lunes, 13 de agosto de 2018

EN EL ANIVERSARIO 97 DE SU NACIMIENTO

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ERNEST FRIEDRICH SCHUMACHER:  LO PEQUEÑO ES HERMOSO

Víctor Rey

Descubrí la economía budista cuando cayó en mis manos el libro, “Lo pequeño es hermoso”, del economista E. F. Schumacher. Este libro lo leí, cuando estaba estudiando Ciencias Sociales en la Universidad Alberto Hurtado, en Santiago de Chile, allá por el año 1988, en uno de los cursos de Economía.  Es uno de los 100 libros más influyentes desde la Segunda Guerra Mundial. Me atrajo de inmediato su título, que ya decía mucho de su contenido y me ayudó mucho para entender la economía y poder apreciar esta ciencia desde una perspectiva más amigable y no tan técnica como se suele presentar.  También a adentrarme en la filosofía budista y su propuesta económica.  Schumacher nació en Bonn, Alemania en 1911 y falleció el 4 de septiembre de 1977 en Suiza.
Schumacher visitó Birmania como miembro del consejo de carbón británico para aconsejar al país en la adopción de un crecimiento al estilo oriental. Tras pasar un tiempo conociendo las costumbres del país, y estudiando sus máximas, se dio cuenta de que la economía occidental podría incorporar ideas del budismo para promover un crecimiento más sostenible y respetuoso con la naturaleza, que a la vez pudiese brindar al ser humano el completo desarrollo de sus facultades.
Una de las propuestas que me resulta más interesante es la economía budista, sobre todo porque tiene en cuenta las necesidades humanas y sus limitaciones, proponiendo un control sobre el ansia de querer siempre más. La finalidad es alcanzar un verdadero desarrollo del ser humano en todas sus dimensiones, como ser individual cuya acción va mucho más allá del mero consumo, que actúa en comunidad y se hace responsable de su entorno.
La economía occidental se centra en el interés individual. En cambio la economía budista desafía este concepto con la idea de la inexistencia de un ego permanente. Esto quiere decir que todo lo que uno percibe con sus sentidos trasmite una falsa idea de un “yo” inherente y real. Esto deriva inevitablemente en que se desarrolle una idea de “lo mío”, siendo esta la base del comportamiento egoísta.
El egoísmo no se considera producto de la maldad sino que es un error consecuencia del desconocimiento de la esencia real de las cosas. Es por esto que el ser humano tiene que desapegarse de este sentimiento. La economía basada en el interés personal y con un enfoque oportunista y materialista está condenada al fracaso. En contrapunto proponen promover la generosidad, ya que el ser humano es un actor cooperador motivado por mejorar su entorno. Los individuos y colectividades que cooperan sobreviven, prosperan y funcionan.
El segundo factor que diferencia ambos conceptos es la búsqueda de maximización de beneficios, mientras que la budista enfatiza la importancia de minimizar el sufrimiento. La manera de minimizar el sufrimiento es promoviendo la simplificación de los deseos, de manera que se calme el ansia consumista y materialista y la frustración que conlleva el querer siempre más y lo mejor. Una vez las necesidades básicas del hombre están cubiertas (comida, ropa, refugio, medicinas) el resto de necesidades materiales debe ser minimizado.
La visión del mercado y el crecimiento también dista en ambas visiones. Los enfoques occidentales tienen como objetivo maximizar los mercados hasta el punto de saturación mientras la economía budista tiene como objetivo minimizar el daño. Tienen en cuenta actores primordiales como las futuras generaciones, el medio ambiente y los pobres, que no están correctamente representados porque no gozan del mismo poder que los actores más poderosos y ricos. Es por ello que el mercado no es imparcial y no es representativo de la economía. El concepto de Ahimsa (no cometer acciones que puedan ocasionar daño a uno mismo o a los demás) urge a encontrar soluciones de una manera colectiva y participativa.
Desde el punto de vista budista, no hay nada negativo en el progreso económico, a no ser que ese progreso económico promueva el apego a los bienes materiales y la avaricia. El crecimiento económico que conlleva una reducción de sufrimiento es bienvenido, ya que alivia los efectos negativos de la pobreza. Lo que importa en este caso es la manera en que se genera la riqueza, si ésta se genera a través de un trabajo digno y respetuoso donde se fomenta la confianza, permite a los individuos tener una seguridad económica y poder estar libres de deudas, cuidar de sí mismos y de su comunidad. Esto lleva a desincentivar la maximización de beneficios como fin en sí mismo e impulsar la importancia de la producción a pequeña escala, local, adaptable y sostenible.
Una economía budista considera que el consumo es un medio para el bienestar humano. El objetivo se trata de maximizar el bienestar con un consumo mínimo.
El trabajo debe ser debidamente apreciado y darse con unas condiciones dignas, de manera que impulse al hombre a producir, dar lo mejor de sí mismo y desarrollar su personalidad. La liberación que supone para el hombre dejar de estar enfocado exclusivamente a maximizar sus ingresos y destinar su tiempo a largas jornadas laborales, le permite tener más dedicación a actividades que repercutan en el bienestar de la comunidad. La persona que se puede ganar la vida con un trabajo digno, puede invertir su tiempo también a fortalecer los lazos que lo unen con el resto de individuos de su comunidad. Está demostrado que la inversión en las relaciones interpersonales tiene un impacto positivo en el bienestar.
El concepto de Producto Nacional Bruto (PIB), incompleto para medir el bienestar, es sustituido por la Felicidad Nacional Bruta (FNB). Este indicador mide el bienestar y la felicidad a través de varios factores como el bienestar económico, el ambiental, la salud física y mental y el bienestar laboral, social y político.
Teniendo en cuenta la época en que las ideas de Schumacher fueron planteadas, se puede considerar que transmiten propuestas que en su mayoría son totalmente vigentes hoy en día como la importancia de las energías renovables, pensar más allá del PIB, promover el comercio local y una producción eficiente. En una economía budista se busca pues el consumo óptimo, no el máximo.
La manera en que experimentamos e interpretamos el mundo depende mucho del tipo de ideas que tenemos. Si las ideas son principalmente débiles, superficiales e incoherentes, la vida parecerá también insípida, aburrida, insignificante y caótica. La economía budista defiende la idea de una economía que permita al hombre desarrollar sus facultades y liberarlo del deseo de querer siempre más. Para el desarrollo de estas facultades se requiere una revalorización de lo que verdaderamente satisface al hombre y una limitación de los deseos sin sentido, donde la óptima asignación del trabajo permita estar en un equilibrio y gozar de un nivel de bienestar con lo que se tiene.  Creo que la propuesta de Schumacher tiene hoy más vigencia que nunca es una alternativa real para aplicarla en América Latina.

