lunes, 4 de septiembre de 2017

EN LOS 40 AÑOS DE LA MUERTE DE ERNEST FRIEDRICH SCHUMACHER

Víctor Rey

Descubrí la economía budista cuando cayó en mis manos el libro, “Lo pequeño es hermoso”, del economista E. F. Schumacher. Este libro lo leí, cuando estaba estudiando Ciencias Sociales en la Universidad Alberto Hurtado, en Santiago de Chile, allá por el año 1988, en uno de los cursos de Economía.  Es uno de los 100 libros más influyentes desde la Segunda Guerra Mundial. Me atrajo de inmediato su título, que ya decía mucho de su contenido y me ayudó mucho para entender la economía y poder apreciar esta ciencia desde una perspectiva más amigable y no tan técnica como se suele presentar.  También a adentrarme en la filosofía budista y su propuesta económica.  Schumacher nació en Bonn, Alemania en 1911 y falleció el 4 de septiembre de 1977 en Suiza.
Schumacher visitó Birmania como miembro del consejo de carbón británico para aconsejar al país en la adopción de un crecimiento al estilo oriental. Tras pasar un tiempo conociendo las costumbres del país, y estudiando sus máximas, se dio cuenta de que la economía occidental podría incorporar ideas del budismo para promover un crecimiento más sostenible y respetuoso con la naturaleza, que a la vez pudiese brindar al ser humano el completo desarrollo de sus facultades.
Una de las propuestas que me resulta más interesante es la economía budista, sobre todo porque tiene en cuenta las necesidades humanas y sus limitaciones, proponiendo un control sobre el ansia de querer siempre más. La finalidad es alcanzar un verdadero desarrollo del ser humano en todas sus dimensiones, como ser individual cuya acción va mucho más allá del mero consumo, que actúa en comunidad y se hace responsable de su entorno.
La economía occidental se centra en el interés individual. En cambio la economía budista desafía este concepto con la idea de la inexistencia de un ego permanente. Esto quiere decir que todo lo que uno percibe con sus sentidos trasmite una falsa idea de un “yo” inherente y real. Esto deriva inevitablemente en que se desarrolle una idea de “lo mío”, siendo esta la base del comportamiento egoísta.
El egoísmo no se considera producto de la maldad sino que es un error consecuencia del desconocimiento de la esencia real de las cosas. Es por esto que el ser humano tiene que desapegarse de este sentimiento. La economía basada en el interés personal y con un enfoque oportunista y materialista está condenada al fracaso. En contrapunto proponen promover la generosidad, ya que el ser humano es un actor cooperador motivado por mejorar su entorno. Los individuos y colectividades que cooperan sobreviven, prosperan y funcionan.
El segundo factor que diferencia ambos conceptos es la búsqueda de maximización de beneficios, mientras que la budista enfatiza la importancia de minimizar el sufrimiento. La manera de minimizar el sufrimiento es promoviendo la simplificación de los deseos, de manera que se calme el ansia consumista y materialista y la frustración que conlleva el querer siempre más y lo mejor. Una vez las necesidades básicas del hombre están cubiertas (comida, ropa, refugio, medicinas) el resto de necesidades materiales debe ser minimizado.
La visión del mercado y el crecimiento también dista en ambas visiones. Los enfoques occidentales tienen como objetivo maximizar los mercados hasta el punto de saturación mientras la economía budista tiene como objetivo minimizar el daño. Tienen en cuenta actores primordiales como las futuras generaciones, el medio ambiente y los pobres, que no están correctamente representados porque no gozan del mismo poder que los actores más poderosos y ricos. Es por ello que el mercado no es imparcial y no es representativo de la economía. El concepto de Ahimsa (no cometer acciones que puedan ocasionar daño a uno mismo o a los demás) urge a encontrar soluciones de una manera colectiva y participativa.
Desde el punto de vista budista, no hay nada negativo en el progreso económico, a no ser que ese progreso económico promueva el apego a los bienes materiales y la avaricia. El crecimiento económico que conlleva una reducción de sufrimiento es bienvenido, ya que alivia los efectos negativos de la pobreza. Lo que importa en este caso es la manera en que se genera la riqueza, si ésta se genera a través de un trabajo digno y respetuoso donde se fomenta la confianza, permite a los individuos tener una seguridad económica y poder estar libres de deudas, cuidar de sí mismos y de su comunidad. Esto lleva a desincentivar la maximización de beneficios como fin en sí mismo e impulsar la importancia de la producción a pequeña escala, local, adaptable y sostenible.
Una economía budista considera que el consumo es un medio para el bienestar humano. El objetivo se trata de maximizar el bienestar con un consumo mínimo.
El trabajo debe ser debidamente apreciado y darse con unas condiciones dignas, de manera que impulse al hombre a producir, dar lo mejor de sí mismo y desarrollar su personalidad. La liberación que supone para el hombre dejar de estar enfocado exclusivamente a maximizar sus ingresos y destinar su tiempo a largas jornadas laborales, le permite tener más dedicación a actividades que repercutan en el bienestar de la comunidad. La persona que se puede ganar la vida con un trabajo digno, puede invertir su tiempo también a fortalecer los lazos que lo unen con el resto de individuos de su comunidad. Está demostrado que la inversión en las relaciones interpersonales tiene un impacto positivo en el bienestar.
El concepto de Producto Nacional Bruto (PIB), incompleto para medir el bienestar, es sustituido por la Felicidad Nacional Bruta (FNB). Este indicador mide el bienestar y la felicidad a través de varios factores como el bienestar económico, el ambiental, la salud física y mental y el bienestar laboral, social y político.
Teniendo en cuenta la época en que las ideas de Schumacher fueron planteadas, se puede considerar que transmiten propuestas que en su mayoría son totalmente vigentes hoy en día como la importancia de las energías renovables, pensar más allá del PIB, promover el comercio local y una producción eficiente. En una economía budista se busca pues el consumo óptimo, no el máximo.
La manera en que experimentamos e interpretamos el mundo depende mucho del tipo de ideas que tenemos. Si las ideas son principalmente débiles, superficiales e incoherentes, la vida parecerá también insípida, aburrida, insignificante y caótica. La economía budista defiende la idea de una economía que permita al hombre desarrollar sus facultades y liberarlo del deseo de querer siempre más. Para el desarrollo de estas facultades se requiere una revalorización de lo que verdaderamente satisface al hombre y una limitación de los deseos sin sentido, donde la óptima asignación del trabajo permita estar en un equilibrio y gozar de un nivel de bienestar con lo que se tiene.  Creo que la propuesta de Schumacher tiene hoy más vigencia que nunca es una alternativa real para aplicarla en América Latina.

