem, p. 93.
[43] DA, 25.
[44] JUAN PABLO II, Cruzando..., p.96.
[45] JUAN PABLO II, Ibidem, (cursiva del Papa).
[46] NA, 1; cursiva nuestra. Se trata del párrafo que abre esta Declaración del Concilio Vaticano II.
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