lunes, 6 de agosto de 2018

En el cumpleaños 69 de Condorito


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PEPO Y CONDORITO: ¿EXIJO UNA EXPLICACIÓN?

 Víctor Rey


 Hace algunos años el diario La Tercera de la Hora de Chile, realizó una encuesta entre sus lectores y les pidió que votaran a través de cartas, internet y llamadas telefónicas, contestando la siguiente pregunta:  ¿Quién es el personaje chileno más conocido internacionalmente?.  El resultado fue sorprendente.  Los lectores votaron en este orden: primero, Augusto Pinochet; segundo, Pablo Neruda; tercero Salvador Allende; cuarto, Iván Zamorano; quinto, Don Francisco; sexto, Marcelo Ríos; séptimo,  Condorito; octavo, Cecilia Bolocco; noveno, Isabel Allende y décimo, Gabriela Mistral.  La popularidad de este personaje de ficción se debe a un dibujante que nació en la ciudad de Concepción, en el sur de Chile, en 1911 al cual se le conoce por su sobrenombre de Pepo, pero cuyo nombre real es René Ríos Boettinguer.

Dicen que cuando nació Pepo, en vez de una marraqueta, (nombre de un tipo de pan en Chile) traía un lápiz bajo el brazo.

Desde pequeño fantaseaba en clases y se entretenía con mano diestra dibujando a sus profesores.  Su talento era innegable y a los 10 años realizó su primera exposición de caricaturas sobre destacados personajes penquistas, (este es el gentilicio de los habitantes de Concepción).

Al terminar el colegio decidió ser médico como su padre, sin embargo, la vocación artística pudo más y después de cuatro semestres se retiró de la carrera.  A los 20 años dejó su terruño y viajó a Santiago en busca de mejores oportunidades.  Se inscribió en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile y comenzó a probar suerte en diversas publicaciones.

Su trazo firme y su humor desenfadado fueron un éxito.  Gracias a ellos sus personajes y su picardía fueron plasmada en diversas revistas de la época.

En Eckrán, (revista dedicada al cine y teatro) dibujo a grandes artistas como Greta Garbo y dio rienda suelta a su humor político en Topaze, (revista de humor político).  Además, incursionó en el humor deportivo en la revista La Pichanga e incluso creo personajes picarones como, Viborita, Tarugo y Don Rodrigo, para revistas como El Pingüino y Can-Cán.

Pero su personaje más querido sería absorbente y a los pocos años lo reclamo a tiempo completo.

Condorito vio la vida allá por el año 1949, en la revista Okey, (una publicación semanal de historietas, donde los niños de la época se familiarizaban con Flash Gordon, Tarzán, Jim de la Selva, Sandokán, El Llanero Solitario y otros héroes ya olvidados,) como una reacción visceral contra Walt Disney.  En ese año, el creador norteamericano realizó una película llamada “Saludos Amigos” donde diversos personajes representaban a los pueblos latinoamericanos.  Chile era simbolizado por un pequeño avión llamado Pedrito (por el entonces presidente de Chile, Pedro Aguirre Cerda) incapaz de sobrevolar la cordillera de Los Andes. Dicen que tamaño atrevimiento removió las entrañas de Pepo, quien saco de su alma de chileno un personaje, que representara mejor al chileno e inspirado en el escudo nacional de Chile, enmarcado por un cóndor y un huemul (ciervo), creo un personaje mezcla de hombre y de cóndor; pícaro y con sentido del humor, que vestía grandes ojotas (chalas de los campesinos en Chilenos), pantalón remendado eternamente de color negro y la camiseta roja, igual que la selección nacional de fútbol y lo puso a vivir en el pueblito de Pelotillehue, una imaginaria localidad rural, ubicado en el sur de Chile.  Y es que Condorito en sus orígenes fue el reflejo de una sociedad en transición de lo rural a lo urbano, con contingentes de desempleados buscavidas, perseguidos alternadamente por la fortuna o la desgracia.