jueves, 31 de agosto de 2017

INCERTIDUMBRE E INSATISFACCIÓN, SIGNOS DE UNA SOCIEDAD DESESPERANZADA

Víctor Rey

La sociedad hoy vive una profunda crisis de confianza. Se desconfía de las instituciones, partidos, iglesias, tribunales pero también de quienes te rodean. A la vez se ha desarticulado la antigua participación social y la solidaridad se torna episódica.
Los factores que explican este comportamiento social son múltiples y tiene razones de carácter estructural que dicen relación con el modelo económico que por decenios ha dominado la economía, por factores profundas de desigualdades, separación física, segregación, a la cual se condujo a una parte relevante de la población especialmente en las grandes ciudades. Tiene que ver, también, con el hecho de que, aún en el contexto de grandes contradicciones, vive, más que otras sociedades latinoamericanas, los efectos de fenómenos típicos de la sociedad pos moderna, la sociedad líquida, como la llama el sociólogo Zsygmunt Bauman.
El modelo neoliberal ha generado varias sociedades y la configuración urbana ha obedecido a estos patrones. La concentración de la riqueza y la mala distribución de ella, una de las peores del mundo occidental, ha producido una profunda incomunicación entre los diversos estratos de la sociedad.
Los pobres han sido condenados a vivir en barrios periféricos sin servicios adecuados para garantizar una vida digna. Alejados de sus fuentes ocupacionales deben ocupar varias horas del día a trasladarse provocando estrés psicológico, cansancio y falta de tiempo para dedicarse a la familia y a las actividades recreativas y de vínculos sociales. Los sectores de mayores ingresos tienden a alejarse del resto de la sociedad, construyendo barrios, colegios, clínicas exclusivas donde solo viven y participan quienes disponen de altos ingresos y también en ellos la interacción social es débil.
La sociedad se ha ghetizado y se ha impuesto una lógica mercantilista que ha debilitado al máximo las antiguas comunidades, el sentido de pertenencia colectivo, la colaboración, la solidaridad y se ha impuesto un individualismo caracterizado por una feroz competencia y por el deseo de poseer bienes a los cuales se accede de manera más generalizada pero desigual.
Los antiguos espacios públicos de encuentro han desaparecido y han sido reemplazados por los nuevos templos del consumo donde se ofrece realizarse individualmente de acuerdo a la capacidad de cada cual para acceder al mercado, muchos a través del endeudamiento que es algo consustancial al funcionamiento del modelo económico. Las relaciones sociales se monetarizan y las capas sociales aspiracionales buscan construir movilidad renunciando a la acción colectiva y buscando sus propios espacios.
La política y sus actores se han debilitado y no ocupa el lugar de construcción de sociabilidad del pasado. Emprobrecida idealmente no construye identidad fuerte y la desafección de la ciudadanía se expresa en una alta abstención electoral que debilita a las instituciones de representación que son la base de la democracia. El surgimiento de una nueva forma de comunicar, a través del espacio digital, crea sociedades y agrupaciones virtuales, efímeras, que acelera el tiempo y el espacio de la vida cotidiana de las personas.
Estas se comunican por las redes sociales, construyen vínculos lejanos, impersonales, que aíslan aún más del entorno en que se vive. Profundiza la soledad de muchos, aún cuando empodera voces que hasta ayer no tenían expresión alguna.
La ciudadanía, a través de las redes, puede hoy recibir y transmitir, instalar agendas, temas, puede autoconvocarse en causas parciales ya sin la presencia de los partidos políticos que han perdido la capacidad de convocatoria social.
Los partidos y las iglesias viven en un mundo análogo frente a la expansión de la tecnología digital y a la exigencia de que los problemas sean abordados y resueltos aquí y ahora, a una velocidad que la política, que requiere de tiempos distintos, no está en condiciones de responder. Ello profundiza el descontento y hasta la indignación de una sociedad más exigente, en un mundo global que amplía las oportunidades y donde la sociedad de la abundancia de bienes y productos los coloca como el objetivo del deseo, del placer de poseerlos.
Crecen las demandas inmateriales, que conectadas globalmente cambian velozmente la subjetividad de las personas y profundizan la idea de nuevas libertades como sinónimo de autonomía de las personas para resolver sobre asuntos de sus propias vidas, con sus propias creencias y percepciones y donde el control ideológico o espiritual que ejercían diversas instituciones, que ya no están en condiciones de dar sentido a las cosas, resulta sobrepasado por la información digital planetaria.
Vivimos, y también una expresión de ello, en una sociedad líquida, fluída, en constante cambio. Ello crea insatisfacción e incertidumbre que son dos características que cruzan la vida de nuestras sociedades.
Nada parece definitivo, ni siquiera el amor, los valores en los cuales se apoyaba la sociedad tradicional carecen de anclajes y no son reemplazados aún por nuevos y es normal que esta época de mutación cultural, económica, social, en  muchos crezca la desesperanza, por fenómenos que aparecen incontrolables, y con ello la soledad, el recluirse en si mismo o en el núcleo más cercano en busca de confort, todo lo cual es también un signo de nuestros tiempos.
Crecen los discursos que apuntan al miedo y hasta poderosos liderazgos políticos y religiosos en todo el mundo son construidos más en el temor que en la esperanza. El miedo hacia el otro, al desconocido, a la mezcla cultural y de los espacios, en un mundo que barre con las fronteras y donde las migraciones se tornan bíblicas.
Es decir, hay razones estructurales, de contexto, para la incomunicación y la ausencia de interactividad social.
Reconstruir la confianza es la clave para que las personas vuelvan, en las nuevas condiciones, a compartir, a conversar, a realizar una interactividad social donde el medio no sea el utilitarismo sino la solidaridad. Se requiere que el Estado vuelva a jugar un rol integrador, de protección frente a los abusos, que la política se torne transparente, que todos entendamos que vivimos ya en una casa de vidrio, que la educación de mejor calidad para todos sea el gran vehículo de la construcción de las oportunidades, que la democracia se abra más allá de la representación a formas más horizontales de participación que escuche a una sociedad integrada en un mundo con expresión propia. La revolución digital de las comunicaciones puede ser un gran mecanismo para recrear vínculos y expresiones, para aunar esfuerzos, para ejercer control y asegurar voz a los que no las han tenido.
Vivir en una sociedad compleja, donde lo lineal ya no sirve como canon interpretativo, sugiere desafíos enormes para reconstruir sociedad y para repolitizar, en un sentido noble, la vida de las personas.
A ello debemos abocarnos si queremos una sociedad que resocialice en términos colectivos, con una mirada comunitaria, con vínculos abiertos con las demás personas.
Una sociedad que no se hunda en el individualismo, en el consumismo auto referencial, en la estigmatización de los otros.
Una sociedad donde lo que prevalezcan sean los valores humanitarios, la defensa medioambiental de un planeta en riesgo y donde la creciente inteligencia artificial no reemplace a los seres humanos, sino sirva para que estos crezcan en tiempo y en cultura.

miércoles, 30 de agosto de 2017

BBC: “Fui neonazi hasta que me enamoré de una mujer negra”


Autor: BBC Mundo

Angela King pertenecía a un violento grupo de supremacistas blancos del sur de Florida. Tras robar un negocio fue enviada a prisión y allí conoció a una persona que le cambió la vida para siempre. Esta es su historia.

