domingo, 9 de octubre de 2011

LA REFORMA Y LA URGENCIA DE UNA REFORMA




Alexander Cabezas Mora
Miembro del Núcleo de la FTL, Costa Rica y
Coordinador de Relaciones Eclesiásticas de Viva de América Latina

El 31 de octubre 1517 es la fecha que se conmemora la Reforma Protestante. Este hecho nos recuerda el gesto de aquel monje agustino, doctor en teología, Martin Lutero, quien luego de un proceso de reflexión y lucha interna, decidió exponer sus ideas. Su intención original era convocar a un debate teológico con los eruditos de su tiempo. ¡Estos fueron sus famosas 95 tesis!  Lo cierto es que Lutero jamás  imaginó que las verdades expuestas en esas cartillas, no solamente tendrían valor para el círculo académicos de ese entonces, sino que saltarían como bandadas de palomas puestas en libertad, impactando a todas las esferas de la iglesia y el pueblo, hasta nuestra actualidad.
Claro está, la reforma no inició con Lutero, fue  un proceso que empezó a gestarse siglos atrás por distintos movimientos conformados por hombres y mujeres disconformes con las influencias que dejó el imperio de Constantino.  Este hombre se había convertido al cristianismo y en el año 313  promulgó un edicto de tolerancia religiosa hacia los cristianos. 
Dichas acciones pronosticaban el cese de casi 300 años de persecución y el advenimiento a tiempos de paz; pero en realidad era el presagio de nuevas artimañas que amenazaban con desfigurar la identidad de la Iglesia.  Como reacción a esta alianza: “Iglesia e Imperio”, se empezó a notar cambios que en nada contribuyeron a fortalecer las bases del cristianismo; mientras la Iglesia se marchitaba por la corrupción interna.
De la sencillez del culto y de la comunión del partir el pan dentro de las casas, se trasladó a la construcción de edificios cada vez más lujosos y ostentosos, así como los vestidos y las mansiones de los líderes eclesiásticos, los cuales se aprovechan del pueblo que se hallaba sumido en la pobreza espiritual y material.  Y aquella iglesia perseguida por siglos, llamada a servir al pueblo, se volvió servil y perseguidora de aquellos que no comulgaban con sus ideales.
A través de la historia Dios mantuvo su remanente que subyacía con los despertares y movimientos teológicos y pastorales, los cuales cuestionaban el rumbo que había tomado la iglesia.  Claro está, esto implicó el señalamiento, la expulsión y hasta el martirio de algunos.  Este fue el caso de Juan Huss, quien nació cien años antes que Lutero y murió quemado en la hoguera anhelando ver una reforma en sus días. 
Razón tenía el filósofo humanista, Erasmo de Rotterdam, a pesar de mantenerse al margen de las ideas reformadoras y de la posición papista, no se reservó su indignación por criticar los abusos que se estaban dando en el seno de la Iglesia. 
La Reforma Protestante representó la suma de todos esos sueños y esfuerzos que marcaron un camino que permitió “desempolvar y abrir la Biblia”, para hacer una relectura en medio de un contexto de decadencia política, moral, ética y espiritual, para reclamar la gracia, la fe, la justicia y la libertad, verdades básicas presentes en las escrituras pero desconocidas en las manos de un pueblo ignorante a causa de sus mismos líderes.
A más de 493 años, es urgente seguir reflexionando con un ojo puesto en la historia pero con el otro en nuestro presente y preguntarnos ¿Qué tanto de ese “espíritu de Reforma” consistente, vivimos  hoy en día?
No es un misterio que atravesamos tiempos difíciles dentro de nuestros contextos cristianos. Prueba de ello lo notamos en la proliferación de diferentes corrientes que se han infiltrado, algunas con sigilo y otras abiertamente en nuestras congregaciones y muchas veces lo ignoramos. 
Es una vergüenza y un escándalo, escuchar por diferentes medios de comunicación, de líderes de distintas expresiones de la fe, basadas en el cristianismo, aprovechar sus envestiduras de poder para abusar de sus gremios y no solamente de forma emocional o espiritual, sino también sexual.  Lamentablemente quienes sufren son las personas más vulnerables como los niños o las niñas.  Lo triste son las exiguas denuncias no realizadas por el temor a ser señalados o para evitarse un juicio por parte de los “seudo ungidos”.
Hay una clara comercialización de un Dios que se ve en la estrechez de someterse a nuestros mandatos y pactos de siembra y cosecha, pues debemos “exigirle” que nos libre de la pobreza y de todos los males, siempre y cuando hagamos nuestras transacciones financieras.
De todo este discurso los más beneficiados sin duda alguna, son todos aquellos que están lucrando con la fe y se llenan los bolsillos a costa de la confianza del pueblo, aunque poco a poco empezamos a notar la disconformidad  y el desencanto del pueblo.  
La exaltación y casi endiosamiento, de algunas personas que dicen tener la exclusiva para hablar y ordenar en “nombre de Dios”.  Las famosas estrategias que promueven el manejo de la iglesia como si se fuesen micro o mega empresas y a sus  miembros como si se tratara de productos comerciales.  La edificación de  templos cada vez más lujosos e imponentes, que son presentados con orgullo como “estatus del respaldo divino”.
Creo firmemente que Dios bendice y es hermoso reconocer cuando el pueblo progresa de múltiples maneras pero cuando se promociona una provisión mediática y exagerada, producto de la manipulación, el engaño, el abuso y  falsas promesas, se está torciendo las verdades de la Palabra y en vez de honrar a Dios, nos estamos ganando su repudio.
De todo este analfabetismo bíblico y olvido significativo de la herencia de la Reforma, tenemos un camino y este es orar, estudiar con seriedad las verdades de la Palabra de Dios y así  levantar nuestra voz para  denunciar esta decadencia tanto moral como espiritual.
Para ello debemos aprovechar aquellos espacios que se nos abren para hacer un llamado claro y directo en nombre del Señor. 

Nuestras acciones deben estar dirigidas por el reto global que tiene la iglesia y al mismo tiempo debemos pedir para que el mismo Espíritu que contagió a los hombres y mujeres propulsoras de la Reforma, vuelva a manifestarse en la actualidad en todos aquellos y aquellas que anhelamos una comunidad de fe que busque exaltar a Jesús y su reino de justicia.