Los amigos de Condorito fueron naciendo de las experiencias de su creador.  Pepo contaba sus orígenes:  “Comegato era un pescador de Caldera, (puerto de norte de Chile) que se alimentaba de esos animales; Huevoduro, un funcionario de la embajada de Canadá blanco como la leche; Yuyito es una sobrina muy querida; Don Chuma, mi compadre, y Yayita, era el sobrenombre de mi cuñada”.  La imaginación también aportó lo suyo con doña Tremebunda, Coné, Don Cuasimodo, Garganta de Lata, Che Copete, Pepe Cortisona, Fonola y su fiel perro Washington.

Aunque en sus primero años Condorito fue sólo una tira cómica, ya en 1955 se editaba un libro anual con todas sus aventuras.  Diez años después los libros eran dos y desde la década del ochenta, se publican revistas quincenales y varios especiales al año.

En esa época Pepo decidió colgar la pluma y entregó la responsabilidad de sus personajes a un grupo de dibujantes.  Aunque retirado siguió siempre de cerca los “condoros” (palabra popular en Chile, para designar a alguien que ha cometido una gran equivocación), de su creación y junto a su hijo René, muchas veces daba el visto bueno a las portadas.

En 1999 el plumífero personaje celebró sus 50 años de vida y luego de 40 mil chistes se ha convertido en todo un éxito internacional y es el primer chileno exitoso en los circuitos transnacionales del cómic.  Los cincuenta años de este personaje fueron celebrados en grande en Chile y América latina, con exposiciones itinerantes, una edición especial con la recopilación  de los mejores chistes clásicos, un disco compacto de la Condoribanda, creada por un productor chileno, dos estatuas ubicadas en dos ciudades de Chile, un sello de correos y la renovación de su página web.

Su revista vende cerca de 70 mil ejemplares al mes y tres dibujantes y dos guionistas crean las historias para Editorial Televisa, que las distribuye al resto de América llegando a unos 80 millones de lectores en Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador, Paraguay, Uruguay, México, Centroamérica, Estados Unidos y España.

Es tanta la fama de este personaje concebido como símbolo chileno y que hoy es prototipo iberomeamericano, que Bill Gates, el magnate de Microsoft, quería su figura para representar la versión en español del Windows 98, pero no logró un acuerdo financiero con la empresa dueña de la licencia de Condorito.

Su internacionalización obligó a adaptar modismos y lugares comunes y también a cambiar algunos de sus personajes, Don Jacoibo fue abandonado para no ofender a nadie y Cortadito tampoco aparece hace ya varios años.

Durante sus últimos años Pepo prácticamente no dio entrevistas y prefirió  que Condorito cargara con los deberes de la fama.  Su delicado estado de salud lo tenía recluido en su casa.  En julio de año 2000, falleció a los 88 años, en la ciudad de Santiago de Chile.

Dicen que entre todas sus historias, el bautizo del sobrino de Condorito, era su favorita: El cura le pregunta a Condorito, ¿qué nombre le va a poner al niño?
Condorito responde: Ugenio, padrecito.
El curita responde: No, con E, será, pues Condorito.
Condorito: Bueno, póngale Coné, como usted dice pairecito.
¡Plop¡

lunes, 30 de julio de 2018

LA FANTASÍA IDEOLÓGICA: SLAVOJ ZIZEK

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 No hay escapatoria. Una cárcel donde ninguna ventana comunica con el exterior, donde ningún agujero ofrece un punto de fuga. Esa es la imagen a la que nos remite la ideología, tal y como nos la definió Marx en sus primeros escritos de juventud. La ideología es nuestra manera de pensar, de percibir la realidad, de estructurar la experiencia que tenemos y, en todo momento, está definida por los intereses de la clase dominante. Desde entonces, varias voces han intentado reinterpretar reescribir y redefinir el fenómeno. De una forma más o menos drástica, matizada o violenta, Althusser, Gramsci, Marcuse, Adorno, Horkheimer, Benjamin, Eagleton, Vattimo, Derrida y tantos otros, han profundizado en sus vísceras y exhumado los ingredientes fundamentales que fermentan lo ideológico.