BBC: “Fui neonazi hasta que me enamoré de una mujer negra”

Era una violenta supremacista blanca, pero un encuentro en prisión cambió su vida para siempre.
Angela King había ido a un bar sabiendo que habría problemas. La neonazi se dirigió al establecimiento en el sur de Florida con una banda de violentos skinheads.
King, de 23 años entonces, llevaba una pistola de 9 mm en la cintura de sus vaqueros. Igual que sus amigos calzaba botas de combate y tirantes de colores. Su piel estaba cubierta de tatuajes racistas.
“Tenía tatuajes en todo mi cuerpo. Tatuajes de vikingos en el pecho, una esvástica en el dedo del medio y un ‘Sieg Heil, que era el saludo de Hitler, dentro de mi labio inferior”, cuenta King.
Ella y su grupo odiaban a los negros, a los judíos y eran homofóbicos. Además, uno de ellos era su novio. Así que King no se atrevía a admitir que secretamente era gay.
Cuando tomaban se volvían más ruidosos y agresivos.
Los tatuajes de Angela, como los de otros supremacistas blancos, estaban inspirados en la mitología nórdica.
Los tatuajes de Angela, como los de otros supremacistas blancos, estaban inspirados en la mitología nórdica.
“Paseábamos en el coche envalentonados y hablábamos sobre cómo sería una guerra de razas en Estados Unidos”, dice.
“Decíamos que estaba bien lastimar a la gente que no era como nosotros y decidimos encontrar un lugar para robar”.
Eligieron una tienda local, pero ridículamente, ésta cerró la puerta mientras ellos discutían sobre quién debía entrar a robar.
Eventualmente se dirigieron a un local de videos para adultos. Su razonamiento fue que “la pornografía no era beneficiosa para la raza blanca”.
“Uno de los chicos entró y golpeó con una pistola al dependiente antes de llevarse el dinero de la caja registradora”, cuenta King. El empleado era judío.

Confundida y resentida

King, la mayor de tres hijos, creció en una familia estricta y conservadora en el sur de Florida. Se educó en un costoso colegio bautista privado y asistía a misas en una iglesia católica cada semana.
Pero tenía un secreto que la hacía sentir confundida, enojada y resentida.
“Desde el principio sentí que era anormal porque estaba atraída a personas del mismo sexo”, cuenta.
King mantuvo escondida su identidad sexual.
“Sabía que tenía que guardar el secreto. Mi madre solía decirme: ‘Nunca te dejaré de querer… a menos que traigas a la casa a una persona negra o a una mujer'”.
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Angela escondió su identidad sexual cuando estaba creciendo.
King comenzó a ir a una escuela pública cuando tenía 10 años después de que su familia se mudara. Tenía problemas para mantener su peso y su autoconfianza, y sus compañeros la insultaban.
Después el acoso verbal se volvió físico y finalmente perdió el control.
“Cuando tenía 13 años una niña me abrió la camisa frente a toda la clase”, cuenta.
“Tenía un sostén deportivo y me sentí totalmente humillada. Esto desató la ira y la rabia que había estado acumulando durante tanto tiempo”.
King contraatacó y se dio cuenta de que la violencia y la agresión le daban un sentido de control que nunca había sentido antes.
Pronto se convirtió en la bravucona de la escuela y del barrio.
Sus padres se divorciaron. Ella y su hermana se quedaron con su mamá y su hermano fue a vivir con su padre.
Desesperada por pertenecer a algo, se unió a un grupo de adolescentes a los que les gustaba el rock punk y que comenzaban a experimentar con el neonazismo.
“Me uní a ellos porque aceptaron mi violencia y mi enojo sin cuestionarme”, dice King.
Entonces pensó que había encontrado el camino correcto, porque muchas de sus opiniones reflejaban el racismo casual y los prejuicios que había escuchado en su casa.
Estaba orgullosa de su nueva identidad y la llevaba como “un manto” cada día.
Sus padres no objetaban sus creencias.
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Angela, a la derecha, rapando la cabeza de una joven que era novia de un skinhead en su grupo.
En su adolescencia King empezó a juntarse con skinheads de más edad y se unió a un grupo de extremistas blancos violentos.
“Me dijeron que los judíos habían sido dueños de barcos de esclavos y que habían traído a los negros a Estados Unidos para poner en peligro a la raza blanca”.
“Suena ridículo pero cuando no estás educada o estás tratando de adaptarte, absorbes tu nueva realidad como una esponja”.
King dejó la escuela a los 16 años y comenzó a trabajar en varios restaurantes de comida rápida. Su madre al final la echó de la casa por causar muchos problemas y solía dormir en coches o en los sofás de sus amigos.
Fue en esa época, en 1998, cuando se involucró en el robo de la tienda de videos para adultos.
Poco después huyó a Chicago con su novio que era buscado por otro crimen de odio. Semanas después ella fue arrestada y llevada al Centro Federal de Detención en Miami.
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Angela fue sentenciada por robo en febrero de 1999.
Era la primera vez que vivía tan cerca de personas de diferentes culturas y antecedentes.
“La gente sabía por qué estaba allí y me lanzaban miradas y comentarios amenazadores. Asumí que pasaría mi condena de espaldas al muro, peleándome”, dice King.
Lo que no esperaba era hacer amistades, especialmente de una mujer negra.
“Estaba en la zona de recreo fumando cuando una jamaiquina me dijo: ‘Oye, ¿sabes jugar cribbage?'”.
King no tenía idea de lo que era eso y le enseñaron a jugar.

