martes, 24 de mayo de 2011

La Iglesia no es significativa para la sociedad

Jaume Triginé
No decimos nada de nuevo si hacemos mención al hecho de que en los últimos años la iglesia, en su sentido más general e institucional se halla en crisis. Ciertamente, la situación de la iglesia, considerada a nivel mundial, no es homogénea; mientras que en continentes como Asia y África se vive una situación precristiana que conduce a muchas personas a la fe en Jesucristo, la situación en occidente es marcadamente postcristiana y de alejamiento de la fe por parte de muchos sectores sociales. En nuestro contexto occidental, el cristianismo está perdiendo influencia y es poco significativa para la sociedad. La desvinculación de la iglesia por parte de muchas personas es una realidad incuestionable. Si bien el desapego no es nuevo, su forma de expresarse es cada vez más evidente.
La espiritualidad del ser humano y la fenomenología religiosa que la acompaña parece seguir otros caminos: la religiosidad difusa del new age, el orientalismo, las formas esotéricas de búsqueda de sentido… Por otro lado, se incrementa el número de personas que se manifiestan ateas o agnósticas. El último sondeo realizado por Injuve, referido a la iglesia católica, del pasado noviembre, sólo un 10,3% de los jóvenes entre los 15 y los 29 años se manifiesta católico practicante, mientras que los no practicantes alcanzan ya el 44,8%. Los ateos, según el mencionado estudio superan el 9% y, si a este porcentaje se suman agnósticos e indiferentes, el porcentaje sobrepasa el 35%. Otros estudios, como el de la Fundación Santa María, elevan este porcentaje al 45%. Aunque las cifras están referenciadas a la sociología religiosa de un país de clara influencia católica, no dejan de ser significativas para el conjunto de las diferentes confesiones cristianas. Expertos en sociología de la religión hablan de una nueva oleada de secularización.
Sin duda el alejamiento del cristianismo en nuestros contextos viene dado por una multiplicidad de factores. No debemos, por lo tanto, plantear el tema del desapego religioso en términos reduccionistas ni simplistas. Las iglesias cristianas (católicos protestantes), paradójicamente, también ha contribuido a este distanciamiento a través de su institucionalización y dogmatismo y, fundamentalmente, por su dificultad en contextualizar el mensaje de Jesucristo a nuestra compleja realidad. Sin duda, todo ello puede explicar la indiferencia e incluso el rechazo social a la institución eclesial.
Son muchas las preguntas del hombre y de la mujer contemporáneos que no reciben respuesta y que, de recibirla, no suele ser suficiente ni adecuada a los nuevos escenarios sociales en los que nos desenvolvemos. ¿Dónde está la voz de la iglesia frente a las nuevas situaciones como la globalización, la inmigración, el fenómeno de la multiculturalidad, el choque de civilizaciones y el pluralismo religioso?
¿Tiene la comunidad creyente algo que decir acerca de la ocupación creativa y no alienante del tiempo libre? ¿Cuál es la orientación frente a los nuevos modelos de relación virtual que reducen significativamente las relaciones interpersonales y conducen al ser humano al aislamiento social?
¿Cuál es la orientación pastoral, exenta de radicalidad y de juicio, frente a las consecuencias derivadas de los temas bioéticos: estudio del genoma humano, aborto, clonación de embriones con fines terapéuticos...?
¿Cuál es la enseñanza frente a nuevas realidades como el testamento vital, la eutanasia o el suicidio asistido, sin caer en la condena fácil?
La falta de tantas contestaciones a las preguntas que el hombre hoy se formula, las respuestas de corte fundamentalista (en blanco y negro, sin matices), el juicio prematuro y sin análisis objetivo de los hechos, la simple opinión en lugar del criterio bien fundado, la incapacidad para dar razón de nuestra esperanza abordando aquello que preocupa al hombre contemporáneo, la ausencia de una presentación de la alternativa cristiana (en términos prácticamente contraculturales) a sus inquietudes… explica que muchos consideren la iglesia como un ente caduco que nada aporta a la complejidad del mundo actual y termine siendo objeto de crítica por parte de otros.
La iglesia no debería continuar invirtiendo tiempo y energías en planteamientos internos (tanto doctrinales como organizativos) que la sociedad en general ni considera. Con ello sólo se logra ampliar la distancia y la incomunicación entre la iglesia y la sociedad al dinamitarse los puentes de diálogo con las actuales formas culturales.