Uno de las propuestas más reciente, original y profunda es la del filósofo esloveno Slavoj Žižek. Siempre a medio camino entre la burla y el rigor, la socarronería y el tesón, lo bufonesco y lo adusto, Žižek se introduce como pocos en los engranajes de la ideología. Ahora bien, en su abordaje, podemos distinguir dos etapas claramente diferenciadas: la primera, que se inicia preferentemente en su célebre El sublime objeto de la ideología, a inicios de los noventa del siglo pasado, y la segunda, que se dibuja paulatinamente a fines de los noventa y se articula estrictamente a inicios del dos mil con la obra colectiva, que él compila, Ideología. Un mapa de la cuestión.
Si penetramos en el esqueleto de la ideología, según Žižek, veremos que ésta siempre tendrá un punto de cinismo. La ideología es cínica ya que implica un mínimo de conocimiento por parte de sus integrantes. Es evidente que hay una ignorancia de los verdaderos resortes, de la dirección de la maquinaría, sin embargo, en el fondo, algo sabemos acerca de cómo funciona todo. La ideología tiene que pasar desapercibida, debe sustraerse a todo reconocimiento. Eso es evidente. Si no lo hace, cesa su sortilegio. Ahora bien, su funcionamiento debe contar con la complicidad de la ciudadanía, con los favores del sujeto. Y, como no podía ser de otra forma, éste entra en el lance sin tapujos. Sabe que la realidad social se diferencia de la estructura ideológica, que existe una brecha entre ambas, pero, incluso y así, prefiere mantener su ignorancia como base de su existencia social. Es mejor malo conocido que no bueno por conocer, podríamos añadir. O también, la ignorancia es la felicidad.
En cierta manera, esta característica de lo ideológico entronca con la naturaleza del síntoma, a saber: configuración ritual cuya forma y consistencia implica un desconocimiento. Dicho en otras palabras, el sujeto goza (en sentido psicoanalítico-lacanianao) de su síntoma en tanto que implica necesariamente un no querer saber. Por ello, puede afirmarse sin ambages que toda ideología es, en última instancia, sintomática.

No obstante, este planteamiento, por el momento, no se diferencia en demasía al que plantea Sloterdijk en su Crítica de la razón cínica. Žižek, a su vez, es consciente de ello. Lejos de alinearse con su perspectiva, en verdad, Sloterdijk se va a convertir en el centro de sus diatribas ya que el cinismo que diagnóstica el pensador alemán conlleva, finalmente, una distancia irónica respecto a lo real. El individuo reconoce a la perfección el abismo existente entre su existencia efectiva y las distorsiones ideológicas pero en ningún momento encuentra razones lógicas, objetivas y racionales para quitarse la máscara ideológica. Para el filósofo esloveno, por el contrario, la cuestión es mucho más compleja que este cinismo simplón y le impugna a Sloterdijk que no haya sido capaz de apreciar la carga delirante que implica la elaboración ideológica, es decir, cómo la fantasía entra en juego para nutrir el imaginario que organiza la percepción del sujeto.

Para explicitar dicha fantasía, centremos la atención en la relación mercantil, por ejemplo. Todos sabemos que detrás de las relaciones mercantiles hay relaciones intersubjetivas. Es decir, en cualquier transacción hay vínculos entre sujetos que buscan, en definitiva, una ganancia (económica o de otra naturaleza…). Sin embargo, en la praxis se actúa como si la realidad material (dinero, mercancía…) tuviesen una existencia independiente o bien fuesen la encarnación absoluta de esas relaciones intersubjetivas. De esta manera los sujetos serían fetichistas de la mercancía, empleando terminología marxiana, en la práctica pero no en la teoría. Todos sabemos muy bien cómo funcionan las cosas pero, aun así, actuamos como si no lo supiéramos. Esto da lugar, en suma, a la fantasía ideológica, es decir, a la doble ilusión de pasar por alto la ilusión que define y vertebra nuestra realidad efectiva con la realidad.
De esta manera, la ideología se sustenta en una fantasía inconsciente que aglutina la experiencia del sujeto y lo moviliza según sus intereses. El ciudadano se mueve por ella y cree a pies juntillas en ella. Creencia debemos leerla en términos de vínculos subjetivos, pero también más allá de lo estrictamente fenomenológico ya que implica siempre una materialización, una ejecución, una encarnación (tal y como Žižek lo ejemplifica con los casos del coro en la tragedia griega y las plañideras). Por todo ello, la creencia se encarga de sostener el edificio ideológico que regula y determina la realidad social. Sin ella, la realidad social se desintegraría. No hay que caer en conductismos absurdos, no obstante. La conducta externa, que también determina la creencia, es siempre el soporte material, efectivo, del inconsciente. En consecuencia, hay una esencial imbricación entre inconsciente y acción del sujeto.
La dimensión básica de lo ideológico, tal y como se ha observado, no es otra que la construcción de la fantasía que finge ser el soporte material de nuestra realidad social, cuando en realidad (si es que podemos hablar de realidad en este sinuoso terreno), es una ilusión que se encarga de organizar, configurar y decretar la constelación social en la que creemos insertarnos. La ideología será plenamente efectiva, en consecuencia, cuando genere en el sujeto la ausencia de fractura entre ella y la realidad social. Y, cerrando el círculo, esto acontecerá cuando lo ideológico determine de tal manera la experiencia cotidiana que sólo sea capaz de encontrarse con sus postulados en la cotidianidad.