Extraña amistad

Fue el comienzo de una extraña amistad y King encontró que su sistema de creencias racistas comenzaron a derrumbarse. Su círculo de amistades se amplió cuando empezaron a protegerla un grupo de mujeres jamaiquinas, algunas de las cuales habían sido condenadas por tratar de introducir drogas a Estados Unidos.
“Nunca antes había conocido a una persona negra, pero aquí estaban estas mujeres que me planteaban preguntas difíciles pero me trataban con compasión”, cuenta.
Con su ayuda, King comenzó a hacerse responsable de sus acciones pasadas.
Angela, tercera desde la izquierda, se hizo amiga de un grupo de mujeres jamaiquinas en la cárcel.
Angela, tercera desde la izquierda, se hizo amiga de un grupo de mujeres jamaiquinas en la cárcel.
King fue sentenciada en 1999 a cinco años en prisión y llevada a la cárcel del condado para que pudiera dar evidencia contra un miembro de su antiguo grupo.
Cuando regresó al centro de detención descubrió que su círculo de amigas había sido trasladado a una prisión en Tallahassee.
“De pronto mi red de apoyo ya no existía”, afirma. “Estaba desconsolada”.
En la prisión había nuevas reclusas, entre ellas otra mujer jamaiquina que mostró aversión por King.
“Decían que ella había estado en pandillas violentas y que era muy agresiva. Un día me preguntó ‘¿Cómo te volviste así?’ Me detuve y le contesté lo más honestamente que pude”.
Las dos mujeres comenzaron a hablar y se dieron cuenta de que aunque venían de mundos diferentes tenían experiencias similares.
Gradualmente formaron un vínculo. Se dieron cuenta con el tiempo de que sus sentimientos iban más allá de una amistad.
“Nos dimos cuenta de que nos habíamos enamorado. Nos preguntamos cómo había podido pasar eso”.
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Angela fue liberada en 2001 y obtuvo una licenciatura en sociología y psicología.
“Pasábamos mucho tiempo juntas hablando y compartimos una celda por un tiempo. La relación era seria pero teníamos que mantenerla el secreto”.
Para ambas mujeres era su primera relación gay. La novia de King fue enviada a la prisión en Tallahassee, algo que fue “como una tortura” para ella.
Y comenzaron a escribirse vía intermediarias. Pero la relación se apagó pocos meses después de que King fue transferida a la misma prisión.

Una vida nueva

Cuando King fue liberada en 2001 estaba decidida a no volver a sus viejos hábitos. También quería conocer a otras personas gay y comenzó a frecuentar las salas de chateo en internet.
“Era muy honesta sobre mi pasado. Encontré aceptación en la comunidad gay y me di cuenta de que no estaba sola”.
King asistió a un colegio comunitario para estudiar sociología y psicología. Quería entender si su experiencia de extremismo era común.
Allí hizo contacto con el Centro del Holocausto local, y se sentó a conversar con una sobreviviente del holocausto en 2004 con quien compartió la historia de su vida.
“Ella era muy severa, pero después me miró a los ojos y me dijo: ‘Te perdono'”, dice King.
Angela con la sobreviviente del holocausto Leah Roth.
Angela con la sobreviviente del holocausto Leah Roth.
Desde entonces King comenzó a hablar en público para el centro.
En 2011 fue a una conferencia internacional en donde conoció a otros ex extremistas.
“Estaba emocionada por conocer a otras personas que habían estado involucradas en extremismo violento y que se habían salido. No estaba sola”, cuenta King.
Conoció a dos estadounidenses que habían fundado un blog llamado Life After Hate (Vida después del Odio), en el que compartían sus historias.
Acordaron trabajar juntos para crear una organización sin ánimo de lucro para ayudar a otros a salir de la comunidad de extrema derecha.
King era consciente de los obstáculos que enfrentaba la gente que quería salir de los grupos supremacistas blancos.
Angela está intentando borrarse sus tatuajes racistas con láser y cubrirlos con otras imágenes pacíficas.
Angela está intentando borrarse sus tatuajes racistas con láser y cubrirlos con otras imágenes pacíficas.

