viernes, 19 de abril de 2013

 El conocimiento según Maturana y Varela

Recientemente me vi empujado a explicar siquiera grosso modo qué entienden por conocimiento Maturana y Varela en atención a lo postulado por ellos desde su neurofilosofía aquí ya varias veces mentada, varias veces elevada al altar de la Verdad Suprema también.

Citaré partes de su libro (aquí reseñado) para asegurarme, también asegurarte, que no doy gato por liebre.

Hay que aclarar primeramente que desde su teoría de cómo opera el sistema nervioso no existe tal cosa como una representación del universo, no somos un ordenador, por lo que el enfoque que dan al lenguaje es diametralmente opuesto al típico de la filosofía analítica. Con esto quiero decir que para ellos no hay tal cosa como la Verdad ergo simplemente consideran que hay conocimiento (pág.115)cada vez que observamos una conducta efectiva (o adecuada) en un contexto señalado, es decir, en un dominio que definimos con una pregunta (explícita o implícita) que formulamos como observadores.

El criterio que ellos utilizan para decir que alguien tiene conocimiento es el buscar una acción efectiva en el dominio en el que será la respuesta. Se marca el contexto con una pregunta y es en ese contexto desde donde se espera una conducta efectiva.

Ellos ponen como ilustración la famosa anécdota del estudiante de físicas, en donde se revela que desde cierto punto de vista o mejor dicho, contexto de observación, el alumno reveló más de lo que se le pedía pero desde el contexto creado por la pregunta del profesor, su conocimiento no era válido.

Por lo tanto, el evaluar si hay o no conocimiento presente se da siempre en un contexto relacional en el que los cambios estructurales que las perturbaciones gatillan en un organismo (recordemos que el exterior no informa al ser vivo, sino que dispara un comportamiento determinado del mismo modo que una piedra no informa al agua que debe hacer ondas sino que esta las hace a razón de haber sido golpeada por la piedra) aparecen al observador como un efecto sobre el ambiente.

El qué espera un observador es lo que determina el haber o no conocimiento por lo que desde este punto de vista, toda interacción de un organismo, toda conducta observada, puede ser valorada por un observador como acto cognoscitivo, pág. 116:
De la misma manera , el hecho de vivir -de conservar ininterrumpidamente el acoplamiento estructural de un ser vivo- es conocer en el ámbito del exsistir.
Aforísticamente:
Vivir es conocer (vivir es acción efectiva en el existir como ser vivo).
Cuando un observador es capaz de describir las conductas interactivas habidas entre dos organismos como si el significado que él asume que ellas tienen para los participante determinasen el curso de tales interacciones entonces dicha descripción se ha hecho en términos semánticos y se llamará lingüística toda conducta que se da entre dos organismos, que se da en el acoplamiento estructural ontogénico entre organismos, que permita ser descrita por un observador en términos semánticos.

Se ve así que no sólo los humanos realizan conductas lingüísticas pero sí que éstos tienen un comportamiento lingüístico cualitativamente diferente y es que el obervador, aquel que necesitamos para la descripción semántica, puede ver que en los humanos las susodichas descripciones pueden ser realizadas tratando a otras descripciones como si fueran objetos o elementos del dominio de interacciones.

En otras palabras, en un ejercicio de recursividad, o autoreferencia, el propio dominio lingüístico pasa a formar parte del dominio lingüístico y es cuando se produce esta autorreferencia cuando aparece el lenguaje, surge el observador, y los participantes de dicho dominio lingüístico empiezan a operar en el dominio semántico porque son capaces de describir sus conductas en términos semánticos.

El lenguaje verbal no es en el fondo sino, en las propias palabras de Maturana, una coordinación conductual que coordina otra coordinación conductual. Para ellos, como para el segundo Wittgenstein, el mejor método de abordaje del lenguaje es el conductista. Cito un ejemplo de comunicación lingüística no verbal:
Supongamos que alguien necesita coger un taxi. Esta persona se encuentra en la calle, y los taxis que van en la dirección en que ella desea ir están ocupados, pero pasan algunos desocupados en dirección contraria. Al ver esto, esta persona hace dos gestos, uno después de otro. Primero, uno que constituye operacionalmente una llamada de atención. Si el conductor del taxi se fija en la persona, hará un segundo gesto congruente con el primero de ella, y ésta hará un gesto que apunta en la dirección que quiere ir. El primer gesto coordina a la persona con el conductor del taxi cuando éste responde, y el segundo gesto coordina la conducta de ambos con la primera coordinación. Al completarse el proceso se tienen no dos coordinaciones conductuales sucesivas solamente, sino que una coordinación conductual que coordina otra coordinación conductual. Quiero llamar su atención hacia este proceso en el que una coordinación conductual es coordinada por otra.
Osaré leer entre la líneas y postular que cualquier signo de inteligencia, en el simple sentido de capacidad para la comunicación mediante signos significantes, implica necesariamente una teoría de la mente que posibilite coordinaciones conductuales de coordinaciones conductuales de coordinaciones conductuales de coordinaciones conductuales de coordinaciones conductuales de creo que la idea ya se ha entendido.

Es en consecuencia nuestra previa capacidad para comprender el comportamiento de los demás lo que posibilita realizar una conducta lingüística con una dimensión semántica porque hay un cimiento cultural, psicológico, biológico incluso, creador de nuestros universales lingüísticos (el camino no es a la inversa como consideran los racionalistas), que es el que habilita nuestra capacidad intelectiva, también nuestra mutua comunicación, de forma que, como bien decía Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas:
Si un león pudiera hablar, no podríamos comprenderlo.

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