Ahora bien, ¿cómo la ideología es capaz de determinar de esta forma la experiencia del sujeto?, ¿qué mecanismos entran en juego para distorsionar y, por ende, deformar la realidad de esta manera? Aquí es donde entra en juego el concepto lacaniano de punto de almohadillado (point de caption). Centremos la atención en él. El espacio social está formado por toda una serie de elementos que, en el fondo, no tienen ninguna relación entre sí. Hay un marasmo de variables que definen la realidad. El punto de almohadillado tiene la función de aglutinar ese caos y dar un sentido a toda esa dispersión de elementos. Es, en términos lacanianos, el Significante-Amo, el núcleo, el punto nodal que estructura la diáspora de variables. Como puede intuirse, la verdadera batalla ideológica se producirá en la lucha por la imposición de los Significante-Amo que más interesen.

No obstante, y para ir finalizando en esta primera concepción acerca de lo ideológico, debe destacarse que el punto de almohadillado encierra una aparente paradoja puesto que no se trata de un núcleo de sentido cerrado, estable e inmutable. Su naturaleza, por el contrario, es performativa, puesto que su articulación depende, en último término, de los elementos que gravitan en el espacio. Por ello, su naturaleza no es identificable, su referencia es absolutamente desconocida. Su estatus ontológico, en efecto, es el de la diferencia: dar un sentido al espacio social pero eludiendo constantemente todo tipo de identificación simbólica.
¿Cuál es el punto de almohadillado imperante en la actualidad? ¿Qué punto nodal estructura más íntimamente al sujeto? El imperativo de goce. Existe un empuje perpetuo a gozar, identificando goce con desenfreno hedonista. Sin embargo, este imperativo no deja de ser el corolario de la muerte de Dios. Ahora bien, lejos de liberarnos de cualesquier barreras, lo que hay en el fondo es una represión infinita. Aunque parezca paradójico, cuanto uno más libre se crea de cadenas teológicas, morales, éticas…, más dominado está el inconsciente por prohibiciones que perpetuamente sabotean el goce. Las consecuencias de este hecho son evidentes:
… una mirada rápida a nuestro paisaje moral confirma que resulta mucho más apropiada para describir el universo de los hedonistas liberales ateos: dedican su vida a la búsqueda del placer, pero como no hay una autoridad externa que les garantice el espacio de esa búsqueda, se ven atrapados en una densa red de regulaciones autoimpuestas políticamente correctas, como si los controlara un superyó mucho más severo que el de la moralidad tradicional. Se obsesionan con la idea de que, al buscar su placer, pueden humillar a otros o transgredir su espacio, de modo que regulan su conducta con normas detalladas para no “acosar” a nadie, por no hablar de la regulación, igualmente compleja, del cuidado a su persona (estar en forma, comer sano, vivir en paz…). De hecho, no hay nada más opresivo que ser un simple hedonista.

domingo, 29 de julio de 2018

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Prólogo al Walden, de H.D. Thoreau