No es fácil

“No es algo en lo que puedes simplemente decir: ‘Cambié de opinión’. Hay serias y a menudo violentas repercusiones cuando tratas de alejarte de algo como eso”, asegura.
Sin apoyo externo King no hubiera sido capaz de dejarlo. Ahora utiliza esa experiencia para ayudar a otros.
“La gente en grupos extremistas envuelve toda su identidad alrededor de éstos. Todo en su vida tiene que cambiar, desde la forma como piensan, la gente con quien se asocian… hasta qué hacer con los tatuajes permanentes”.
La organización dirige un programa llamado Exit USA que organiza intervenciones. También ofrece asesoría y recursos para la gente que quiere dejar los grupos.
Un grupo de unos 60 ex extremistas ofrece apoyo a los demás. Los recientes eventos en Charlottesville, Virginia, han sido particularmente difíciles, dice.
Estamos más ocupados que nunca y nos estamos quedando sin recursos”, afirma.
En junio, el gobierno de Trump redujo el financiamiento que daba a Life After Hate, pero King dice que donaciones personas de todo el mundo están ayudando a cubrir el déficit.

Angela con los cofundadores de Life After Hate.
Mientras tanto, Angela afirma que ha logrado un mejor lugar con su propia vida. La relación con sus padres ha mejorado y cree que ahora aceptan el hecho de que es gay, aunque asegura que eso “no le importa”.
También ha comenzado a perdonarse a sí misma por sus pasados errores.
Y afirma: “Tengo mucha culpabilidad sana sobre quién fui y la forma como lastimé a otros y a mi misma. Pero sé que no hubiera sido capaz de hacer este trabajo si no hubiera tenido esas experiencias”.

jueves, 24 de agosto de 2017


HACIA UNA ESPIRITUALIDAD LAICA
“El pasado y el porvenir son extraños a Dios”  (Maestro Eckhart)
Víctor Rey


Si en cualquier dominio el rigor en la comprensión y en el uso de conceptos es fundamental, en el dominio de la espiritualidad lo es aún más, dada su importancia y sobre todo la forma tan etérea y vagas como en este dominio y en nuestros días se utilizan los términos, comenzando por el de espiritualidad. Una forma que no es inocente y que tiene dos expresiones: una de excelsitud y de espontaneidad, generalmente poco comprometida, y otra, aparentemente muy comprometida, que valora la espiritualidad por su compromiso ético, social y político.

De acuerdo a la primera expresión, la espiritualidad es la dimensión humana formalmente más valiosa, pero tan espontánea que todo ser humano la experimenta y en cierta manera la cultiva. Es la espiritualidad como visión global de sentido y de valor al alcance de todos, en buena parte retórica, y que como retórica demanda poco esfuerzo.

De acuerdo a la segunda, compromiso ético y espiritualidad serían conceptos tan próximos que prácticamente serían equivalentes, o al menos el primero sería testimonio inequívoco del segundo, y la espiritualidad, fuerza y motivación que lleva al compromiso ético, y a la inversa, no percibiendo sus diferencias.

La espiritualidad tal como aquí la concibo no tiene nada de retórica ni se reduce a la realización ética. Al contrario, es la concepción más anti-retórica que existe y más allá de toda ética. Porque es la realización humana más plena y total, y como tal gracia o don, es decir en sí misma considerada no tiene causa ni conoce proceso, a la vez que demanda esfuerzo, el esfuerzo humano más grande que existe.

Como todos los hombres y mujeres espirituales dicen, no se sabe cómo es que la experiencia espiritual ocurre, cómo se produce, pero sí se sabe qué es: una experiencia sin contenido ni forma; más aún, sin sujeto ni objeto; un conocer, dirán los maestros orientales, donde el que conoce, lo conocido y el acto de conocer son la misma cosa, no se distinguen; una experiencia de la realidad en términos de unidad y totalidad; realización plena y total; ser y solo ser. Por ello una experiencia totalmente desegocentrada y desinteresada, sin objetivo y sin interés. Gratuidad pura, plena y total, fin en sí misma, nunca función o medio para otra realización. Un existir donde no hay diferencia entre sentir, percibir, amar, entender y actuar, porque todo ello se da a la vez. Acto puro, único y total.

La espiritualidad es, pues, un conocer, un vivir y un actuar sin creencias. Por lo mismo que es un conocer, un vivir y un actuar que no tiene contenidos ni forma, ni se basa ni se fundamenta en estos, sino en la experiencia pura y desnuda de su propio acto o ser, en sí misma, y en nada ni nadie más. Sin creencias ni religiosas ni laicas, puesto que no se apoya ni en verdades de fe ni en argumentaciones de naturaleza científica, filosófica o afines. 

En la experiencia espiritual y en orden a ella las creencias no son adecuadas. No porque sean religiosas, y en tanto religiosas, autoritarias, lo que sin duda es un obstáculo añadido, sino ante todo y sobre todo porque significan contenidos, conocimiento ya preexistente, religioso o racional, a fin de cuentas recibido y convencional, no creado, no originario y único. Y la espiritualidad en cuanto conocimiento y experiencia es única, específica, auténtica y verdadera creación cada vez que se da o ello ocurre.
Una espiritualidad con creencias, religiosas o laicas es el mayor obstáculo para la espiritualidad genuinamente tal. Porque la convierten en más de lo mismo, en ética, filosofía, religión y en este sentido la hacen imposible, más aún, la pervierten.