La Iglesia no es significativa para sus propios miembros
Si ciertamente es preocupante el hecho de que la iglesia haya dejado de ser significativa para muchos segmentos de la sociedad, adquiere tintes de auténtica paradoja cuando, en demasiados casos, deja de ser significativa para sus propios miembros al no responder a sus necesidades espirituales, emocionales y personales. La comunidad cristiana debe dar una respuesta holística al conjunto de las expectativas lícitas de sus miembros; en cambio, son muchos los creyentes que no lo perciben de este modo, instalándose en el desánimo y la apatía.
Experiencias frustrantes vividas en el seno de la comunidad, unido en ocasiones a rasgos de personalidad, está dando el resultados de un número excesivo de cristianos insatisfechos. Se mantienen en sus iglesias locales pero con sentimientos de inadecuación al no poderse identificar con la estructura cúltica, por falta de anclajes con su realidad cronológica o vital. Muchos no perciben elementos de practicidad, que les permitan su desarrollo, en muchas predicaciones demasiado alejadas, en contenido y forma, de su cotidianeidad.
Se está produciendo, asimismo, una especie de turismo eclesial consistente en visitar diferentes iglesias a la búsqueda de aquella que venga a satisfacer las necesidades personales y familiares. Es obvio que todo creyente tiene el derecho de encontrar aquella comunidad en la que pueda sentirse cómodo a la hora de adorar a Dios y con la teología que se predica. Ahora bien, en estos casos de búsqueda continuada existe el riesgo de, para terminar con la frustración que desencadenó el proceso, proyectar nuestros deseos y expectativas en la nueva comunidad a la que, inicialmente, no se percibe en su realidad objetiva sino desde el filtro de la proyección idealizada. Tarde o temprano el principio de la realidad se impone, reiniciándose el proceso búsqueda de una nueva comunidad como resultado de una nueva frustración.
Otros creyentes están tomando opción por lo que podríamos denominar nuevas formas emergentes de comunidadesmenos institucionalizadas. Entre otros modelos, están las llamadas iglesias sin templo, de estructura celular que desarrollan sus actividades cúlticas en espacios de todo tipo (salas de reuniones, gimnasios, garajes, granjas…) para procurar atraer a personas a espacios aparentemente más neutros (cabe recordar que no existe tal neutralidad, el espacio físico tiene su propia semiótica y también comunican su propio mensaje) sin la connotación religiosa de una iglesia. En este apartado se hallan, asimismo, las iglesias por las casas, cuya pretensión es la búsqueda de una forma más natural y menos institucionalizada de llevar a término la misión. Estos modelos emergentes nos generan muchas dudas en aspectos como el ejercicio del liderazgo, la formación transmitida, determinados énfasis doctrinales, su estructuración formal…
Antaño, estos procesos de búsqueda, a parte de aspectos sociológicos que siempre han tenido su peso a la hora de tomar una decisión, estaban muy determinados por el contenido de la predicación. Hoy, en muchos casos, el factor determinante es más subjetivo y tiene más a ver con la performance cúltica. Se observa como un concepto erróneo de renovación eclesial esta alterando el equilibrio entre la adoración, que va desplazando la exposición bíblica a unos mínimos, y la predicación que, al reducirse significativamente, no alcanza su función de desarrollo y crecimiento del creyente y de la comunidad,. El ser humano es una estructura emocional y cognitiva. Pero parece que actualmente, por influencia de algunos rasgos de la postmodernidad, adquieran primacía los aspectos emocionales (sentir, experimentar…) por encima de los reflexivos (analizar, considerar, evaluar…).
No considerar suficientemente el valor de la formación bíblica y teológica que proporciona la predicación mantiene a los creyentes en un nivel de inmadurez que puede comportar que sean fácilmente influidos por contenidos doctrinales y modelos eclesiales con discutible base bíblica. El descuido de la base teológica limita, asimismo, la capacidad para dar respuesta a cuestiones que preocupan a nuestros conciudadanos con una cultura religiosa de mínimos, pero que no aceptan respuestas o explicaciones simplistas.
La insatisfacción con la iglesia produce también cristianos sin pertenencia eclesial. Son aquellos que defraudados con la institución han tomado la decisión de salir de ella. Se consideran a sí mismos creyentes y seguidores de Jesús, pero su desencanto con la iglesia institución les ha llevado a vivir al margen de la misma. En una situación extrema se hallan los que han abandonado el camino de la fe y no tienen ninguna dificultad en manifestarse como indiferentes en materia religiosa, agnósticos o ateos

Una reflexión final
Nuestro tiempo es un tiempo de profunda secularización. Muchos de nuestros conciudadanos no suelen manifestar inquietudes religiosas. Otros han tomado otros caminos espirituales de corte postmoderno. En otro orden de cosas, es triste constatar como la iglesia centrifuga a algunos de sus miembros. Como siempre, de nuevo, corresponde a la iglesia interpretar los signos de los tiempos; para ello deberemos preguntarnos por qué sucede lo que sucede y deberemos plantearnos qué caminos de renovación tendremos que emprender. De nuevo tendremos que estar atentos a lo que el Espíritu dice a las iglesias para que el mensaje de las buenas nuevas del Reino de Dios vuelva a ser significativo para unos y otros.

tomado de www.lupaprotestante.cl
Barcelona, mayo del 2011