Henry Miller


Tan sólo hay cinco o seis hombres, en la historia de América, que para mí tienen un significado. Uno de ellos es Thoreau. Pienso en él como en un verdadero representante de América, un carácter que, por desgracia, hemos dejado de forjar. De ninguna manera es un demócrata, tal como hoy lo entendemos. Es lo que Lawrence llamaría «un aristócrata del espíritu», o sea lo más raro de encontrar sobre la faz de la tierra: un individuo. Está más cerca de un anarquista que de un demócrata, un socialista o un comunista. De todos modos, no le interesaba la política; era un tipo de persona que, de haber proliferado, hubiera provocado la no existencia de los gobiernos Ésta es, a mi parecer, la mejor clase de hombre que una comunidad puede producir. Y es por eso que siento hacia Thoreau un respeto y una admiración desmesurados. El secreto de su influencia, todavía latente, es muy simple. Él fue hombre en cuerpo y alma, con un pensamiento y una conducta de perfecto acuerdo. Asumió la responsabilidad de sus acciones y de sus afirmaciones. La palabra compromiso no existía en su vocabulario. América, a pesar de todos sus privilegios, apenas ha producido un puñado de hombres de este calibre. La razón es obvia: los hombres como Thoreau nunca estuvieron de acuerdo con el sistema de su tiempo. Ellos simbolizan la América lejos de haber nacido hoy, como no había nacido en 1776 o inclusive antes. Ellos escogieron el camino arduo, no el fácil. Creyeron ante todo y sobre todo en sí mismos, no se preocuparon de lo que podían pensar de ellos sus vecinos, y no titubearon en desafiar al gobierno cuando estaba en juego la justicia. No hubo inclinación en sus concesiones: se les podía adular o seducir, jamás intimidar.
Los ensayos que recoge este volumen fueron en su origen discursos, hecho bastante importante, si se piensa lo difícil que sería hoy dar una expresión pública a parecidos sentimientos. La noción misma de «desobediencia civil» es hoy en día impensable. (Menos, quizás, en India, donde en su campaña de resistencia pasiva Gandhi usaba este discurso como texto).
En nuestro país un hombre que se atreviera a imitar la conducta de Thoreau, con referencia a cualquier problema crucial de nuestro tiempo, sería, sin duda, condenado a cadena perpetua. Es más: nadie movería un dedo para defenderlo, como en su día, Thoreau defendió el nombre y la reputación de John Brown. Como siempre ocurre con las afirmaciones francas y originales, estos ensayos se han convertido en clásicos. Y esto significa que, a pesar de tener la potencia de forjar un carácter, ya no influyen en los hombres que gobiernan nuestro destino. Se recomienda su lectura a los estudiantes, son fuente perpetua para el pensador y el rebelde, pero para gran parte de los lectores ya no tienen importancia, no contienen un mensaje. La imagen de Thoreau ha sido fijada para el público por educadores y «hombres de gusto»: es la imagen del eremita, del excéntrico, de la broma de la Naturaleza. En fin, se ha conservado la caricatura, como acostumbra a pasar con nuestros hombres eminentes. A mi parecer, lo más importante de Thoreau, es que haya aparecido en una época en la cual, por decirlo de algún modo, teníamos que escoger el camino que nosotros, el pueblo americano, al fin hemos tomado. Como Emerson y Whitman, él indicó el justo camino, el camino arduo, como ya he dicho. Como pueblo, nosotros hicimos una elección diferente. Y ahora estamos recogiendo los frutos de nuestra elección. Thoreau, Whitman, Emerson, estos hombres han sido, hoy en día, reivindicados. En la oscuridad de los hechos cotidianos, sus nombres se elevan altos como faros. Pagamos un bravo tributo verbal a su memoria, pero seguimos ignorando su sabiduría. Nos hemos convertido en víctimas del tiempo, miramos el pasado con aflicción y queja. Es demasiado tarde para cambiar, pensamos. Pues no. Como individuos, como hombres, nunca es demasiado tarde para cambiar. Y es esto exactamente lo que estos obstinados precursores afirmaron toda su vida. Con la creación de la bomba atómica, todo el mundo comprende, de pronto, que el hombre tiene delante de sí un dilema a de una gravedad inconmensurable. En un ensayo titulado «Vida sin principio» Thoreau anticipó esta posibilidad que atemorizó al mundo, cuando se tuvo noticia de la bomba atómica. «Por consiguiente», dice Thoreau, «si donde explotara nuestro planeta, no hubiese ninguna persona involucrada en la explosión… yo no iría hasta la esquina a ver cómo explota el mundo».
Estoy seguro que Thoreau no habría faltado a su palabra, si inesperadamente hubiese explotado por iniciativa propia. Pero también estoy seguro que si se hubiera conocido la bomba atómica, hubiera dicho algo memorable sobre su uso. Y lo habría dicho como desafío a la opinión pública. Ni siquiera se hubiera alegrado al saber que la fábrica de la bomba estaba en manos de los justos. Seguro que preguntaría: «¿Quién es tan justo, como para usar con fines destructivos un instrumento tan diabólico?».Ya no tendría más fe en la sabiduría y en la santidad del actual gobierno de los Estados Unidos, que la que tuviera en el gobierno de los días de la esclavitud. Él murió, no lo olvidemos, en plena guerra civil, cuando el problema que se hubiese debido resolver rápidamente gracias a la conciencia de todo buen ciudadano, se estaba resolviendo con sangre. No, Thoreau habría sido el primero en decir que ningún gobierno terrestre es suficientemente bueno y sabio como para recibir, sea para bien o para mal, un poder similar. Habría pronosticado que nosotros usaríamos esta nueva fuerza de la misma manera que hemos usado otras fuerzas naturales,; que la paz y la seguridad del mundo no están en las intenciones sino en el corazón de los hombres, en el alma de los hombres. Toda su vida testimonia un hecho obvio continuamente ignorado por los hombres: que para sustentar la vida necesitamos primero el menos que el más; que