Por tanto cuando hablamos de espiritualidad estamos hablando de una experiencia laica, en el sentido religioso pero también, si se nos permite hablar así, en el sentido profano, técnico y científico. Porque en la espiritualidad como experiencia que es todo lo que tiene forma y contenido, ya sea religioso o científico y filosófico, es creencia.

Hoy la naturaleza laica de la espiritualidad como experiencia se hace más evidente. La espiritualidad, que en sí misma siempre ha sido laica, en el pasado fue normal en ella expresarse en formas culturales religiosas. Las religiones eran portadoras de espiritualidad y podían conducir hacia ella. Pero, dada la crisis epistemológica de las formas y contenidos religiosos con el advenimiento de la sociedad de conocimiento, eso ya no es más posible.

La espiritualidad así concebida, por ser fin en sí misma, realización plena y total, no es útil para nada más, no es medio ni existe en función de otra realización que en el tiempo, y por lo que respecta al individuo o a la sociedad, sería superior. La espiritualidad no es una realidad sometida al tiempo y dependiente de éste.  Por ello el criterio de lo útil e instrumental tampoco es adecuado en esta dimensión humana. Y sin embargo es la mayor fuente de compromiso, de liberación y de realización humana, personal y social, que existe. Porque ella no es una realidad aparte.

domingo, 20 de agosto de 2017


Los evangélicos y el arte


A propósito del mes de las Artes en Quito, Víctor Rey, nos ofrece un aporte a la reflexión.
Cuando conocí a Dios a los 23 años en la Universidad de Concepción, varias cosas me llamaron la atención de la “cultura evangélica”. En ese tiempo estudiaba filosofía y Chile vivía bajo la dictadura militar de General Augusto Pinochet. Es bueno recordar que la mayoría de los evangélicos en Chile apoyaron el Golpe Militar y la violación a los Derechos humanos que se produjeron en esos 17 años. Los líderes del Grupo Bíblico Universitario (GBU) me dijeron que el grupo que se reunía todos los días al lado del campanil del foro universitario no era una iglesia y que yo debía congregarme en una iglesia local. Así fue como me puse a visitar las iglesias protestantes, evangélicas, pentecostales, católicas, mormonas, testigos de Jehová y hasta la única sinagoga que había en ese tiempo en la ciudad.
Así, participando en sus cultos, liturgias, escuchando sus discursos y cantos, comencé a conocer y entender esta nueva cultura. Justamente una de las cosas que me llamaron la atención fue la falta de estética en casi todo lo que se hacía. Ejemplo, los lugares de reunión llamados templos. Algunos eran casas, bodegas o garajes acondicionados para realizar cultos. Me parecieron feas y de mal gusto. Me recordaron la frase de Paulo Freire: “Cuando entro a un templo o un salón de clase, se inmediatamente donde se encuentra el poder”. Muchos de estos lugares se caracterizaban por ser más largos que anchos, con bancas duras y al fondo, en el lugar más alto, el púlpito, donde casi siempre había una persona, siempre un hombre cuyos discursos los hacía en un lenguaje duro, casi siempre gritando y retando a la audiencia que repetía dócilmente ¡Amén!, ¡Gloria a Dios!, ¡Aleluya!. Los cánticos con música repetitiva y las letras con falta de poesía y de relato.
Los lugares de reunión no invitaban a la reflexión y menos a la espiritualidad. Los discursos de los predicadores, me parecían faltos de belleza, sin contar lo fuerte del volumen, lo extenso y descontextualizado de sus exposiciones. Al conversar con los jóvenes, me llamó la atención la falta de información y conocimiento acerca de la realidad política, lo social y lo cultural. Muchos de ellos no les interesaba el cine, la literatura, la música y el arte en general. Yo que venía de ese mundo del arte, la política, la filosofía, la literatura, me parecía extraño este nuevo mundo al cual estaba ingresando. El humor era algo que casi no se percibía, ya que la santidad y la espiritualidad se expresaba en la seriedad. Mis cantantes y músicos preferidos eran (y siguen siendo): Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Violeta Parra, Víctor Jara, Inti Illimani, Quilapayún, Los Jaivas, Santana, Led Zeppelin, Pink Floyd; y en literatura los ensayos de: Ernesto Sábato, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Pablo Neruda, Mario Benedetti, Erich Fromm, Jean Paul Sartre, Albert Camus; disfrutaba el cine de Claude Lelouch, Francois Truffaut, Luis Buñuel y todo el boom de la literatura y la canción latinoamericana.
¿Hay un lugar legítimo para la apreciación del arte y de la belleza en nuestra vida? ¿Cuál es la relación entre la cultura y nuestra vida espiritual? ¿Acaso el arte y el desarrollo de los gustos estéticos no son una pérdida de tiempo a la luz de la evangelización? Estas son preguntas que los evangélicos suelen hacer acerca de las bellas artes.Lamentablemente, las respuestas que solemos escuchar a este tipo de preguntas, sugieren que el cristianismo puede funcionar bastante bien sin una dimensión estética. En el corazón de esta mentalidad está la afirmación clásica de Tertuliano (160-220 d.C.): “¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén, la Academia con la Iglesia? No necesitamos curiosidad desde Jesucristo, ni de averiguación después del evangelio”.
Esta osada afirmación ha llevado a muchos a sostener que la vida espiritual es esencial, pero la cultural es irrelevante. Y hoy, gran parte de la comunidad cristiana parece inclinada a enfocar la estética de la misma forma precipitada y superficial que vivimos la mayor parte de nuestra vida.