para proteger la vida necesitamos coraje e integridad, no armas ni coaliciones. Todo lo que él dijo e hizo está muy lejano del hombre de hoy. Ya dije que su influencia es todavía viva y activa. Es cierto, pero sólo porque la verdad y la sabiduría son inalterables y tienen que prevalecer. Consciente o inconscientemente, estamos haciendo exactamente lo opuesto de todo lo que él sostenía.Así y todo, no somos felices ni, de ninguna manera, tenemos la seguridad de estar en lo justo sino que estamos más trastornados, más desesperados que nunca en el curso de nuestra breve historia. Y esto es sumamente extraño y fastidioso, pues hoy en día todos nos reconocen como la nación más potente, más rica y más segura del mundo. Estamos en el cénit, ¿pero poseemos la visión necesaria como para tener este observatorio? Tenemos la vaga sospecha de que nos han cargado con una responsabilidad demasiado pesada para nosotros. Sabemos que no somos superiores, en ningún sentido real, a otros pueblos de la tierra. Sólo ahora nos damos cuenta de estar moralmente mucho más atrasados, si así puede decirse, que nosotros mismos. Algunos imaginan, beatíficamente, que la amenaza de extinción —el suicidio cósmico — nos despertará del letargo.
Me temo que sueños así están destinados a desintegrarse, aun más que el mismo átomo. No se alcanzan grandes metas a través del miedo a la extinción. Los hechos que mueven al mundo, sustentan y dan la vida, tienen una motivación muy diferente.
El problema de la potencia, obsesivo para los americanos, está hoy en su punto crucial. En lugar de trabajar por la paz, tendríamos que empujar a los hombres a relajarse, a dejar de trabajar; a tomárselo con calma, a soñar y a ociar, a perder el tiempo. Retiraos en los bosques, si encontráis uno. Pensad en vuestros pensamientos durante un tiempo. Haced un examen de conciencia, pero sólo después de haber gozado plenamente. ¿Qué puede valer vuestra fatiga, al fin y al cabo, si mañana, junto a vuestros seres queridos podéis ser reducidos a migas por algún loco exaltado? ¿Creéis que nos podemos fiar más del gobierno que de los individuos que lo componen? ¿Quiénes son estos individuos a los cuales se les confía el destino de todo el planeta? ¿Creéis plenamente en cada uno de ellos? ¿Qué haríais si tuvierais el control de esta potencia inaudita? ¿La usaríais en beneficio de toda la humanidad, o tan sólo de vuestro pueblo, de vuestro grupo de elegidos? ¿Pensáis que los hombres pueden guardar para sí mismos un secreto tan grave? ¿Creéis que se debe guardar secreto?
He aquí las preguntas que, me parece, nos haría a bocajarro un Thoreau. Son preguntas que, si se tiene una pizca de sentido común, se contestan solas. Pero parece que los gobiernos no poseen esta pizca de sentido común. Y no se fían de quienes la poseen.
El gobierno americano, aun siendo reciente, ¿es algo más que una tradición intentando transmitirse intacta a la posteridad, aun perdiendo a cada instante una parte de su integridad? No tiene la vitalidad y la fuerza de un solo hombre vivo porque éste puede doblegarlo a su voluntad. Es una especie de cañón de madera para el mismo pueblo.Pero no por eso menos útil, pues la gente necesita siempre alguna compleja maquinaria, y oír su estruendo, para satisfacer su idea del gobernar. Los gobiernos demuestran de este modo cómo se puede someter con éxito a los hombres, e incluso imponerse a ellos con ventaja. Excelente, tenemos que reconocerlo. Sin embargo, este gobierno jamás ha iniciado ninguna empresa por su cuenta, si no por la rapidez con la que se apartó de su camino. No da libertad al país. No ordena a Occidente. No educa. Es el carácter arraigado en el pueblo americano el que ha hecho posible todo lo logrado; e incluso habría hecho algo más, si el gobierno a veces no se hubiera opuesto…
Así hablaba Thoreau hace cien años. Hablaría de un modo todavía menos halagador si aún viviera. En estos últimos cien años el estado se ha convertido en una especie de Frankestein. Nunca, como hoy,nos hizo menos falta el estado, así como nunca nos ha tiranizado tanto.
En todas partes el ciudadano ordinario tiene un código moral muy superior al del gobierno al que debe fidelidad. La falsa idea de que el estado existe para protegernos se ha desintegrado mil veces. Sin embargo, mientras el hombre carezca de seguridad y confianza en sí mismo, el estado prosperará; él puede existir gracias al miedo y a la incertidumbre de cada uno de sus miembros.
Viviendo su vida de un modo «excéntrico», Thoreau demostró la futilidad y la absurdidad de la vida de las (llamadas) masas. Fue una vida profunda y rica, que le dio todas las satisfacciones. «Las ocasiones de vivir, afirmaba, disminuyen en la medida en que crecen los llamados medios». Era feliz con el contacto de la Naturaleza, a la cual pertenece el hombre. Comulgaba con el pájaro y con la bestia, con la planta y con la flor, con la estrella y con la corriente. No era un ser asocial, todo lo contrario. Tenía amigos tanto entre las mujeres como entre los hombres. No hay americano que haya escrito sobre la amistad con una elocuencia mayor a la suya. Su vida parece angosta pero fue mil veces más ancha y profunda que la vida del ciudadano americano medio de hoy. No se perdió nada evitando mezclarse entre la muchedumbre, devorar los periódicos, consumir radio y cinematógrafo, tener el automóvil, el frigorífico, el aspirador. No sólo no se perdió nada por la falta de estas cosas, sino que, encima, se enriqueció mucho más que lo pueda hacer el hombre moderno, atolondrado por estos dudosos lujos y comodidades. Thoreau vivió, mientras nosotros se puede decir que sólo existimos. Por la potencia y la profundidad de su pensamiento no sólo mantiene una validez por comparación a nuestros contemporáneos, sino que, a menudo, les supera. En lo que a coraje y virtud se refiere, no se puede comparar a ninguno de los espíritus hoy dominantes. Como escritor, está entre los tres o cuatro de los cuales podemos sentirnos orgullosos. Visto desde la cumbre de nuestra decadencia, casi nos parece un antiguo romano. La palabra virtud recobra su significado cuando se liga a su nombre.
Son los jóvenes de América los que pueden sacar provecho de su doméstica sabiduría, y más aún de su ejemplo. Debemos asegurar a los jóvenes que todo lo posible entonces es posible hoy. América es todavía un país muy despoblado, una tierra con abundantes bosques, ríos, lagos, desiertos, montañas, praderas, donde un hombre de buena voluntad, con un mínimo de fatiga y confianza en sus fuerzas, puede gozar de una vida profunda, tranquila, rica, siempre que siga su camino. No es necesario pensar, no hace falta llevar una vida bondadosa, sino crearse una vida bondadosa. Los hombres sabios vuelven siempre a la tierra; nos basta con pensar en los grandes hombres de la India, China y Francia, en sus poetas, en sus sabios, en sus artistas, para comprender cuán profunda es esta necesidad en el ser humano. Pienso, naturalmente, en los individuos creativos, pues los demás gravitarán en su propio nivel, sin imaginación, sin sospechar siquiera que la vida promete algo mejor. Pienso en los poetas americanos, todavía capullos en flor, en los sabios y artistas del mañana, porque se me aparecen del todo indefensos frente al mundo americano contemporáneo. Todos los que se preguntan, ingenuamente, cómo vivirán sin venderse a ningún dueño; más aún, se preguntan, una vez hecho esto, cómo encontrar el tiempo para llevar a cabo sus vocaciones. Ya no piensan en ir a cualquier desierto o lugar salvaje, en ganarse la vida cultivando la tierra o trabajando a salto de mata, en vivir con lo mínimo indispensable. Se quedan en las ciudades, en las metrópolis, revoloteando de una casa a otra, inquietos, miserables, frustrados, buscando en vano el encontrar una salida. Deberíamos decirles en seguida que la sociedad, tal como está constituida, no presenta salidas, que la solución está en sus manos y usándolas podrán obtenerla. Tenemos que abrimos camino con el hacha. La verdadera jungla no está fuera, quién sabe dónde, sino en la ciudad, en la metrópoli, en aquella compleja telaraña en que hemos transformado la vida, y que sólo sirve para limitar, estorbar o inhibir a los espíritus libres. Basta que un hombre crea en sí mismo y encontrará el camino de la existencia, a pesar de las barreras y de las tradiciones que lo aprisionan. La América de los tiempos de Thoreau era tan despreciadora y hostil hacia su experimento vital, como lo somos nosotros a cualquiera que pretenda volverlo a intentar. Debido al subdesarrollo de nuestro país en aquellos tiempos, los hombres se sintieron atraídos por todas las regiones, por todos los senderos de la vida, hacia el oro de California. Thoreau se quedó en casa a cultivar su mina. Le bastaban pocas millas para encontrarse en el corazón profundo de la Naturaleza. Para gran parte de nosotros, no importa dónde vivamos, en este inmenso país todavía es posible recorrer pocas millas y encontrarnos con la Naturaleza. Yo que he recorrido a lo largo y a lo ancho esta tierra,he sacado esta impresión: América es un país vacío. Claro está, casi todo este espacio vacío pertenece a alguien: bancos, ferrocarriles, compañías de seguros, etcétera. Es casi imposible salir del camino trazado sin invadir una propiedad privada. Pero este absurdo acabaría si la gente comenzara a levantarse sobre las patas traseras y desertara de la ciudad y la metrópoli. John Brown y un reducido grupo de hombres derrotaron virtualmente a toda la población de América. Los abolicionistas liberaron a los esclavos, no las armadas de Grant y Sherman, no Lincoln. Una condición ideal de vida no existe, jamás, en ningún lugar. Todo es difícil y se vuelve más difícil, incluso cuando decidimos vivir a nuestro aire. Vivir nuestra propia vida sigue siendo el mejor modo de vivir, siempre lo ha sido y siempre lo será. La trampa, el mayor desengaño está en renunciar a vivir a nuestro aire hasta el día en que se cree una forma ideal de gobierno que nos permita llevar una vida mejor. Llevad una vida ejemplar,en seguida, en cada instante, al máximo de vuestras capacidades, e indirectamente,inconscientemente, lograréis la forma de gobierno más cercana a lo ideal.
Ya que Thoreau insistió tanto sobre la conciencia y la resistencia activa, podríamos pensar que su vida fue vacía y triste. No olvidemos que era un hombre que evitaba el trabajo lo más posible, sabía dedicar su tiempo al ocio. Moralista severo, no tenía nada en común con el moralista profesional. Era demasiado religioso para tener algo que ver con la iglesia y demasiado hombre de acción para tomar parte activa en la política. Era de una riqueza espiritual tan grande que no pensó en amontonar bienes, tan valiente, tan seguro de sí mismo, que no se preocupó de la seguridad, de la protección. Abriendo los ojos descubrió que la vida proporciona todo lo necesario para la paz y la felicidad del hombre; solamente hace falta usar lo que tenemos al alcance de la mano. «La vida es generosa», parece repetir a cada momento, «¡Tranquilos! La vida está alrededor, no allá, no en la cima de la montaña».
Encontró Walden. Pero Walden está en cada lugar donde hay un hombre. Walden se ha convertido en un símbolo. Debería convertirse en una realidad. También Thoreau se ha convertido en un símbolo. Pero sólo fue un hombre, no lo olvidemos. Transformándolo en un símbolo, construyéndole monumentos, destruimos la finalidad de su vida. Sólo viviendo a tope, lograremos honrar su memoria. No intentemos imitarlo, superémoslo. Cada uno de nosotros debe llevar una vida completamente diferente. No debemos intentar ser como Thoreau,ni como Jesucristo, sino lo que en verdad somos, en nuestra sociedad. Éste es el mensaje de todo gran individuo; éste es el significado intrínseco de ser individuo. Ser algo menos significa acercarse a nada.