Creo que esa es la tarea hoy, o el protestantismo latinoamericano no tendrá mucho futuro. Si en los años 70 los profetas eran los teólogos, los sociólogos, los economistas, los políticos, hoy son los artistas y dentro de ellos los humoristas. Quizás una nueva forma de hacer teología es la que Rubén Alves describió sobre lo que el mismo hacía:
“Mi teología no tiene nada que ver con la teología. Es un vicio. Hace mucho que debería de haber dejado ese nombre y decir solo poesía, ficción, juego. Que descansen los que tienen certezas. No entro en su mundo y no deseo entrar. Los jardines de concreto me dan miedo. Prefiero las sombras de los bosques y el fondo de los mares, lugares donde se sueña… Allí habitan los misterios y mi cuerpo queda fascinado.”
Pablo dice en Filipenses 4:8: “En esto pensad”. Surgen dos proposiciones muy importantes. Primero, nos recuerda que el cristianismo prospera en la inteligencia, no en la ignorancia, aun en el mundo estético. Los cristianos necesitan sus mentes cuando se confrontan con las expresiones artísticas de una cultura. Para el existencialista y el nihilista, la mente es un enemigo, pero, para el cristiano, es un amigo. Segundo, vale la pena notar que Pablo haya sugerido un enfoque tan positivo de la vida y, por aplicación, al arte. No nos dice que todas las cosas que son falsas, deshonrosas, injustas, impuras, desagradables, de mala fama, mal hechas y mediocres deben ser el foco de nuestra atención. Aquí, de nuevo, se trasluce la esperanza del enfoque cristiano de la vida en general. Nuestras vidas no son para ser vividas en tono menor.
Hay tres palabras importantes a tener en mente al definir la responsabilidad cristiana en cualquier cultura. La primera es cooperación con la cultura. La razón de esta cooperación es que podremos identificarnos con nuestra cultura para que pueda ser influida para Jesucristo. Jesús es un modelo para nosotros en esto. No fue, en general, un anticonformista. Asistió a bodas y funerales, sinagogas y fiestas. Por lo general, hizo las cosas culturalmente aceptables.
Una segunda palabra es persuasión. La Biblia describe a los cristianos como sal y luz, los elementos penetrantes y purificadores dentro de una cultura. El cristianismo busca tener una influencia en una cultura, y no ser absorbido por transigir repetidamente.
Un tercer concepto es confrontación. Los cristianos podemos desafiar y rechazar aquellos elementos y prácticas dentro de una cultura que son incompatibles. Hay ocasiones en que los cristianos debemos confrontar a la sociedad.
Finalmente, los cristianos deberíamos ser alentados a involucrarnos en las artes.  Esto puede lograrse, ante todo, aprendiendo a evaluar y apreciar las artes con mayor habilidad.
La fealdad y la decadencia abundan en cada cultura y generación. De esto no podemos huir. Pero Jesús tocó al leproso. Hizo contacto con el enfermo necesitado. Como cristianos, ¡nuestro foco debería ser no lo que el arte nos da, sino más bien lo que podemos dar al arte! Por lo tanto, el desarrollo de la imaginación y un análisis sano y amplio -aun de las muchas obras contemporáneas negativas- es posible cuando se las considera dentro de los amplios temas de la humanidad, la vida y la experiencia de una cosmovisión verdaderamente cristiana.
Creo que la poesía es algo que necesitamos con urgencia hoy, no solo en las iglesias, sino en toda la vida. El poema del poeta costarricense Jorge Debravo resume muy bien la misión que tiene el cristiano:
El hombre no ha nacido
para tener las manos
amarradas al poste de los rezos.
Dios no quiere rodillas humilladas
en los templos,
sino piernas de fuego galopando,
manos acariciando las entrañas del hierro,
mentes pariendo brasas,
labios haciendo besos.
Digo que yo trabajo,
vivo, pienso,
y que esto que yo hago es un buen rezo,
que a Dios le gusta mucho
y respondo por ello.
Y digo que el amor
es el mejor sacramento,
que os amo, que amo
y que no tengo sitio en el infierno.